Saturday 26 de September, 2026

SOCIEDAD | Hoy 06:57

Televisión: el chimento se volvió cool

Los conductores experimentados que logran que la farándula confiese sus intimidades.

El chimento cambió de lugar. Durante años, la televisión argentina tuvo espacios dedicados específicamente a perseguir romances, separaciones, peleas, escándalos y secretos de las celebridades. Los famosos iban a programas como “Intrusos” o “Los profesionales de siempre” y trataban de no decir mucho o negar todo tipo de rumor. Pero en la pantalla actual, los chismes más inesperados ya no necesariamente aparecen en los programas de espectáculos. Una nueva camada de chimenteros apareció en los canales de aire, revelando secretos e intimidades de la manera más cool. Moria Casán, Andy Kusnetzoff, Mario Pergolini y Diego Ramos son, cada uno a su manera, los Lucho Avilés de la era contemporánea.

Pero la diferencia no es solamente generacional o estética. Tampoco se trata de que hayan decidido convertirse en especialistas de la farándula. El mecanismo es más sofisticado. Ellos conocen a los protagonistas, comparten con recuerdos y poseen una autoridad simbólica que modifica el comportamiento de sus interlocutores. Un famoso que posiblemente mediría sus palabras ante un periodista especializado puede animarse a ir un poco más lejos cuando la pregunta proviene de Moria, Pergolini, Andy o Ramos. El invitado parece obligado a estar a la altura de quien conduce y, para eso, muchas veces tiene que contar algo que no había contado o nunca contaría.

La One. Moria representa el caso más evidente. En “Moria a la mañana”, su experiencia funciona como un archivo viviente del espectáculo nacional. En los últimos 60 años estuvo cerca de los principales protagonistas de la televisión, el teatro y la farándula. Puede contar anécdotas con Don Pelele, de Carlos Menem y hasta de Lali Espósito, por no mencionar sus años de jurado en los “Bailando” de Marcelo Tinelli. Moria no necesita que alguien le acerque una carpeta con antecedentes o que le den letra por “cucaracha”. Buena parte de las historias que relata las vivió.

Un episodio reciente con Jorge Rial funciona como ejemplo. Después de que el periodista cuestionara su paso por “Intrusos”, Moria respondió desclasificando archivos suyos con su ex Mariana Antoniale, una causa a la que el mundo de la televisión le esquiva. El dato no surgió de una investigación ni de una fuente anónima, apareció de su memoria.

Mario Pergolini aplica un mecanismo similar, aunque su territorio natural es el rock. Su historia profesional atraviesa décadas de música argentina y cultura popular, y “Otro día perdido” le permite conversar con músicos y personajes desde un lugar difícil de reproducir para un entrevistador convencional. No habla solamente como periodista, lo hace como alguien que compartió épocas, escenarios y noches con muchos de sus protagonistas. Las conversaciones sobre Charly García, Soda Stereo o figuras internacionales como Mick Jagger se apoyan en un anecdotario personal inimaginable para el resto de los conductores.

La paradoja es que Pergolini construyó durante décadas una identidad alejada de los códigos tradicionales de la televisión de espectáculos y, sin embargo, hoy reproduce contenido para los portales del corazón. Porque en su voz, el chimento cambia de tono, de escenario y de interlocutor, pero conserva su capacidad de generar titulares.

Todos para uno. Con Andy Kusnetzoff sucede algo todavía más elaborado. “PH: Podemos Hablar” convirtió la confesión en parte de su estructura. Cinco invitados de diferentes trayectorias comparten el estudio y responden consignas que buscan encontrar puntos de contacto entre ellos. La estrategia consiste en generar un clima grupal donde la pregunta no parece dirigida exclusivamente a una persona. Todos escuchan las respuestas y cualquiera puede intervenir. Así aparece una competencia informal por la anécdota.
Andy formula una pregunta incómoda, alguien se anima a responder y esa primera confesión eleva la vara para los demás. Entonces, el famoso de mayor exposición puede sentirse impulsado a contar algo todavía más inesperado. De esa manera surgieron relatos íntimos como el de Evangelina Anderson, quien contó una experiencia vinculada con un fetiche por los pies, o el de Diego Leuco, que relató una situación insólita con una pareja que le pidió que le lamiera lo blanco del ojo en pleno encuentro sexual. Son historias que nacen en el estudio y, al día siguiente, reaparecen convertidas en títulos de portales, notas y publicaciones en redes. Ni Luis Ventura con su típica verborragia conseguiría semejante título.

Diego Ramos trabaja con una fórmula diferente, aunque persigue un efecto parecido. En “Esta noche es nuestra”, el estudio se transforma en una suerte de living o barra entre amigos con tragos, comida, música, humor y conversaciones distendidas. El objetivo es que los invitados bajen la guardia y compartan historias personales. Ramos cuenta, además, con una larga trayectoria como actor y una profunda familiaridad con el ambiente artístico. No necesita construir cercanía con sus invitados porque comparte sus mismos códigos. 
“Me gusta conducir como si estuviera en el living de mi casa”, explicó al hablar del programa. La frase define su método. No hay interrogatorio, sino sobremesa. No hay un periodista que acorrala, sino un colega que escucha. Y muchas veces, el invitado siente que no está siendo sometido a una entrevista tradicional, y termina contando más de lo previsto. Es el efecto que se busca.

En los cuatro casos, el lenguaje de la rememoración reemplaza al de la investigación. El periodista de chimentos busca el dato que todavía no fue contado. Ellos consiguen que la verdad salga a la luz porque saben qué interruptor apretar. Moria recuerda una escena porque estuvo allí, Pergolini conoce la historia porque era parte de ese mundo, Kusnetzoff construye dispositivos donde una confesión provoca otra y Ramos genera confianza para que la conversación avance sin resistencia. 

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Mariano Casas Di Nardo

Mariano Casas Di Nardo

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