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Opinión, Política / 27 de abril de 2019

La sombra de la vengadora

Por

Cristina Kirchner
La ex presidenta Cristina Kirchner, por Pablo Temes.

John William Cooke decía que “el peronismo es el hecho maldito del país burgués”. Si aún estuviera entre nosotros, el rechoncho militante del ala izquierda del movimiento diría que es Cristina Kirchner.

Coincidirían Mauricio Macri y sus coequiperos. Creen que medidas económicas que funcionan muy bien en otras latitudes no brindan los resultados previstos aquí porque casi nadie confía en la Argentina. Temen que “los mercados”, estas entelequias despiadadas que dominan el mundo y siempre piden más sacrificios, hayan llegado a la conclusión de que el país está por buscar consuelo por sus desgracias en los brazos de la mujer que, para todos salvo sus admiradores, encarna la insensatez populista. Como es su costumbre, los mercados están obrando de tal manera que la profecía podría autocumplirse.

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En efecto, al asegurar que la economía siga en terapia intensiva, con una tasa de inflación febril y una recesión que, a pesar de la aparición de algunos “brotes verdes”, amenaza con agravarse en cualquier momento, los financistas, empresarios y comerciantes que operan en los mercados hacen más probable que un pueblo exasperado termine optando por castigar a Macri votando a Cristina que, para frustración de los peronistas presuntamente racionales, es por lejos la figura opositora más beneficiada por la bronca que siente la clase media. Toda vez que la gente sale a comprar dólares, bajan las acciones del presidente actual y suben aquellas de quien lo antecedió en la Casa Rosada.

No es lo que quieren muchos banqueros, capitanes de la industria u hombres de negocios. Si bien algunos sentirán nostalgia por una etapa en que el “capitalismo de los amigos” les garantizaba un buen pasar y era más rentable congraciarse con políticos de ética flexible que producir bienes de calidad y venderlos a precios competitivos, la mayoría preferiría que la Argentina participara de la prosperidad que gozan los países desarrollados y son conscientes de que para hacerlo tendría que someterse a muchas reformas difíciles. Cuando es cuestión de “rumbos”, les gusta más el de Macri que, de mantenerse, podría llevarlos a un destino más promisorio que el ideado por los kirchneristas que les parece demasiado cercano al venezolano.

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En otras democracias, las campañas suelen ser breves. Duran apenas un par de meses. Aquí, se habla de años electorales en que los políticos se las ingenian para que todos los meses haya por lo menos una contienda significante que les sirve de pretexto para dejar que otros se encarguen de las aburridas tareas administrativas. Aunque todavía queda más de medio año antes de que se celebren los comicios decisivos y mucho podría cambiar en los meses próximos, parecería que la ciudadanía se ha resignado a que disputen la final Macri y Cristina.

Según varios sondeos recientes, la señora tendría una buena posibilidad de derrotar a su contrincante que, insiste, es “el caos”, lo que podría tomarse por una forma de decirnos que ella misma representa el orden. O sea, el planteo de la ex presidenta se asemeja bastante al elegido por Macri cuando su contrincante era Daniel Scioli y el ingeniero se comprometía a “normalizar” la Argentina, liberándola del populismo grotesco que durante demasiado tiempo la había caracterizado. Como pronto se haría evidente, Macri pecaba de optimismo; para muchos, fenómenos como el kirchnerismo son más “normales” que el macrismo.

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De todos modos no cabe duda de que en las semanas últimas, la eventual restauración del kirchnerato ha dejado de ser sólo una pesadilla inventada por estrategas del oficialismo convencidos de que les convendría asustar a la buena gente advirtiéndole que a menos que tenga cuidado, la Argentina podría hundirse. Ya se trata de una posibilidad real, de modo que hay que preguntarnos qué significaría para el país y, puesto que lo que suceda aquí tendría repercusiones internacionales, para América latina y el resto del mundo.

¿Procurarían Cristina y quienes la rodean repetir el experimento chavista que ha hecho que Venezuela se parezca a un baldío post-apocalíptico hollywoodense habitado por famélicos y delincuentes brutales? ¿O, para humillar a Macri y a quienes creían en él, haría cuanto resulte necesario para frenar la inflación y reestructurar una economía que, en su forma actual, sólo sirve para generar pobreza? Es por lo menos factible que Cristina, una política que a través de los años ha hecho gala de un grado sorprendente de ductilidad ideológica, decida hacer el gran Menem o, como el recién fallecido Alan García cuando regresó al poder en Perú, remplace el viejo relato por otro radicalmente distinto.

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Sea como fuere, sabrá que diciembre de 2019 no será diciembre de 2007. El gobierno que asuma después de las elecciones no se encargará de una economía que, luego del ajuste terrorífico que llevó a cabo la gente de Eduardo Duhalde y merced al boom de las commodities que tantas ilusiones motivó en la región, había disfrutado de algunos años de crecimiento vigoroso, sino de una que seguirá tambaleando al borde de una catástrofe aún mayor de aquella con la cual entró en el nuevo milenio.

La “herencia” que recibirá el próximo gobierno incluirá algunas de las bombas de tiempo que fueron dejadas por los kirchneristas que Macri y sus ministros no han logrado desactivar. Habrá poco margen para locuras; aun cuando un hipotético gobierno de Cristina asombrara a todos jurando que no se le ocurriría probar suerte con novedades geniales, por un rato acaso largo se vería boicoteado por los poderosos del mundo que se lavarían las manos de la Argentina, tratándola como un caso perdido. Entonces sí el país tendría que vivir con lo suyo, es decir, con casi nada.

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¿Comparte Cristina tal visión del futuro? Puede que hasta hace poco sólo pensara en retener el poder político suficiente como para defender su propia libertad, pero la debacle económica a la cual está contribuyendo hace factible que pronto tenga que asumir la responsabilidad por algo más que su bienestar personal y el de sus hijos.

Cristina afronta un dilema. A menos que le encante la idea de regentear un país arruinado, sin recursos financieros para repartir entre la legión de pobres que conforma su base política, sería de su interés persuadir a los norteamericanos, europeos, japoneses y chinos que nada la haría cometer barbaridades como las de Nicolás Maduro. Aunque hacer del país un aquelarre y, mientras tanto, hambrear a la población, expulsando a millones como han hecho en Venezuela los bolivarianos, le permitiría desquitarse por los agravios sufridos, una mujer tan orgullosa como Cristina no querrá ser recordada por tamaña proeza.

Por supuesto, son muchos los kirchneristas que esperan que Cristina vuelva como una vengadora resuelta a castigar a todos aquellos que los desprecian. Sueñan con cárceles para los macristas, con crear un monopolio de los medios de comunicación que usarían para difamar a los no creyentes, comenzando con los periodistas que desde hace años la están atormentando, y con un sistema judicial atestado de jueces y fiscales militantes que reivindicarían el derecho de los salvadores de la patria a adquirir patrimonios dignos. Fantasean con una revolución tumultuosa, acaso sanguinaria, en que los buenos, ellos, asegurarán que los malos, los demás, reciban su merecido.

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No sólo los macristas sino también muchos otros descontaban que los innumerables y bien documentados actos de corrupción cometidos por Cristina, sus familiares y sus adláteres la harían un paria político. Les costaba creer que millones de hombres y mujeres, la mayoría desesperadamente pobre, continuarían apoyando a una ricachona de aspecto decididamente burgués acusada de apropiarse de una cantidad extraordinaria de recursos que pudo haberse gastado en hospitales, escuelas y obras públicas imprescindibles.

Se equivocaban, claro está, lo que plantea algunos interrogantes muy incómodos. ¿Es que para casi la mitad de la población del país la corrupción es un asunto meramente anecdótico? Lo será por los oportunistas y cínicos que de algún modo han sacado provecho de sus vínculos con el negocio familiar kirchnerista, pero para los demás, habrá otros factores en juego.

La indiferencia de tantos frente a la corrupción se debe en parte al descrédito de la clase política en su conjunto y la convicción resultante de que en el fondo todos sus miembros son iguales. Puede que Cristina sea tan corrupta como dicen, pero a juicio de sus simpatizantes, ello no quiere decir que Macri, María Eugenia Vidal, Elisa Carrió, Nicolás Dujovne y demás sean dechados de honestidad.

También incide el tribalismo de quienes automáticamente se solidarizan con la facción que sienten suya sin preocuparse en absoluto por los detalles. Para quienes han hecho del apoyo a Cristina o la hostilidad hacia Macri una señal de identidad, la verdad carece de importancia: todo ha de interpretarse en el contexto de la rivalidad entre los dos y lo que es de suponer representan. Huelga decir que la mentalidad así supuesta no se limita a los sectores de formación rudimentaria; tanto aquí como en otros países, abundan intelectuales que son capaces de creer cualquier cosa que les parece compatible con sus prejuicios.