Hay una escena que resume mejor que cualquier encuesta el estado real de la política argentina. Héctor "Toty" Flores —candidato a vicepresidente de Elisa Carrió en 2015, diputado de la Coalición Cívica, símbolo durante décadas de la oposición al peronismo bonaerense— asumió en marzo de 2026 como subsecretario de Economía Social en el gabinete del intendente Fernando Espinoza, en La Matanza. El mismo Espinoza al que Flores había criticado públicamente en 2023 por "no vivir más en La Matanza". No llegó solo: lo acompañaron dos exconcejales del PRO, Jorge Lampa y Laura Grecco, también sumados a cargos en el mismo gabinete peronista que habían combatido durante años. Lampa no se guardó ninguna explicación: "Yo fundé el PRO en 2004, pero el acuerdo con Milei me prohibió ir con el sello amarillo. Me dejaron afuera."
Carrió dijo que le "rompió el corazón" pero que "no se puede juzgar el hambre." El kirchnerismo más duro se indignó. "Habiendo tantos buenos compañeros peronistas en La Matanza, ir a buscar a los del PRO no tiene sentido", protestó el diputado camporista Facundo Tignanelli. Lo que Tignanelli no dijo es que su propio espacio lleva años haciendo exactamente lo mismo en la dirección contraria. Y que el peronismo que gobierna La Matanza acaba de darle un cargo a alguien que, apenas cinco meses antes, compitió contra ese mismo peronismo en las urnas.
El caso Toty Flores no es una anomalía. Es el sistema funcionando con perfecta normalidad.
El verbo que todo lo nombra
Para entender el presente hay que remontarse a 2005, cuando Eduardo Lorenzo Borocotó fue electo diputado nacional por el PRO y diecisiete días después se fotografiaba junto a Néstor Kirchner. Lo silbaron en el Congreso. El PRO intentó impugnar su asunción invocando la ética pública. Fracasaron. Borocotó dijo "mi compromiso es con la gente" y su apellido se convirtió en el verbo que define el fenómeno: borocotizar.
Lo que nadie imaginó entonces es que décadas después el borocotazo ya no generaría escándalo alguno. Que se convertiría en una práctica rutinaria, normalizada hasta el punto en que los propios actores ni siquiera intentan ocultarla.

El círculo completo: el caso Lipovetzky
Si hay un recorrido que ilustra la magnitud del fenómeno es el de Daniel Lipovetzky. Diputado del PRO durante años, figura central del debate por el aborto, autor de la ley de alquileres, fue durante una década uno de los rostros visibles de Cambiemos. Cuando el PRO selló su alianza con Milei, se fue con un discurso encendido: "Me alejé porque el PRO decidió convertirse en socio de La Libertad Avanza. Yo siempre defendí un Estado eficiente, no su desaparición." En octubre de 2025 compitió como candidato a diputado por CABA bajo el sello del Partido Federal. Milei, desde el otro lado, lo había llamado "comunista pelotudo" en referencia a su ley de alquileres. Meses después, Lipovetzky asumía en el gabinete del intendente peronista Julio Alak en La Plata. El entorno de Alak lo explicó sin pudor: es parte de una estrategia "aperturista" para construir un frente amplio anti-Milei de cara a 2027.
El hombre que se fue del PRO porque se alió con Milei terminó en el peronismo que necesita votos para ganarle a Milei. El círculo quedó cerrado.
El fenómeno no es nuevo ni es de un solo lado
Sería cómodo leer todos estos casos como una patología del presente o de un solo espacio político. Pero la historia es más larga e incómoda. Patricia Bullrich militó en su juventud en la Juventud Peronista, fue diputada menemista, ministra del radical De la Rúa y terminó como funcionaria de Milei, el mismo que durante la campaña la acusó de "haber puesto bombas en jardines de infantes." Los dos terminaron gobernando juntos.
En 2019, Miguel Ángel Pichetto —durante doce años jefe de la bancada kirchnerista en el Senado— se convirtió en candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. Declaró: "No vuelvo al pasado". Tenía razón en un sentido literal: en Argentina nadie vuelve al pasado porque nadie tiene pasado. Tiene posiciones.
Más cerca en el tiempo, los llamados "radicales con peluca" —Campero, Arjol y Picat— fueron expulsados de la UCR por votar a favor de los vetos de Milei a las universidades y las jubilaciones. Campero había declarado en diciembre de 2024 que era "imposible" que se sumara a La Libertad Avanza. Meses después justificaba su incorporación al bloque libertario como "una decisión responsable."
La respuesta no está en la hipocresía individual de cada dirigente sino en la estructura de un sistema político que, desde el colapso de 2001, vació de contenido programático a los partidos y los redujo a vehículos de acceso al Estado. En ese contexto, la pertenencia partidaria no es una convicción: es una herramienta. Cuando la herramienta se rompe —porque el partido se fusionó con el adversario, porque quedaste fuera de las listas, porque el espacio ya no tiene recursos— se busca otra.
El peronismo lo entendió hace décadas. El PRO lo aprendió más tarde pero igual de bien. La Coalición Cívica creyó por más tiempo que podía ser la excepción, pero el caso Toty Flores demuestra que tampoco.
La frase más honesta de toda esta saga la pronunció el propio Flores cuando le preguntaron por qué había aceptado trabajar con Espinoza: "Si te usan para que la gente viva mejor, bienvenido." Sin retórica, sin apelación a valores irrenunciables. La más sincera que puede decir un político argentino en 2026. Mucho más que los discursos sobre la grieta que los mismos actores pronunciaron durante años mientras esperaban el momento oportuno para cruzarla.















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