Lo entendieron antes nuestros padres y nuestros abuelos. En la Argentina atravesaron devaluaciones, inflación, crisis bancarias, cambios de moneda, confiscaciones y recesiones. Y, cuando todo lo demás se volvía incierto, había algo que permanecía: una propiedad. No es nostalgia. Es economía.
Vivimos nuevamente en un mundo en el que la volatilidad dejó de ser una excepción para convertirse en una característica estructural. Las acciones pueden caer en horas, las criptomonedas pueden perder una parte importante de su valor en días y hasta los bonos soberanos de países desarrollados están expuestos a cambios bruscos de tasas, inflación y geopolítica.
En ese contexto, el inmueble recupera una virtud extraordinaria: es tangible. Se puede habitar. Se puede alquilar. Se puede vender. Se puede transmitir a los hijos. Y, mientras uno espera, puede generar una renta. No significa que las propiedades siempre suban ni que sean inmunes a las crisis. Significa algo más importante: permiten preservar una parte del patrimonio en un activo que tiene utilidad económica concreta.

Y aquí aparece Buenos Aires. La Ciudad todavía presenta valores competitivos frente a otras grandes capitales latinoamericanas. En 2026, el metro cuadrado de departamentos usados publicados en CABA ronda los US$2.200, mientras Montevideo se ubica alrededor de US$3.330 y Santiago de Chile alrededor de US$2.640. La diferencia no garantiza una suba. Pero sí plantea una pregunta que cualquier inversor debería hacerse: ¿cuánto tiempo puede permanecer Buenos Aires con semejante descuento si la economía argentina comienza a normalizarse?
Porque hay otro dato que no podemos ignorar. Argentina está entrando en un nuevo ciclo económico, marcado por una mayor apertura, más exportaciones, mayor ingreso potencial de dólares y mejores perspectivas para la inversión.
Más dólares, más actividad y más inversión pueden generar las condiciones para una recuperación sostenida del mercado inmobiliario.
Por eso creo que el verdadero desafío hoy no es simplemente cómo ganar más dinero. Es cómo proteger el dinero que tanto costó ganar. Después de décadas de trabajo, construir patrimonio lleva muchísimo tiempo. Destruirlo puede llevar apenas una mala decisión.
Por eso sigo creyendo en el ladrillo. No porque sea una inversión perfecta. Sino porque, cuando el mundo se vuelve imprevisible, tener una parte de tu patrimonio apoyada sobre algo real sigue siendo una de las formas más antiguas y más inteligentes de atravesar las crisis.
Y en economía hay una regla que aprendí con los años: los grandes negocios rara vez se hacen cuando todos ven la oportunidad. Se hacen antes.
Comprar en Buenos Aires antes de que sea tarde no significa adivinar el futuro. Significa reconocer que los ciclos económicos existen, que los precios también tienen ciclos y que, cuando una ciudad de la dimensión de Buenos Aires todavía cotiza con descuento frente a otras capitales de la región, vale la pena preguntarse si estamos frente a un problema o frente a una oportunidad.
Anticiparse al nuevo ciclo no es adivinar el futuro. Es estar preparado cuando el futuro finalmente llegue.
Germán Pacchioni Real Estate
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por CONTENT NOTICIAS














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