jueves, noviembre 21, 2019

NOTICIAS URUGUAY | 03-10-2019 12:01

Gobierno en disputa

¿Martínez, será en caso de ganar, quien ejercerá todo el poder? ¿Cuál será la política económica que predominará? Preguntas que hacen al futuro del Frente Amplio pero también al del Uruguay.

Gobierno en disputa. Una simple frase que refleja, sin duda alguna, lo que ocurre en una elección como la que afronta hoy el Uruguay: los partidos, del oficialismo y de la oposición, participan del libre juego democrático para determinar cuál será gobierno en los próximos años. Hasta allí, ninguna particularidad.

Esa sencilla frase, sin embargo, ha tenido en el Uruguay de los últimos años otro sentido: el de la disputa que se dio dentro del oficialismo por la conducción económica y en otras áreas; la que representó por mucho tiempo la línea de Danilo Astori -que se impuso en gran parte- y la que impulsaba el famoso “giro a la izquierda”; la que manejaba Astori incluso desde la vicepresidencia, y la que alentaban desde la OPP figuras cercanas al presidente Mujica, en el llamado “ministerio paralelo”. Una expresión usada en la propia interna del Frente Amplio. Esas diferencias, muy explícitas en su momento, se han ido desdibujando o relegando en la campaña, como era de esperarse, aunque cada tanto aparezcan en expresiones que reflejan ideas muy distintas.

Son, podrá decirse, diferencias del tipo de las que se producen en todo partido político, y por lo tanto, no deberían llamar mayormente la atención. Y efectivamente hay, como veremos, hechos que avalan la existencia de discrepancias en todas las colectividades políticas, al menos en las más importantes. Ocurre, sin embargo, que en el Frente Amplio y en plena campaña merecen una atención particular, tanto porque se trata de la fuerza que ha estado en el gobierno nacional en los últimos 15 años, como por la profundidad de las diferencias ideológicas que aparecen periódicamente en la superficie, más allá de los puntos de acuerdo que existan en el programa común, muchas veces líneas de acción muy generales libradas al gobierno electo.

Un claro ejemplo de ello ocurrió cuando el candidato presidencial, Daniel Martínez, se refirió muy críticamente a la experiencia de la Unión Soviética, lo que le mereció un inmediato reproche desde tiendas comunistas. O cuando José Mujica tildó de dictadura al gobierno de Maduro en Venezuela y también recibió el reproche de los comunistas. “Los otrora defensores de la dictadura del proletariado se horrorizan por una palabra”, comentó entonces, en plena campaña, el ex presidente.

Para dirigentes como el comunista Oscar Andrade, sin embargo, elementos tan contundentes como el informe Bachelet no significaron cambio alguno respecto a su percepción de la trágica realidad venezolana.

Astori señaló a Búsqueda que el Frente Amplio está pagando el costo de sus problemas éticos y de los aumentos de impuestos. Hubo quienes discreparon con la autocrítica del ministro y el primero en cruzar abiertamente al líder de Asamblea Uruguay fue, increíblemente, el ex vicepresidente Raúl Sendic. Nada más ni menos.

Mujica ha defendido en más de una oportunidad el capital privado y llamó a asociarse con la “burguesía nacional”, mientras otros actores van por la vía contraria.

Esas diferencias, como puede verse, no son menores y hacen el futuro del Uruguay.

Martínez y su gente. El Uruguay se juega muchísimo en esta elección y de su resultado -tanto en el Parlamento como en la Presidencia- dependen el modelo de país de al menos la próxima década, la forma de inserción internacional y crecimiento, así como del futuro de su sociedad, incluida la educación como un eslabón clave en ese porvenir. Por lo tanto, resulta imprescindible que los distintos actores sean muy claros y explícitos en sus intenciones.

Daniel Martínez, con poco apoyo o empuje por parte de algunos dirigentes y sectores de la coalición, se ha blindado con un grupo de hombres y mujeres de su confianza personal y está construyendo equipos con la misma lógica, anteponiéndola a la del reparto de cargos en función de la representatividad partidaria. Y busca construir hacia el centro en procura de generar un ambiente positivo para la búsqueda de acuerdos interpartidarios en el futuro; aunque a veces haya tenido algunas afirmaciones contradictorias con esos objetivos, como cuando dijo que a la oposición la une el odio; históricamente erradas, como cuando señaló que los partidos fundacionales había desaprovechado setenta años para cambiar el país, yéndose a la década del 30 e incluyendo en ese período importantes logros del batllismo, reformas electorales que ampliaron derechos, los Consejos de Salarios, gran desarrollo en infraestructura y la mejor época de Luis Batlle. O cuando erró por completo asegurando que había un mayor déficit por la transición de los cincuentones, algo exactamente contrario a la realidad. Pero de todos modos ha hecho esfuerzos por expresar un estilo que no todos comparten en el oficialismo, algo que ha sentido incluso en carne propia en el espinoso camino para llegar a la Intendencia y a la candidatura presidencial.

Ante estas diferencias resulta legítimo plantearse algunas preguntas: ¿Martínez, será en caso de ganar, quien ejercerá todo el poder? ¿Hará como Tabaré Vázquez cuando fue intendente y en su primera presidencia cuando tomó distancia de la orgánica para ejercer el gobierno sin ataduras ¿Cuál será la política económica que predominará? ¿Y la relación con los privados y el campo? ¿Y con los sindicatos? ¿El gobierno de Venezuela será tratado como la dictadura que describieron Martínez, Mujica y Astori, o con la benignidad que reclaman y aplican otros a pesar de los 18 mil asesinatos denunciados por Human Rights Watch en base a cifras oficiales? ¿La URSS será un modelo a descartar o una experiencia a rescatar de la historia? ¿La lucha será oligarquía-pueblo como destacó Graciela Villar?

En fin, muchas preguntas que se multiplican en una coalición en plena transición hacia una nueva etapa, con reacomodamientos de sectores y renovación de liderazgos. Preguntas que hacen al futuro del Frente Amplio pero también al del Uruguay.

Preguntas, entre otras, que cobran además otra relevancia en la medida de que aparece en el horizonte un parlamento fragmentado, con un eventual gobierno sin mayorías propias, con un número de partidos desconocido, y que obligará a negociaciones en procura de políticas de Estado.

¿Y la oposición? Unas cuantas de las preguntas planteadas, en particular en lo que tiene que ver con la aplicación de medidas concretas en relación a la economía, la inserción en el mundo, la educación y la seguridad pública, pueden ser trasladadas a la oposición. Porque, para empezar, no existe una sola oposición, realidad que se refuerza con la fuerte irrupción de Cabildo Abierto y su líder Guido Manini Ríos. No por casualidad dirigentes como Ernesto Talvi enfatizan en la necesidad de que colorados y blancos sumen mayoría en las elecciones de octubre hecho que en su consideración facilitaría el logro de acuerdos para gobernar.

Talvi se ha empeñado en enfrentarse con Manini y es posible que un eventual triunfo colorado o blanco, necesite de los votos del general retirado: ¿en ese caso, los tendrán de manera incondicional o a un costo importante?

Claro que las cosas podrían facilitarse si los partidos fundacionales, sumados, logran mayoría parlamentaria, cosa que no parece sencilla. Pero aun así, entre los colorados han aparecido diferencias a la hora de juzgar la política en materia de seguridad pública y de discutir modelos; tanto que uno de los referentes del partido, como el director de Fundapro, Guillermo Maciel prefirió trasladar su respaldo a Lacalle Pou.

En el caso de Lacalle Pou ya ha dicho que se reservará algunos ministerios clave como Economía, Educación e Interior, pero necesitará otorgar otros a sus socios si es que gana las elecciones. En tanto, todos los opositores juegan con perfiles diferentes.

Lacalle, amparado en las encuestas y en el arrasador éxito de la interna, administra con mucho cuidado silencios y apariciones públicas, mientras Ernesto Talvi aparece de modo mucho más agresivo en procura de terminar de ubicarse en este tablero complicado, lo que lo ha llevado a realizar polémicas afirmaciones como las que realizó vinculando los funcionarios púbicos con el desempleo.

Para Manini, esta campaña es la oportunidad de afirmar lo que ya logró en las internas y también administra con mucho cuidado y desconfianza su aparición en los medios.

La atención centrada en los principales partidos y candidatos, a veces determina un descuido acerca de lo que hacen los demás protagonistas que terminan de armar este puzzle; de menor relevancia pero que juntos o por separado, pueden jugar un papel importante en un Parlamento tan fragmentado como el que parece en lo previo. Allí se verá, por ejemplo, el verdadero peso que tengan los partidos de Pablo Mieres y Edgardo Novick, dos de los principales perjudicados con las novedades que han llegado con el año electoral.

En este panorama incierto y de cambios, se plantean muchas dudas tanto para el oficialismo como para la oposición. En cuanto al primero, existe una primera pregunta y es cómo votarán internamente los distintos sectores que lo componen: ¿quiénes saldrán fortalecidos, los sectores más radicales o los moderados, en sus nuevas estructuras? Respecto a la oposición, resultará muy importante su comportamiento en lo que queda de campaña y su capacidad para retener sus electorados en el casi seguro balotaje.

Por todo lo antedicho, para el futuro del país, no sólo importa qué partido y candidato ganarán la elección presidencial, sino también y de manera muy especial, la correlación interna de fuerzas que se apreciará cuando se corra el telón el último domingo de octubre.

*PERIODISTA. Doctor en Diplomacia y Magister en Ciencia Política, director editorial de NOTICIAS Uruguay.

por Alfonso Lessa*

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