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Opinión / 4 de septiembre de 2019

El pecado de la mortadela: Mariana Nannis y el feminismo selectivo

Es un personaje tilingo e irritante que rompe con los manuales de la víctima perfecta. Sin embargo, yo le creo, hasta que me demuestren lo contrario.

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Se sentó en el living de Susana Giménez con un vestido rojo de gala digno y muy producida.

Mariana Nannis denunció que fue víctima de violencia de género y rompió con todos los manuales feministas. El debate se abrió en los chats militantes: ¿corresponde o no defenderla?

Nannis no califica como víctima perfecta. Es un personaje tilingo, soberbio, irritante, xenófobo, descalificador y, a la vez, fascinante como espectáculo mediático. Llama puta a toda mujer que amenace su equilibrio familiar; se burla de la villa; le dan asco los bolivianos; se jacta de que baña a sus perros en agua mineral y de que compró un departamento en Miami sólo para ellos; usa ropa interior carísima apenas una vez y comete el peor de los pecados: ¡no come mortadela que es tan rica!

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Pero ahora, por primera vez, dejó el registro Louis Vuitton y habló de otra cosa: de golpes, de violencia económica y de humillaciones que no necesariamente son incompatibles con los 1.500 vestidos Versacce de su guardarropas.

En los últimos tiempos, con el mismo nivel de rigor científico, es decir sólo con sus dichos, se les ha creído a otras víctimas, también famosas, porque justamente de lo que se trata es de romper el cerco del prejuicio y el silencio que siempre amparó a la violencia machista.

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Sin embargo, en este caso la vara parece ser distinta y se aplica una sororidad selectiva. A muchas mujeres les incomoda defender a Mariana Nannis. ¿Pero desconfiar a priori de su testimonio no significa repetir una lógica de pensamiento de la cual estamos tratando de escapar?

Sí hay una cosa que me da desconfianza: cuando un varón trata de loca a su esposa, como lo hizo Claudio Paul, justo en el momento en el que ella le reclama su parte en un divorcio millonario. Ese argumento lo escuché demasiadas veces.

Y aunque cueste creerlo, con todo su rosario de incorrección política, Nannis tiene un costado doméstico que responde a lo que se espera de una víctima típica. Gasta millones de euros pero no es dueña del dinero. Y le reserva a una mujer, que no sea puta, el rol de cuidar al marido y criar a sus hijos. ¡Qué otra mirada más machista que la de la mujer en la casa, aún en una mansión en Marbella!

Yo le creo a la Nannis. Hasta que se demuestre lo contrario y aunque ella no coma mortadela.