Javier Milei está en una posición más que incómoda, tironeado por dos bandos que se disputan el poder que en teoría le pertenece a él. Como es un mandatario poco aficionado al toma y daca de la política, y sí fanatizado, en cambio, con los números de la economía y el barro de las redes sociales, naturalmente la gestión del día a día quedó en otras manos. Hoy por hoy, en las de su hermana, la secretaria general de la Presidencia, y en las del asesor Santiago Caputo. La trifulca entre ambos ha ido escalando en los últimos meses, con un predominio nítido de Karina Milei, y genera ruidos crecientes en los mercados y en la opinión pública. La pregunta obvia es: ¿puede construir poder un gobierno que se combate a sí mismo? Y en segundo lugar: ¿por qué no interviene el Presidente?
La respuesta al primer interrogante no es clara, ya que el oficialismo se las arregló para ganar las elecciones de medio término a pesar de la interna salvaje. Pero en la segunda cuestión sí no quedan dudas: a Milei le cuesta interceder, mediar en esa pelea, porque uno de los bandos está encabezado por su propia hermana. La dependencia psicológica y emocional que el Presidente tiene con ella -largamente analizada y documentada por esta revista- hace que le sea imposible mostrarse imparcial. No quiere desprenderse de Caputo -el hombre que, entre otras cosas, ayudó a que llegara el auxilio financiero del Tesoro norteamericano en un momento crucial de la gestión mileísta-, pero no encuentra la manera de defenderlo ante la avanzada de Karina. Las fotos en modo paños fríos que los tres integrantes del Triángulo de Hierro se sacaron en el acto del 25 de Mayo apenas logran disimular el conflicto, que tras bambalinas sigue agigantándose.
Milei parece estar atado de manos.














Comentarios