Martes 2 de junio, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 11-05-2020 15:15

Cómo resetear la lucha contra el Coronavirus

El Gobierno sigue sin plan alternativo al de sostener la cuarentena, mientras se ve obligado a convalidar su relajamiento de hecho.

En los primeros días del desembarco de la pandemia en la Argentina, en la opinión pública se planteó claramente el dilema que enfrentaba el Gobierno. La cuestión era simple: se podía ordenar una cuarentena dura y precoz, o una cuarentena gradual con exigencias crecientes al ritmo de los contagios. Mirando el ejemplo doloroso de Italia, Alberto Fernández optó por cortar por lo sano y bajar la persiana nacional hasta nuevo aviso.

 

Esa decisión dejó de lado la advertencia de que una cuarentena temprana podía ser tranquilizadora y eficaz para aplanar la curva de entrada al contagio masivo, pero que se volvería demasiado larga para sostener económica y psicológicamente. Y cuando la paciencia de los argentinos para sostener el aislamiento ya se hubiera agotado, y se relajara de hecho y de derecho la cuarentena, justo empezaría a acelerarse la multiplicación de casos en los focos más poblados y vulnerables del país. Esa etapa acaba de empezar, por eso el Presidente escribió que “estamos en el momento más difícil”, en su reciente carta abierta sobre la pandemia.

 

A pesar de que ese riesgo estaba claro desde el principio, el Gobierno optó por “gastarse” los dos meses de cuarentena dura al comienzo, cuando había poca circulación viral, con la idea de ganar tiempo y enfrentar los primeros rounds contra el virus con una curva aplanada. Así logró convertirse en una de las administraciones del mundo con mejores cifras para mostrar de su lucha contra el Covid-19, que habilitaron incluso la canchereada oficialista de mojarle la oreja a países como Suecia. Hasta ahora. A la Argentina le queda por delante escalar el pico de contagios del que Europa ya está bajando, le queda empezar a sentir el peso monetario de la crisis, y todavía falta que llegue el invierno, la temporada menos propicia para lidiar con este y otros virus.

 

De aquí en adelante, los asesores presidenciales deberían recomendar un giro discreto pero rápido hacia la máxima humildad y cautela. Una especie de reseteo de la euforia patriótica, que permita empezar de cero la estrategia contra la pandemia. Sin temor ni esperanza, solo con frialdad científica y política. Afectado por este cambio de escenario que se viene, no necesariamente catástrofe pero tampoco auspicioso, Alberto Fernández recuperó en su última conferencia los gestos malhumorados y los repartos de culpabilidades hacia afuera. Eso es un síntoma claro de impaciencia propia, disfrazada de enojo por la impaciencia ajena.

 

Los nervios presidenciales son lógicos: después de tanta cuarentena estricta y económicamente recesiva para evitar cifras letales europeas o como las de Trump y Bolsonaro, al Gobierno argentino le costaría horrores justificar un número similar de muertes por Covid-19 acumuladas al final de un invierno de mala suerte. Por supuesto que habrá muchos formadores de opinión dispuestos a echarle la culpa al lobby opositor neoliberal, por haberlo “apurado” a Alberto Fernández a salir a la intemperie viral antes de tiempo. Pero el control de daños de la imagen presidencial igual resultaría demasiado cara para un país en cesación de pagos.

 

Ojalá no pase a mayores el claro aumento de casos registrados en los últimos días en el área metropolitana. Si el drama escala, sería injusto culpar a Alberto Fernández, a Horacio Rodríguez Larreta o a Axel Kicillof. Pero teniendo en cuenta que los focos de incendio viral se dan en geriátricos y en villas, es ineludible preguntarse si no podía haberse prevenido mejor en estos lugares, que ya se habían señalado (por la nefasta experiencia europea y por el conocimiento de la realidad social argentina) como las zonas de alerta máxima desde que se declaró el caso uno de Covid-19 en el país.

 

Si la pandemia se ensañara en estos puntos sensibles, se trataría de una auténtica tragedia; no en el sentido vulgar de la palabra, sino en el estricto significado del antiguo drama griego: un infortunio tan anunciado como inevitable. Es la fuerza cruel del destino. Pero aquí viene la paradoja: ese argumento es precisamente el que usan los Bolsonaros del planeta para desligarse de responsabilidades ante los millares de muertos por Coronavirus. ¿Cómo sonarían esas mismas palabras bajo los bigotes de Alberto Fernández?

 

La pregunta razonable que cabría ante esa tragedia sería si tantos millones de pesos volcados a financiar el parate cuarentenado y prematuro del comercio, la educación formal, la producción y el empleo no habría dado mejores resultados si se hubiera enfocado desde el principio a reforzar la infraestructura sanitaria, la seguridad y remuneración de los médicos, la estrategia de testeos masivos, y los mecanismos de resguardo, atención y circulación privilegiada para los grupos de riesgo. Pregunta incómoda que seguramente detonaría la ira presidencial, que igualmente sería pequeña comparada con la bronca de la mayoría defraudada por su héroe antiviral.

 

Pero esa pesadilla seguramente ya fue calculada por el Gobierno, que tomó su decisión inicial, a la vez conservadora y audaz, de ganar tiempo a cualquier precio, a la espera de que aparezca el remedio para un mal que todavía no lo tiene. Habrá que seguir esperando.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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