El arranque de 2026 le ofrece a Javier Milei una rareza argentina: una semana financiera exigente, sí, pero con señales de control —y hasta de acumulación— en un país acostumbrado a empezar el año con sobresaltos. El dato duro es inmediato: el viernes 9 vencen unos US$ 4.200 millones entre renta y amortización de bonos, un test para medir solvencia y credibilidad. Y, sorpresa, el Gobierno llega a ese peaje con dólares en la mano y con una ingeniería que, por primera vez en mucho tiempo, no se apoya únicamente en relato.
La concesión de las represas del Comahue funcionó como anticipo y como termómetro. El ingreso total fue equivalente a US$ 707 millones y, según Economía, el 75% terminó en el Tesoro. En la práctica, eso se tradujo en compras en bloque que dejaron al Gobierno con cerca de US$ 530 millones antes del vencimiento. Es un alivio transitorio, pero crucial: permite “pagar la cuenta” sin exponer una caída brusca de reservas en el peor momento político del calendario económico —los primeros días del año, cuando el mercado suele oler debilidad.
El punto interesante no es solo el pago, sino lo que lo rodea. El equipo económico se mueve para cubrir el remanente vía un repo con bancos (con bonos como colateral), una herramienta que, guste o no, marca un cambio de fase: pasar de la supervivencia con cepos y parches a la construcción de un puente —imperfecto y caro— hacia financiamiento. En paralelo, el canje intra-sector público que reforzó el “menú” de garantías sugiere que el Estado está ordenando piezas para jugar un partido más largo: sostener pagos, evitar el drenaje y, sobre todo, comenzar a comprar reservas.
Ahí aparece el giro más simbólico: el BCRA volvió a hacerse de divisas en un contexto que el propio Gobierno presenta como el primer movimiento de acumulación desde el esquema de bandas de abril de 2025. Temprano para festejar, pero no es menor que, en la misma semana en que hay que pagar deuda, aparezca una ventana para sumar dólares, aunque sea por goteo y con ayuda de un flujo extraordinario. En Argentina, construir reservas es más que un objetivo técnico: es un acto de autoridad.
El frente doméstico también ayuda. Los depósitos privados en dólares rozan US$ 36.681 millones, el nivel más alto desde que existe el registro moderno posconvertibilidad. Esa masa de dólares bancarizados es, a la vez, señal de confianza relativa y recordatorio de fragilidad: el sistema puede retenerlos mientras el miedo a la confiscación no vuelva; si el clima cambia, vuelan. Pero, por ahora, el dato le da al Gobierno un respaldo político: el argentino que suele votar con el colchón está, parcialmente, volviendo al circuito formal.
Con este cuadro, Milei llegará a Davos (19–23 de enero) con dos credenciales que en 2024 y 2025 no coexistían: orden fiscal y una victoria electoral reciente que le amplió músculo legislativo. Y ahí aparece la pregunta de estrategia: ¿repetirá el libreto de la “batalla cultural” —que le da rebote personal, viralización y coherencia identitaria— o hará lo que los foros de inversión premian: vender el potencial argentino como activo subvaluado, en el inicio de un ciclo que podría ser propicio si se consolida estabilidad y seguridad júrídica?
El Milei que viaja ahora tiene un incentivo nuevo para ensayar “madurez” sin traicionarse: ya no necesita demostrar todo el tiempo que es un outsider. El gesto más claro está en su equilibrio discursivo entre Estados Unidos y China: ratificó alineamiento geopolítico con Washington, pero explicitó que no romperá lazos comerciales con Beijing. En términos de realpolitik, es una obviedad; en términos de narrativa libertaria, es un ajuste fino. Y, para un auditorio como Davos, esa síntesis suena menos a consigna y más a previsibilidad.
En el fondo, el dilema es simple: Milei puede volver a Davos como predicador —eficaz para su base, ruidoso para el establishment— o como vendedor de un “caso Argentina” listo para despegar si el mundo decide comprar. Con dólares para pagar, con un camino recién abierto hacia reservas y con un capital político reforzado, el 2026 le abre una oportunidad infrecuente: convertir la épica en proyecto. La pregunta es si el Presidente, que entiende como pocos el poder de una escena, elegirá la escena que más conviene al país o la que más lo divierte a él.














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