Lunes 28 de septiembre, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 09-09-2020 17:38

Parece que Duhalde no estaba tan loco

El alucinado aviso del expresidente sobre un golpe de Estado recupera sentido político en una semana de rebeliones.

Aunque Eduardo Duhalde tiene suficientes kilómetros recorridos en el peronismo bonaerense y en la matrix del poder en la Argentina, cuando advirtió en público y en privado sobre el peligro de un golpe de Estado, oficialistas, opositores e independientes se burlaron de él y algunos lo acusaron de golpista, aprovechando la leyenda negra de su presunta influencia en la caída de la Alianza presidida por Fernando De la Rúa. Tanto lo sacudieron por su exabrupto, que el expresidente confesó sus sospechas de haber sido víctima de algún brote psicótico. Eyectado de la racionalidad discursiva por una clase política que tampoco parece tener su sentido de la realidad muy ajustado, el caudillo bonaerense en retirada también se quedó sin la inserción institucional que le podía dar su esposa, ya que Chiche Duhalde renunció esta semana a la Mesa del Hambre de Alberto Fernández, alegando que se había convertido en un ciclo de reuniones “para la gilada”. Pero a los pocos días del aparente papelón duhaldista, el estado de deliberación de la policía bonaerense, más el confuso entredicho comunicacional por un tuit oficial del Ejército sobre sus caídos en los años 70, invitan a rebobinar la cinta magnetofónica imaginaria del aviso de Duhalde, para buscar alguna clave de lo que el expresidente acaso sabía, o simplemente pudo oler, como viejo zorro de la Provincia.

Claro que la red informativa oficialista puede argumentar que lo de Duhalde fue un grano de arena más de la cadena de odiadores que aprovechan el malestar pandémico generalizado para intentar desestabilizar al Gobierno. El problema con esta lectura automática que el kirchnerismo tiene instalada desde hace años en su sistema operativo es que le impide medir la distancia entre su voluntad y los resultados concretos de la misma, como se está comprobando con el devenir de la estrategia sanitaria adoptada por el Presidente ante el desafío de la Covid-19.

Esa rebeldía K contra el sentido común es muy interesante como gesto intelectual y como apuesta a la política como “arte de lo posible”. Pero cuando las cosas empiezan a no salir a pedir de boca, esa distancia entre el mapa mental y el territorio bajo los pies parece volverse insalvable, porque no hay manual que sirva para reorientarse. Lo sabían Cristina Kirchner y Alberto Fernández cuando se animaron a armar ese delicado y sorprendente mecanismo de relojería institucional que implicaba una atribución invertida de la investidura del poder. La tragicomedia de enredos entre Sergio Berni y Sabina Frederic, que ahora se convierte en thriller explosivo ante la rebelión policial, es apenas una de las costuras visibles de la alianza que anudó el cristinismo y el peronismo para volver a la Casa Rosada, aprovechando el fiasco macrista.

Aquel diagnóstico de la campaña 2019 que decía “con Cristina no alcanza” fue la condición de posibilidad de un pacto de ocasión que parecía inviable aunque funcionó. Pero ahora, ya en el poder, que Cristina no alcance se vuelve la condición de imposiblidad de que la clase política, y los argentinos en masa, puedan cerrar filas ante la adversidad colectiva. Si, como decía Borges, no nos une el amor, hoy tampoco nos une el espanto. Mas bien todo lo contrario: las escenas de rebelión ciudadana muestran como el pánico sostenido en el tiempo, sumado al relativismo normativo que activó el relato del “Lawfare”, más la zozobra sistémica que define a la economía nacional, lanzan a la clase media anti K a un sentimiento de audacia vengativa y algo suicida contra un gobierno que identifican con el caos. 

Por eso los íconos de la “derecha libertaria” pueden funcionar como referentes tanto de los vecinos de country que se arrojan -como activistas radicalizados más que como confortables burgueses- delante de una camioneta penitenciario, como de los policías nacidos y criados en las clases bajas bonaerenses. Y aquí aparece otra contrapartida de la campaña electoral que depositó a Les Fernández en la Casa Rosada: el aliento K a la “derecha de la derecha” que le quitaba votos al macrismo terminó despertando una ideología que parecía dormida en la Argentina, considerada un fenómeno marginal del sistema electoral. El forúnculo ultraderechista que le salió al Partido Popular en España sirve para pensar las derivaciones que podría tener en la Argentina el deporte nac&pop de jugar con fuego. Para arrinconar ideológicamente al experimento PRO, los periodistas e intelectuales filo K querían verle la cara a “la derecha golpista”: bueno, ahora la están viendo. Quizá sea ese el fantasma que vio Duhalde y que no pudo poner en palabras convincentes.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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