Érica Gillette apareció en escena cuando los negocios de la AFA empezaron a migrar hacia Estados Unidos. Hasta hace pocos años se movía en el rubro de la estética, vendía productos de belleza, hacía de influencer y sostenía un perfil bajo. Ese esquema cambió cuando se registró como titular de TourProdEnter LLC, una sociedad radicada en Florida que pasó a administrar los ingresos internacionales de la Selección argentina. En los papeles, Gillette es la que firma y valida contratos millonarios por sponsoreo y derechos comerciales.
En ese rol, la empresa acumuló cientos de millones de dólares que, según la Justicia, terminaron mezclados con gastos personales difíciles de explicar: vuelos privados, estadías premium, alquileres de yates y consumos en marcas de lujo. La investigación la tiene en el centro de la escena junto a su marido, Javier Faroni. La pregunta que sobrevuela es simple y todavía abierta: ¿Gillette fue una administradora formal que prestó su nombre o tuvo un papel activo en el manejo de la caja?
Por ahora, su rol es claro: sin su firma, el circuito financiero externo de la AFA no se movía.
El contrato firmado en diciembre de 2021 entre la AFA y TourProdEnter LLC, la empresa radicada en Estados Unidos administrada por Erica Gillette, marcó un punto de inflexión, a tal punto que por ese entonces el empresario dejó su rol como director de Aerolíneas Argentinas. La firma se quedó con la representación comercial internacional de la Selección argentina, con exclusividad casi total y con un esquema de comisiones que no tenía antecedentes en el fútbol local. El número —30% más un adicional por logística— no pasó desapercibido en la industria, pero avanzó igual. Con Tapia, con Pablo Toviggino y con una estructura que concentró el cobro y la administración de los ingresos externos.
A partir de ese contrato, todos los dólares que entran por sponsors internacionales, amistosos, derechos y acuerdos comerciales pasaban por cuentas en el exterior manejadas por esa sociedad. Faroni no figuraba como el rostro visible del acuerdo, pero estaba en el centro del dispositivo. El empresario teatral que había aprendido a repartir porcentajes entre productores y artistas ahora administraba cifras que excedían largamente cualquier temporada en la calle Corrientes.














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