Martes 11 de mayo, 2021

OPINIóN | 14-04-2021 10:45

90 años de la II República Española: un régimen a conocer (más allá de la Guerra Civil)

¿Puede esfumarse una vibrante experiencia que posicionó a un pueblo a favor o en su total oposición y hasta desembocó en guerra intestina épica y trágica? La respuesta es no

¿Puede esfumarse hasta el recuerdo de una vibrante experiencia política que posicionó a un pueblo a favor o en su total oposición, que llenó las planas de los diarios, motorizó actos elogiables y su contracara, y hasta desembocó en una tan épica como trágica, pero sobre todo tremenda e innecesaria Guerra intestina? ¿Y casi todo sin problemas de alejamiento cultural o traducción idiomática? ¿Un misterio? ¿Un arcano? Nada de eso.

                Si, en el camino explicativo de este acertijo, esa Guerra Civil agregara a su denominación el de Española, ya muchos pegarían un respingo y como quien acierta en un blanco, proclamará, con autosuficiencia de cenutrio: “Ah, pero es la República Española”. Tal es así de obvio que simplificando demasiado los bandos que chocan pasan a la Historia como “franquistas” y precisamente “republicanos”. Pero ahí nomás se nos acaban las mínimas referencias a esa Segunda República Española de la primera mitad de los años 30.

                Y eso que ya al etiquetarla como Segunda presupone un antecedente que le está ligado y que corrió peor de injusta suerte en la frágil memoria, pero no en la pertinaz Historia: la Primera República Española de 1874 coetánea de la III francesa (y que no alcanzó ni al año de existencia). Y aquí ya van disparándose mis saetas en la disputa de fondo académico, profesional, y hasta social. ¿Cuánto privilegiar a la Memoria si deja estos huecos en el conocimiento? A la postre como entre médicos y charlatanes: ¿Disciplina científica o cháchara de garrulos? ¿Investigadores o charlatanes?

                Por eso, ante la carencia y el olvido, y como esfuerzo y obligación profesional el Instituto de Historia de España “Dr. Claudio Sánchez-Albornoz” perteneciente a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA organiza para hoy a las 19 horas una reunión virtual de discusión. Su título provocador es: “La memoria y sus patas cortas, o ¿Por qué conmemoramos la Segunda República Española, en su 90 aniversario?” y cuenta con el apoyo y participación  de la Cátedra de Historia de España de dicha unidad académica porteña. Para algo estamos y somos acreedores de la confianza pública (además de sus recursos) Y la pandemia no nos detendrá.

                Vale el repaso, ante lo cortito que se nos queda el tembloroso recuerdo. Y por ello traerla a la discusión es algo más que evocarla como curiosidad, sino discutirla y aprovechar tramos de su experiencia en nuestro conocimiento comunitario de base acreditada. No alcanzan las opiniones epidérmicas, el saber intuitivo que ahoga estas coyunturas históricas vistas en perspectiva ya casi centenaria estará siempre de más ante el análisis y la pesquisa del historiador, y cada vez más de las historiadoras, a ambas orillas del océano.

                Tanto optimismo para “una mirada, sin embargo sombría”, diría Tulio Halperín Donghi, de un acontecimiento social inusitado. Y un antes de la Guerra, cuando florece la esperanza.

                El satirizado decir de Halperin, pero para las experiencias decimonónicas rioplatenses, merecería ser aplicado en el caso de la España Republicana al lustro de su duración plena: 1931-1936. La tan referida Guerra Civil Española (1936-1939) oscurece a la II República de tal manera que diluye sus desafíos y problemas previos y la ordalía en la que sucumbió a la violencia desatada y su solución bélica y militarizada. La Guerra Civil evapora a la República que sobrevive apenas como nombre, desbaratando el fallido golpe militar que aprovechara a timonear Francisco Franco. Pero fue mucho más, en lo que trató y en lo que enfrentó.

                La República Española termina tan trágicamente que relegamos lo optimista de su inicio, y es tan inexacto como injusto obviar ese clima de época. Las esperanzas están cifradas tras la salida no traumática del Monarca Alfonso XIII, bisabuelo del actual Felipe VII y abuelo del escurridizo Juan Carlos I, de tan controvertida recordación en nuestro siglo XXI.

                Y con cuánta atención se siguieron esos avatares en Latinoamérica, por sus vínculos históricos, culturales e idiomáticos, pero especialmente por la emigración peninsular diseminada en el Nuevo Mundo. Todavía hoy se pueden rastrear en el prodigo espacio de Internet expresiones musicales favorables a la proclamación de la II República tras las elecciones municipales de abril de 1931. Me refiero, e instó a escucharlas, a piezas enternecedoras como el corrido mexicano del malogrado Guty Cárdenas “La España Republicana” que se congratula del cambio político y saluda a la Madre Patria que ahora se acerca a los sistemas de las naciones hispanoamericanas. Todo en un marco de respeto, fervor patriótico y no revanchismo que auguraba un cambio para mejor. No fue una Transición como la de 1977, y así sorprendió al mundo una ruptura democrática que no decapitó a la testa coronada ni estalló en surtidores de sangre…todavía. Parecía que el atavismo peninsular estaba conjurado…por ahora. Daba por tierra con el prejuicio de violentos y fatales que se atribuye con un dejo de injusto racismo inverso a los españoles.

                El 14 de abril de 1931, creían haber zafado de la leyenda y transformaron una elección municipal, con la que la Monarquía Alfonsina pretendía volver tuteladamente al sistema constitucional, en un pronunciamiento ciudadano inesperado pero no extraño. Quiso el establishment escabullir el bulto de haberse apoyado en la Dictadura del General Miguel Primo de Rivera, (a no confundir con su hijo de José Antonio, artífice del fascismo en su versión vernácula de tanta reverberación posterior) pero en las grandes ciudades el resultado era abrumador, encumbrando a los candidatos republicanos y asomando como jefe del gobierno provisional un antiguo ministro monárquico devenido en opositor y mascarón de proa  en un arco de alianza de derecha a izquierda: Niceto Alcalá Zamora. Católico y conservador, terrateniente en Andalucía pero reformista, a la postre, 18 años más tarde, y lejos de las garras franquistas, murió en el exilio porteño.

                Las raíces se filiaban en la historia española. Podían evocarse a los comuneros castellanos del siglo XVI (y de allí el morado de la polémica bandera tricolor) o , tal es así que la Marcha de Riego, además de hacer reverencia al decimonónico patriota asturiano Rafael de Riego no se perdía en proclamar a los españoles como “hijos del Cid”. No era una planta extraña la que germinaba en la Península, mal que les pese a sus detractores.

                Pues fue así: un amanecer lleno de optimismo que se fue plagando de obstáculos en una época-la de entreguerras- que dejaría poco que envidiar. El primer enorme inconveniente, para nada menor es que acabado el recuento electoral los resultados habían sido más parejos entre Republicanos rupturistas y monárquicos continuistas, en especial en algunas regiones rurales. La Segunda República no nació sin opositores, más bien los fue acumulando enajenándose desde un propiciador como José Ortega y Gasset disconforme con los primeros desmanes y quemas de Iglesias. La luna de miel llegaba a su fin y todo sería cuesta arriba.

                Tal realidad de origen lastraba seriamente un programa de transformaciones que exigía desde hacía más de medio siglo la sociedad y su entorno. Quedaba reflejada una comunidad polarizada y equivalente que devendría en una ruptura fatal. España “había dejado de ser católica” profería el otro orador del periodo, Manuel Azaña, pero no había dejado de ser reacia a los cambios. Una mezcla nada halagüeña si se le suman los reclamos postergados del mundo obrero canalizado por un socialismo pactista (desde Julián Besteiro hasta Francisco Largo Caballero, y sin olvidar en el centro a Indalecio Prieto) y por un anarquismo combativo en sus reclamos y métodos, que lucía nombres de ecos en el Río de la Plata: Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso o Ángel Pestaña). Lo que hoy denominamos “nacionalidades”: catalanes, vascos y gallegos reclamarían a trancas y barrancas sus autonomías desde el minuto cero. Tanto que Cataluña se declaró en esos días de abril de 1931 como “República Catalana dentro de la Federación Ibérica”, pero fue convencida de esperar un Estatuto ad-hoc.  Por hacer quedaba elaborar una nueva Constitución de carácter político y contenido social al caso de la de Weimar. Pero ese espejo alemán pronto se oscurecería  irremediablemente, mutando en el modelo monstruoso del Nazismo. Otra sociedad estamental que extraviaba el rumbo y anunciaba un porvenir aciago.

Crisis de hegemonía, descrédito y moraleja: “Repúblicas sin republicanos”

                No era ajeno a la  retahíla de problemas ese contexto internacional. La crisis del 30 que aceleró la caída monárquica,  puso en evidencia algo que un italiano contemporáneo, Antonio Gramsci denominaría  como crisis de hegemonía, desafiada por exponentes culturales que van desde Miguel de Unamuno, o los hermanos Machado, a ese trió irreverente de Dalí, Buñuel y Federico García Lorca. Por ello a la época se la incluye como canto del cisne de la Edad de Plata de la literatura Española, pero sería injusto no abarcar a todos los campos del conocimiento  de la mano de un veterano Ramón y Cajal o los arquitectos luego exiliados. Sin descuidar la experiencia escolar de revertir altísimos índices de analfabetismo y arriesgar experimentos conmovedores como las “Misiones Pedagógicas” recorriendo los rincones más inaccesibles con teatro, cine, bibliotecas y hasta reproducciones pictóricas de los encumbrados museos capitalinos.

                Pero el periodo europeo y mundial no era fértil para experiencias políticas de consenso como la republicana. El problema básico de las tentaciones autoritarias y anti sistema sería la baja estima de los regímenes democráticos de estirpe liberal, predominio dirigente burgués y afán ilustrado. Parecía que su hora ya había pasado cuando la II República Española podía ejercitar ese desafío. Pero al igual que su socias alemán de Weimar, la tremenda cuestión se resumía en el aserto que el historiador Israelí, luego primer embajador en Madrid en los años del felipismo boyante, Shlomo Ben Ami, que con lacónico estilo definió a estas como “Repúblicas sin republicanos”. Dicho de otra manera, pocos o ninguno parecía apostar por el régimen como valor en sí mismo, esperando aprovecharlo como trampolín para sus fines desbordados a izquierda o derecha, con el resultado desleal por todos conocidos. Ese recuerdo como moraleja parece haber sido asimilado allá y acá, a Dios gracias.

*Por Mariano Eloy Rodríguez Otero, doctor en Historia, profesor de la UBA y director del Instituto de Historia de España "Dr. Claudio Sánchez-Albornoz", UBA, Filosofía y Letras.

 

 

 

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