Lunes 20 de septiembre, 2021

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 23-04-2020 19:06

Kicillof se ajusta el barbijo

El gobernador bonaerense protagonizará las próximas semanas de cuarentena, para bien o para mal.

La nueva fase de la cuarentena nacional, que se anunciará formalmente en las próximas horas, ya no tendrá a Alberto Fernández como protagonista, aunque las encuestas sigan marcando el ascenso imparable de su imagen positiva. Ahora le toca el turno a Axel Kicillof, que tendrá la obligación y la oportunidad de mostrar su temple y sensatez para amortiguar el impacto de la pandemia en la provincia que gobierna.

La noticia de contagios entre el personal médico de hospitales de La Matanza y de San Martín activa una clara señal de alerta sobre el desafío que enfrenta el gobernador bonaerense al ingresar en esta nueva etapa de aislamiento obligatorio. A partir del lunes, la carga de muchas decisiones sanitarias se correrá desde la Casa Rosada hacia los despachos de los jefes provinciales, que en muchos casos deberán administrar el levantamiento de restricciones, porque sus territorios estarán beneficiados por la estrategia de cuarentena focalizada, que habilita el relajamiento parcial en los distritos con bajo riesgo de brote incontrolable del Covid-19.

No es el caso de Kicillof, que tiene a su cargo el mayor polvorín sanitario del país: el Conurbano bonaerense. Madre de todas la batallas electorales de la Argentina, ese gran corredor social concentra la mayor deuda social del país, con un enorme volumen poblacional en estado de carencia crónica. La llegada del Coronavirus hace temer a los que conocen bien esa zona un escenario, en versión tercermundista, del mismo nivel de catástrofe que padece Italia. Si bien es cierto que, por ahora, la curva de contagios no ha hecho colapsar la capacidad sanitaria bonaerense, también es clara la necesidad de ir aliviando rápido las restricciones al trabajo formal e informal, para evitar el otro colapso tan temido, el socioeconómico, en un territorio donde no quedan más agujeros que hacerle al cinturón.

El insistente dilema entre la bolsa o la vida, que jaquea a todos los gobiernos del planeta en cuarentena, pronto se recalentará a temperaturas intolerables en el despacho de Kicillof. Y no le alcanzarán sus pergaminos de economista para salir de ese laberinto: la tarea requiere, antes que nada, de muñeca política. Allí están para atestiguarlo las barricadas que mantienen muchos intendentes del Conurbano -en teoría, oficialistas-, para llevarle una muy discutible e inconstitucional tranquilidad a sus vecinos y votantes, bloqueando rutas e ingresos, en un desmadre de federalismo mórbido. Eso sin contar los alertas de estallidos sociales por comida y atención médica que muchos referentes sociales del Conurbano vienen anticipando, en general, de buena fe.

Se trata de mandar: más allá de las cuentas, que en esta época fueron condenadas a no cerrar ni por casualidad. Claro que el gobernador bonaerense cuenta con el respaldo político -y de recursos, cuando las papas quemen- de la fórmula presidencial. Pero también esa identificación puede volverse una mochila muy pesada si se le fuera de las manos una eventual escalada de la pandemia y sus costos sociales derivados. Kicillof no es Daniel Scioli, cuyos errores como gobernador eran festejados y hasta denunciados por los kirchneristas de paladar negro, como si el exmotonauta hubiera sido electo por el enemigo. No: una crisis de gobernabilidad del joven maravilla de Cristina Fernández arrastraría aún más abajo, peligrosamente, la popularidad de la Vicepresidenta en las encuestas, que la vienen castigando por su actitud acaso desaprensiva respecto del estado emocional colectivo en trance pandémico.

Crisis y oportunidad para Kicillof. Le guste o no, todas las luces empiezan a posarse sobre él. ¿Será momento de desinfectar el Clío?

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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