Por Alejandra Dabel — Salgo de dar clases con la cabeza embotada por el ritmo del día. El aire está cargado de una humedad espesa y pegajosa que viene desde la costa. Una tormenta inminente no se anima a soltar el primer trueno. Podría tomarme el colectivo de vuelta a casa, meterme bajo la ducha y dejar atrás el cansancio. Pero no. En la esquina, la persiana a medio bajar de un bodegón filtra el parpadeo de un televisor: El capitán juega el último partido con la celeste y blanca. Entro, me acomodo en una de las mesas del centro y pido una porción de pastel de papas.

El 10 avanza en diagonal dejando atrás a dos rivales con ese trote cortito y arqueado que conocemos de memoria. Las cámaras enfocan su cara seria, la cinta de capitán ajustada sobre el brazo izquierdo, la forma en que se acomoda las medias antes de un tiro libre. Cada movimiento es un recordatorio de lo alto que habíamos aprendido a vivir, y de lo difícil que va ser volver a bajar a tierra.
A nuestro alrededor, el bodegón parece haberse quedado sin aire. Nadie dice una palabra. Somos extraños absolutos que compartimos en comunión este momento. El relator repite cifras y estadísticas que a esta altura, a nadie le importan.
Suena el silbato final y el estadio se enciende. El abrazo interminable con los compañeros de equipo, la ovación atronadora. Luego, el micrófono, los agradecimientos, la voz quebrada por la emoción. Los shows musicales. El recorrido final por la cancha, una suerte de vuelta olímpica improvisada y la certeza absoluta de que estamos viendo, en vivo y en directo, el fin de algo irrepetible. Qatar 2022 parece estar sucediendo otra vez, pero en sentido contrario: es el principio del adiós definitivo.
El dueño del bar empieza a bajar la persiana metálica con un estrépito que rompe el hechizo. Pago en silencio y salgo a la vereda. Camino unas cuadras hasta la parada de colectivo pensando que el día siguiente va a arrancar igual, con las mismas urgencias y el mismo cansancio, pero, sin dudas, algo se sentirá diferente. Como si nos hubieran apagado ese calorcito que nos abrigaba el pecho desde hacía veinte años.
(Instagram: @alejandradabel / Mail: [email protected])
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