NOTICIAS URUGUAY | 01-06-2019 12:38

¿Escalera imposible?

Las mujeres constituyen más del 90 por ciento de los médicos que ingresan a la especialización de Ginecología.

La carrera de docencia e investigación se va masculinizando a medida que se pasa a grados superiores. En la cima, son todos hombres.

La especialización en Ginecología tiene una abrumadora proporción de mujeres médicas que hacen su residencia de tres años y se reciben de ginecólogas, pero no suben la escalera académica, cuyos últimos peldaños están monopolizados por varones. Esta realidad empieza a hacer ruido, aunque está naturalizada en las cátedras de Ginecología de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (UdelaR). De un grupo de 12 especialistas y docentes mujeres que están conscientes de estas dificultades, solamente tres accedieron a hablar con NOTICIAS. Sus colegas varones contestaron que no ven nada raro en la ausencia femenina de los cargos de autoridad de las clínicas donde se forman los profesionales de salud sexual y reproductiva del país.

Sacrificio femenino. “Yo entré de residente en el año 94. Mi hijo tenía cinco meses. En ese momento, si pedías medio horario por lactancia o guardias de 12 horas, lo que por ley corresponde, era lapidario para tu residencia. Dos años antes, otra residente lo había hecho y no operó nunca”, dijo Grazzia Rey, profesora agregada en la Clínica Ginecotocológica B que funciona en el Hospital de Clínicas. “Había estudiado mucho para eso, tenía un futuro para mí y para mis hijos... mi opción fue dejar de amamantar”.

Rey, la única mujer grado 4 en las tres cátedras de Ginecología, ilustra una de las dificultades más patentes para las profesionales de la ginecología que son madres: ausentarse o hacer medio horario implica perder oportunidades de formación que no se recuperan.

Las actuales residentes no se ven enfrentadas a ese dilema, porque el derecho a la licencia y al medio horario ahora se respeta, “aunque por atrás siempre está el comentario: ‘otra más’. Nunca lo dicen de frente, pero una lo escucha”. La guardia y el horario de la que está ausente los deben cubrir sus compañeros, que se sobrecargan de trabajo. “Pero ¿quién piensa en lo que esas mujeres en ese período están perdiendo? Y, además, si no es en ese momento ¿cuándo van a tener hijos si los quieren?”, se preguntó Rey.

Competencia feroz. La Facultad de Medicina tiene tres Cátedras de Ginecología, donde se forman los especialistas, se investiga y se genera conocimiento: las clínicas ginecotocológicas A, B y C. Las mujeres son abrumadora mayoría entre residentes y posgrados (estudiantes de la especialización) y también en los Grados 2 (primer escalón docente), pero casi no existen en los grados superiores. De los 73 residentes que están en las tres clínicas, solamente 6 son hombres. Pero al llegar al Grado 3 hay la misma o mayor cantidad de hombres que de mujeres, y son casi todos varones en los grados 4 y 5.

Para ingresar a la especialización de tres años hay que ser doctor en Medicina y aprobar un concurso severo. Según la calificación obtenida se puede acceder como residente (empleado con una carga horaria de 44-48 horas por semana y guardias de 24 horas) o como posgrado (sin salario, con una carga horaria de 36 horas y guardias de 12 horas).

Ginecología es una especialización médica y quirúrgica en la que cada oportunidad de formación es muy valiosa. “Hay un determinado número de personas que uno puede formar por año con las habilidades quirúrgicas necesarias. Si tengo 25 residentes o 25 posgrados para operar, no tengo el número de operaciones necesarias para garantizar que salgan bien formados desde el punto de vista quirúrgico”, explicó Rey.

La “disputa quirúrgica es importante, porque cuando uno más opera, más gana (por acto médico). Pero si se mira la cantidad de mujeres de nivel académico que están en el área quirúrgica, la que sea, desde Otorrinolaringología hasta Ginecología, son muchos más los hombres en los cargos de decisión”, comentó.

El rezago de las mujeres en cargos de mayor responsabilidad puede no ser muy notorio, “parecería que fuera hasta natural porque en las especialidades médicas hay más mujeres en cargos superiores que en las especialidades quirúrgicas y en las anestésico-quirúrgicas, que a su vez son las más valoradas desde el punto de vista económico”, dijo Rey.

Cursada la residencia de tres años, se da la prueba final y se obtiene el título de Especialista en Ginecología. Los egresados se vuelcan a trabajar en el sistema de salud privado y público. Solo algunos pocos intentan además la carrera docente que empieza en el Grado 2 para el cual hay que pasar por un concurso igualmente “competitivo y feroz”, según Rey. En este recodo de una vida profesional que ya lleva como mínimo unos 13 años, los que perdieron oportunidades formativas, por ejemplo las mujeres que fueron madres y perdieron meses de operaciones y de guardias, se ven obligadas a elegir un rumbo menos ambicioso.

Los Grados 2 tienen un plazo de tres años, solo prorrogables si el docente está en mitad de un proyecto de investigación o formándose en el exterior. Y las mujeres siguen cargando con los cuidados familiares: posponen o descartan tener hijos o asumen en lugar de sus parejas el cuidado de familia y hogar.

Y así se privan del tiempo para “operar, investigar, generar conocimiento, todas las cosas que te permiten ascender en la profesión... en cualquiera de nuestras carreras para acceder a un grado mayor necesitás publicaciones científicas presentadas en congresos o revistas y eso lleva tiempo que se le dedica de manera extra al cargo, porque en general ninguna médica ni médico tiene dedicación total”, explicó Rey.

En la Facultad de Medicina, los investigadores en régimen de dedicación total se concentran en las áreas de bioquímica, biofísica, anatomía e histología. Salvo en esta última, hay más varones que mujeres en posiciones de poder. Y en toda la historia de la facultad, solo hubo una decana.

El jefe de Rey, el profesor titular grado 5 Washington Lauría, reaccionó primero a la defensiva: “Tengo confianza absoluta en los concursos de la Facultad, no creo que se discrimine a las mujeres”, dijo a NOTICIAS. Pero, interrogado sobre las prórrogas por licencias maternales y medio horario por lactancia, contestó: “En la vida hay que elegir... No se les debe dar prórrogas a las mujeres que se embarazan porque ahí estás poniendo un freno a los que vienen de un grado más bajo y quieren ingresar. Te pongo un ejemplo, una mujer opta por tener seis hijos. ¿Qué hacemos? ¿La prorrogamos en el cargo por seis años?”.

De forma similar se manifestó el profesor agregado Grado 4 de la Clínica Ginecotocológica A, Francisco Cóppola: “Si prorrogás a un Grado 2 estás trancando al que viene de abajo para ascender. Los cargos son limitados y rotativos... Hay que prorrogar cuando realmente hay un proyecto concreto en marcha”, dijo.

En la clínica de Lauría y Rey se decidió recientemente si prorrogar o no a tres docentes Grado 2. Una de ellas es una mujer con varias hijas y un marido también ginecólogo. Se le ofreció la posibilidad, pero la docente renunció por no poder cumplir los días de guardia. “No puedo por mis hijas. Si me quedo seis meses o un año más, voy a seguir sin poder cumplir las guardias”, fue su respuesta.

Problema universitario. Para Flor de María Meza, coordinadora de la Red Temática de Género de la UdelaR y profesora asistente en la Facultad de Derecho, estos son problemas generalizados en la casa de estudio. “No es una tema de elección llegar o no al Grado 3 y 4. Son los obstáculos que están en el camino los que impiden llegar en igualdad de condiciones, fundamentalmente por la decisión de ser madre o no, cómo se postergan esos años y se invisibilizan, como si los hijos nacieran fuera de la Tierra y no sirvieran después a la sociedad”, dijo a NOTICIAS. Para Meza esto se relaciona con la responsabilidad por los cuidados, la distribución del poder y su reflejo en la vida académica.

La profesora agregada Grado 4 del Departamento de Neonatología, Fernanda Blasina, Pediatra, Neonatóloga, con una maestría en Neurociencias por el Pedeciba, un doctorado del Programa de Maestrías y Doctorados en Ciencias Médicas e integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), dijo a NOTICIAS que “está súper demostrado que las mujeres universitarias tienen hijos a una edad media mucho mayor que el resto de la población... la Universidad debería liderar de algún modo los cambios y visualizar los problemas de género”.

Blasina y su colega Andrea Devera, médica Neonatóloga, asistente grado 2 del Departamento de Neonatología y con una maestría en Neurofisiología, reconocen que en su área hay más flexibilidad, aunque nunca hubo hasta ahora un Grado 5 mujer. Ambas fueron madres y sintieron el apoyo de la cátedra para acceder a los derechos que les corresponden sin pagar un precio irreparable en sus carreras.

“Flexibilizar los horarios, mantener el medio horario hasta el año, no hacer guardias en la noche hasta el año de vida del niño... son cosas pautadas en las normas de la Universidad. La maternidad, obviamente, me atrasó en mi maestría. Pero de los departamentos de Neonatología y de Fisiología siempre tuve apoyo”, dijo Devera.

Pero incluso cumplir las leyes laborales se hace complicado en ambientes de exigencia como los servicios de salud universitarios. El Hospital de Clínicas, por ejemplo, solo este año inaugurará una sala de lactancia para todo su personal. Funcionará en el piso 16, donde está la maternidad, a instancias del Departamento de Neonatología, contó Devera.

Visibilizar los problemas de género implica ponerlos en la agenda y dedicarles tiempo y recursos, lo cual no es fácil en una institución con tantas urgencias como el Clínicas, observó Blasina.

Calidad con equidad. Rey y otras colegas se vienen reuniendo desde hace un tiempo para crear una comisión de género dentro de la Facultad. Su intención es presentar a sus compañeras el Modelo de Calidad con Equidad de Género que adoptaron ocho facultades de la UdelaR. La idea de Rey es invitar a otras docentes a conocerlo y proponerlo luego al decanato. “Me pareció muy lindo para empezar a trabajar el tema desde adentro y hacerlo visible”, dijo.

Meza explicó que “la Universidad incorporó el Modelo Calidad con Equidad, que administra y monitorea el Instituto Nacional de las Mujeres”, pero la adhesión de las facultades es voluntaria. Se trata de una herramienta que incluye acciones planificadas para reducir las brechas de género en el ámbito laboral, basada tanto en principios de equidad como en normas internacionales de calidad.

Los varones Cóppola y Lauría ni siquiera ven un problema.

Cóppola reconoce que entre las residentes y Grados 2 de su clínica hay abundancia de divorcios, estrés, situaciones de acoso y agotamiento, pero no cree que nada de eso incida en que no accedan a los cargos superiores. En su opinión, la predominancia femenina en la base de la pirámide de Ginecología es nueva, “de los últimos 10 años”, y es solo cuestión de tiempo que las mujeres copen los cargos de dirección. “Los viejos nos vamos a jubilar y los Grados 4 dentro de cinco años van a ser todas mujeres”, dijo. “La Facultad le da oportunidad por igual a hombres y mujeres... la mujer que se quiere formar bien, se forma”, sentenció Lauría.

Techos de cristal en la ciencia

En el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que cumplió una década este año, hay 470 varones y 326 mujeres. Pero en el nivel III, el más alto, figuran apenas 11 mujeres y 66 varones. El desequilibrio es más patente en el ascenso en las áreas de conocimiento: hay más mujeres que hombres en el nivel inicial de ciencias naturales y exactas y en ciencias de la salud, hay paridad en otras, pero el porcentaje femenino va disminuyendo hasta casi no existir en los niveles superiores.

Claudia Etchebehere, doctora en Química e investigadora del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, dijo a NOTICIAS que “la diferencia que reflejan los datos del SNI es abismal”. Un panel para abordar los desafíos del SNI organizado por el aniversario incluyó la desigualdad de género, aunque la forma en que fue tratada “dejó indignadas a todas las investigadoras que asistimos”, dijo. Lo que molestó particularmente a Etchebehere fue que panelistas varones se limitaran a afirmar que en sus casas no había problemas porque ellos compartían las tareas hogareñas. “Me pareció bastante desubicado porque los números dicen que hay una gran inequidad”.

El SNI expuso tres medidas adoptadas para reducir la brecha: la contemplación de un año sin publicaciones científicas cuando una investigadora prueba que estuvo en período maternal, más presencia de mujeres en las comisiones evaluadoras y la inclusión de una mujer en la comisión honoraria de cinco miembros que dirige el SNI.

En el panel se dijo que con una mayor presencia femenina en las comisiones evaluadoras determinó que más mujeres ascendieran de nivel. “Ante lo cual me pregunto ¿hay un prejuicio a la hora de evaluar? De lo contrario, esto no se explica. Si los evaluadores actúan de manera independiente de su género, no tendría que haber un cambio al integrar a más mujeres evaluadoras”, cuestionó Etchebehere.

Las científicas tienen menos probabilidad que sus pares varones de ingresar al SNI, señala una investigación publicada recientemente por Daniel Bukstein y Néstor Gandelman, de la Universidad ORT. “La edad, la productividad científica, las tareas docentes y las postulaciones anteriores explican 5,2 puntos porcentuales de la brecha de género en la probabilidad de aceptación, que es de 7,1. El restante 1,9 por ciento puede atribuirse a discriminación de género”, dice el estudio “Glass ceilings in research: Evidence from a national program in Uruguay” (Techos de cristal en la investigación: Evidencias de un programa nacional en Uruguay).

por Diana Cariboni

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