POLíTICA | 08-10-2021 12:44

Trastienda del regreso de Aníbal Fernández, el villano resucitado

El “trueque” con Domínguez y el tapón a Berni. Resistencias y el miedo electoral a las anibaladas. Rencuentro con Cristina Kirchner y por qué el albertismo lo imagina suyo.

El miércoles 15 a las cinco de la tarde Alberto Fernández tenía programado un encuentro en la Casa Rosada. Lo había agendado antes de las elecciones, cuando estaba convencido de que los números le iban a sonreír y de que la mayoría de los debates alrededor de su figura se iban a acomodar cuando las urnas se abrieran. No solo nada de eso sucedió sino que, para cuando llegó el momento de la reunión, el Gobierno era un completo caos y medio Gabinete había presentado su renuncia un rato antes. Pero ni la debacle electoral ni la crisis institucional le hicieron temblar el pulso al invitado presidencial. Como no podía ser de otra manera, Aníbal Fernández pisó la explanada a la hora convenida y se llevó la atención de todos. Había caído en el momento y el lugar indicado. O, según como termine la historia, todo lo contrario.

Cinco días después de aquel convite -en el que ambas partes afirman que no hubo un ofrecimiento, sino que tan solo se juntaron a “hablar de política”-, Aníbal juraba por décimo octava vez por Dios y por la Patria. Ahora, a diferencia de las diecisiete anteriores, se pone al frente de una cartera muy expuesta en un gobierno al borde del colapso electoral, interno y, en más de un caso, personal. En ese berenjenal el flamante ministro de Seguridad ya hizo notar su estilo y promete no dejar una polémica sin tocar. Lo sabe todo el círculo rojo: volvió el villano preferido.

El regreso. Es que Aníbal no es un político más dentro de la interminable fauna peronista. No solo porque lidera el ranking de funcionarios con más tiempo en ministerios de primera línea de toda la historia argentina, sino por una cualidad que lo distingue de casi todos los dirigentes: él disfruta sin ningún tipo de pudor el poder. No le pesa, no lo desgasta, y, acostumbrado al traje de bombero, tampoco se plantea objetivos desmedidos como tomar el cielo por asalto o liderar una revolución social. Para él un cargo es solo ganancia, y de paso aprovecha para hacer crecer esa fama de tipo malo que lo precede adonde va y que le gusta. Aníbal, que lleva tres cuartos de su vida dedicados de lleno a la política, nació para esto.

“¿Una tapa de NOTICIAS? Ustedes jamás me dan en tapa para dejarme bien parado ni para dejarme lindo”, le dice el ministro a este medio. Aunque Fernández imposta su costado rebelde y muestra los dientes, no engaña a nadie: ser tapa, ser noticia, y, sobre todo, volver a ser ministro, le encanta. Está en su salsa.

De cualquiera manera, lo que no le va a gustar es leer el arranque de esta nota. Aunque lo más probable es que él lo sepa, es de esas verdades que es preferible poner debajo de la alfombra y olvidar con el paso del tiempo. Pero, más allá de las consideraciones de Aníbal, la gran razón por la que volvió al Gabinete no fue ni por la crisis institucional, ni por la paliza electoral, ni por pedido de Cristina Kirchner ni por sus años de experiencia en la gestión. El principal motivo tiene nombre y apellido: fue por Julián Domínguez, su histórico némesis, con el que por poco no se bate a duelo en las internas bonaerenses del 2015.

Como el Coyote y el Correcaminos, parece que estos dos viejos rivales estaban destinados a cruzarse al final del derrotero. Es que Alberto Fernández, rato antes del mazazo de las PASO, tenía una idea y un temor. La primera era repatriar a Domínguez como el próximo ministro de Agricultura, un lugar más que sensible que se encuentra atravesado por el conflicto de las exportaciones de la carne, y el segundo era el desafío de lograr ese paso sin desatar la furia pública de su archirrival. Era un tema complejo que el Presidente había charlado con su equipo más chico ya a comienzos de junio, cuando viajó a inaugurar una obra a Chacabuco, el pago chico de Domínguez, e invitó a este como protagonista especial e inesperado del evento.

El artilugio era difícil: aunque para afuera pueda sonar llamativo, la palabra de Aníbal tuvo y tiene un peso nada menor dentro del peronismo. Cada vez que hablaba, en estos dos años previos al desembarco en el Gabinete, para tirarle dardos a los ministros que “no pedían la pelota”, y a los funcionarios que “se escondían y dejaban solo al Presidente”, creaba un nubarrón de malestar que se replicaba entre las distintas voces del peronismo y que penetraba en los despachos y en los ánimos de la Rosada. Era de temer la reacción que podía llegar a tener si designaban a Domínguez y no a Aníbal, que se postulaba para un cargo ante cada micrófono que se se le aparecía enfrente. “Por eso es que sumarlo a él fue casi como un trueque”, cuenta uno de los hombres con más acceso a la intimidad presidencial. Lo que no se dice también se hace escuchar: el mandatario está en un momento en que no tiene la espalda suficiente como para soportar airoso las críticas de un entonces solitario francotirador.

De cualquier manera, así fue que Alberto Fernández lo llamó a Aníbal el viernes 17 a la tarde, el día siguiente a la furiosa carta de CFK que cambió todos los planes del Presidente. Hasta entonces el plan era otro: el martes 14 a la noche, incluso, en la Quinta de Olivos, el mandatario le había contado a Cristina que pensaba sumar a Aníbal después de las elecciones, aunque en ese momento todavía no tenía del todo definido su futuro lugar -las ideas iban desde crearle un ministerio de Energía hasta la Secretaría General de la Presidencia-. Pero al día siguiente de ese tremebundo encuentro, la última vez que el Presidente y su vice se vieron la cara, medio Gabinete renunció, el Gobierno quedó al borde del colapso y los cambios dejaron de ser solo una opción.

En esas horas frenéticas, en las que varios albertistas frenéticos querían declararle la independencia al kirchnerismo, varios nombres sonaron para reemplazar a Sabina Frederic. Dos fueron los que duraron más tiempo en el aire: Agustín Rossi y Alejandro Granados. El primero no pasó el corte porque Alberto imaginaba, con razón, que CFK aún no le perdona el mal trago de la interna santafesina, y el segundo, intendente de Ezeiza, no solo podría ser polémico por su perfil de mano dura sino que, histórico jefe del ex vocero Juan Pablo Biondi, podía resentir aún más el ambiente con el cristinismo.

Por eso es que, antes de lo que todos planeaban, el celular de Aníbal sonó aquel viernes. Con una salvedad: si se lo preguntaran a él diría que ese llamado llegó, por lo menos, dos años tarde.

Todoterreno. “¿Qué haces el lunes? A las 16 tenemos que estar en la Rosada”. El político había cortado hacía minutos la comunicación con el Presidente y ya estaba empezando a poner a punto a su equipo. No quería perder un minuto. “Yo arranque con todo y así voy a seguir. Para hacer otra cosa me voy a mi casa”, le dice ahora a NOTICIAS.

Es que, dicen los que lo conocen bien, Aníbal quiere volver a probarse ante varios. En esa lista está, por ejemplo, CFK. Hay que entender que el ministro estuvo marginado de las grandes ligas K desde que perdió contra Vidal en el 2015, años en los que la fama de “la Morsa” lo seguía a donde iba como una mancha venenosa. En esa época se distanció de la líder del movimiento, de quien sintió en aquel momento que no le daba el lugar que merecía, no lo incluía en las listas, y tampoco apoyaba, a su criterio, como debería haberlo hecho a algunos ex funcionarios presos.

Es historia pasada: a mitad del 2018 se encontraron, después de casi un año sin verse ni hablar, en el departamento de CFK en Recoleta, encuentro en el que Aníbal hizo de las suyas y le recitó una poesía a la ex presidenta. “Las mujeres dicen que los problemas de pareja se resuelven con un diálogo, pero problema que se dialoga termina en pleito con seguridad. Primero hay que hacer confianza, después olvidar y después seguir para adelante”, le dijo, recitando a Gabriel García Márquez. El poema hizo efecto.

También se quiere probar ante el espacio y ante el Presidente. Aníbal es, antes que todo, un oficialista a muerte, lo lleva en el ADN. Lo fue de Duhalde, lo fue de Néstor, lo fue de CFK y ahora le tocó el turno a Alberto. Dicen los que lo conocen, incluso, que al día de hoy ya es más albertista que cristinista, algo que podría llegar a ser trascendental si en las elecciones los votos no acompañan. “Si en noviembre hay que romper con Cristina, Alberto sabe que Aníbal es uno de los que va a quedar de nuestro lado”, dice un albertista de primera línea, que recuerda la mala relación que arrastra hace tiempo el ahora ministro con La Cámpora. El tiempo dirá.

Lo que es seguro es que el ahora ministro quiere callar a las voces que, según él, lo habían marginado hasta entonces del Gabinete. “Hay alguien que me baja el pulgar”, decía Aníbal, en una crítica apenas velada a la anterior jefatura de Gabinete. Ahora las cartas cambiaron, y el hombre siente que se ganó el lugar: en el 2019, corrido de todo, había competido como concejal en Pinamar, donde perdió la interna del FDT. Llegó la revancha.

Pero, como suele pasar en estas latitudes, Aníbal, antes que a todos, se quiere probar a él mismo. O, mejor dicho, quiere probar su nombre y su inocencia. En octubre del 2015, una semana antes de las elecciones, Martín Lanatta, condenado por el triple crimen de General Rodríguez, lo sindicó como “la Morsa” y lo vinculó con esa red narco y con esos asesinatos (ver recuadro). Fue un espiral mediático que alcanzó a cada rincón del país, que dinamitó la imagen de Fernández y que además tuvo ribetes insólitos: la propia Elisa Carrió admitió que una parte de la investigación que se emitió en el programa de Jorge Lanata se había grabado en su casa, mientras que Aníbal acusaba a su competidor y hoy compañero de Gabinete, Domínguez, de ser la “basura” y “el traidor” que había ideado la maniobra, tensión que luego, el día de la elección, llegó al punto de que fiscales de ambos se amenazaron con armas en la mano, como fue el caso de Merlo.

Todo eso quedó en la historia. El propio Lanatta admitió luego que había mentido en la declaración, mientras que por el otro lado las heridas las cicatrizó un inesperado ángel de la guarda: Ricardo Pignanelli, jefe metalúrgico de Smata. A mitad de este año organizó en su sindicato un almuerzo, aunque las versiones difieren. Aníbal dice que fue sabiendo que se iba a encontrar con Domínguez, al que no había vuelto a ver desde la interna, y cerca del gremialista aseguran que fue una sorpresa para ambos. De cualquier manera, ahí, con un pescado de por medio, sellaron la paz, casi como si el anfitrión supiera que Alberto estaba buscando a la dupla para sumar de refuerzo. ¿Casualidad?

Riesgos. “No le da el cuero para volver”. La frase es de 1972, de Lanusse a un Perón todavía exiliado. Hay algunos peronólogos, como José Pablo Feinmann, que entienden que esa fue la trampa mortal que le tendió el entonces dictador al General: le jugó con el ego, y le hizo morder el palito y volver aún cuando sabía que le quedaba muy poco tiempo de vida.

Con Aníbal Fernández pasa algo similar, o eso piensan muchos dentro del oficialismo: cuando lo torean no se puede contener. “Está en su primera semana, hay que darle un poco de tiempo para que se acomode y se haga fuerte en lo suyo” dicen, con una esperanza que, conociendo al personaje, parece ficticia.

Desde que Aníbal asumió, al cierre de esta edición, habían pasado diez días: desde entonces había dado 32 entrevistas, a la sazón más de tres por día, además de la catarata de mensajes que larga de su cuenta de Twitter, donde tiene más de un millón de seguidores y que solo controla él. El ministro, a pesar del deseo de varios, no se queda solo en la que debería ser su área de influencia: ya se peleó con Carrió -que lo involucró con “todas” las mafias-, con Tetaz, con el dibujante Nik, con Lanata, cruzó a Macri, Vidal, Larreta y se metió en la interna de la Corte, entre otras peleas. “Es que Aníbal es muy político, si le preguntás de algo te va a contestar, no se achica”, explica una de sus manos derechas.

Este es un típico caso de elegir el vaso medio lleno o el medio vacío. Aún los que, dentro del Gobierno, recelan de su perfil tan alto destacan que necesitaban una figura fuerte y que centralice la atención mediática en este momento de zozobra del oficialismo. “Nos faltaba gestión”, admiten en la Rosada, donde también festejan que ahora queda opacada la figura de Sergio Berni. “Se le terminó el personaje del machote de la Seguridad”, se ríen en el albertismo.

Pero el problema es la cola que Aníbal puede traer. El que mejor lo definió fue el periodista ultra K Roberto Navarro: “Con Aníbal le ponemos una pared a la clase media, no sumamos un voto más ahí”. Ariel Sujarchuck, intendente de Escobar, también le apuntó al ministro: “Algunos cambios no ayudan”. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, este es un tema que muchos ojos miran. Es, de hecho, la idea por la que Alberto no quería traer aún a Aníbal. “Si los ponemos ahora y nos va mal, van a quedar muy apuntados”, le quiso explicar, sin éxito, a Cristina. Era una idea que más de un amigo del peronismo, que quiere al ministro, había advertido. “Si nos va mal, no se la van a agarrar con Filmus o con Domínguez, sino con Aníbal”, dicen.

Pero para eso falta. Ahora el ministro, que ya se sumó a una mesa de campaña con “Wado” De Pedro, tendrá que hacerse cargo de una cartera expuesta y que controla a casi 100 mil personas armadas. En Seguridad hay hoy cuatro grandes frentes abiertos: el del narco, en especial en Rosario, la bajante del Río Paraná -elemento clave no solo por el comercio sino porque el agua de ahí se usa, por ejemplo, como sumidero de calor para las dos centrales nucleares de Atucha-, los conflitos en La Patagonia con las comunidades locales, y la postura ante la conflictivad social.

En el último caso, Aníbal ya avisó que con los piqueteros buscará primero dialogar, pero que si es necesario no le temblará el pulso. Son posturas que traen pésimos recuerdos a las organizaciones sociales y de izquierda: Fernández fue de los que pusieron la cara, como portavoz del Estado, ante la masacre de Avellaneda y también en el asesinato de Mariano Ferreyra, y en ambos casos sentó posición a favor de las fuerzas y dejó declaraciones más que polémicas. “¿Nos estaremos corriendo a la derecha?”, fue otra de las reflexiones de Navarro. Aníbal es un villano para todos los gustos.

 

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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