La detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses operó como un disparador político interno en Argentina. No solo por la magnitud del hecho internacional, sino porque obligó a los principales actores locales a exhibir, sin rodeos, su concepción sobre soberanía, uso de la fuerza y alineamientos globales. En ese movimiento, Axel Kicillof aprovechó la coyuntura para buscar mostrarse presidenciable, marcando una posición propia, diferenciada por supuesto del mileísmopero también del kirchnerismo de Cristina Kirchner.
El texto publicado por Kicillof fue deliberadamente contenido. “Este hecho constituye una grave violación de los principios elementales del Derecho Internacional, altera la estabilidad regional y sienta un peligroso precedente”, escribió, apelando a la tradición diplomática argentina de no intervención y solución pacífica de controversias. No habló de “secuestro”, no mencionó petróleo ni imperialismo, y evitó cualquier defensa explícita del chavismo. El gesto fue político antes que ideológico: hablar como jefe de Estado en potencia, no como dirigente de trinchera.

Cristina Kirchner, en cambio, eligió un registro sin tibieza: su alianza con el chavismo tiene dos décadas de historia. “Se puede estar a favor, en contra o no importarte el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, pero nadie puede negar que (…) la administración Trump volvió a cruzar un límite que muchos pensábamos que no volvería a ocurrir”, escribió. Su posteo avanzó más: calificó el operativo como “la absoluta ilegalidad e ilegitimidad del secuestro (literal) de un presidente y su esposa” y lo inscribió en la historia del Big Stick y la Doctrina Monroe. Para ella, el objetivo real fue explícito: “apoderarse de la mayor reserva a nivel global de petróleo convencional… A cara descubierta”. Cristina no buscó moderación ni síntesis: buscó encuadrar doctrinariamente el episodio y reactivar una lectura antiimperialista clásica.

En el otro extremo del arco filo peronista, Juan Grabois llevó el planteo al límite. “¿Festejan una guerra? (…) Es invasión, bombardeo y secuestro. Es guerra. Es la destrucción del derecho público internacional. Es ilegal. Es criminal”, escribió, sin matices. Y remató: “Es el fin de Latinoamérica como zona de paz”. Grabois no administra tiempos ni públicos: habla como voz militante, trazando paralelos con Libia, Irak y Siria y convocando a la “resistencia no violenta”. Todo responde a su rol de hacer crujir el límite del espacio, no hacerlo competitivo electoralmente.
Del lado libertario, la reacción fue inmediata y virulenta. Legisladores y tuiteros respondieron a Kicillof con una mezcla de provocación, insulto y consignas de campaña. El diputado Agustín Romo escribió sin filtros: “No, la provincia de Buenos Aires no condena nada, vos lo hacés, que sos un zurdo hijo de puta que defiende dictadores, asesinos y narcotraficantes”. Lilia Lemoine eligió el sarcasmo: “Memoria, enano soviético…”, acompañando el mensaje con un video.

En el ecosistema libertario digital, el tono fue aún más crudo. El tuitero Fran Fijap le reprochó: “¿Condenaste cuando Maduro sacó los tanques a las calles con la orden directa de pasar por arriba de los manifestantes? Seguí con esta línea: PBA será libertaria”. Y Danann directamente se burló: “A llorar al campito”, mientras otro mensaje suyo acusó a Kicillof de “defender a un narcoterrorista”.
Por encima de ese ruido, la respuesta políticamente más relevante fue la de Sebastián Pareja, principal armador de Javier Milei: “No debe confundirse, Gobernador: no todos los bonaerenses defienden la dictadura. Muchos estamos del lado de la libertad y de la esperanza que hoy siente el pueblo venezolano”. Y cerró con una definición estratégica: “La Argentina de Milei se encamina a ser totalmente libre, como también lo serán Venezuela, Cuba y la Provincia de Buenos Aires”.

Pareja no discutió legalidad internacional ni métodos. Desplazó el eje: el problema no es cómo se cayó Maduro, sino que cayó. La libertad, en esa narrativa, justifica el camino. Posición más sofisticada que el agravio aislado porque ordena ideológicamente al mileísmo: no hay dilema jurídico, hay una batalla moral entre libertad y dictadura.
El mapa queda así delineado. Kicillof utiliza el caso para reinstalarse como opción presidencial moderada; Cristina reafirma una doctrina histórica; Grabois radicaliza el límite ético; el mileísmo legitima el uso de la fuerza y lo integra a su épica de campaña. Venezuela deja de ser un episodio externo y se convierte en un ensayo general de las ideas, liderazgos y grietas que marcarán la política argentina rumbo al 2027.















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