El regreso del pianista andaluz Javier Perianes al Teatro Colón de la mano del Mozarteum Argentino confirmó por qué es una referencia insoslayable del pianismo español. En el 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla, el intérprete evitó el homenaje convencional y diseñó un programa de notable inteligencia, donde cada obra dialogó con la siguiente hasta construir un recorrido de admirable coherencia musical.
La primera parte fue el gran acierto conceptual de la velada porque alternó páginas juveniles de Falla con nocturnos y mazurcas de Frédéric Chopin, revelando la afinidad entre ambos universos y la herencia pianística que une al compositor gaditano con el creador polaco. Más que una sucesión de piezas, el concierto adquirió la forma de un discurso continuo, con transiciones naturales que suspendieron de forma intencional el impulso del aplauso para preservar la unidad expresiva.
Ese clima encontró sustento en un toque de refinamiento excepcional. El artista desplegó un fraseo siempre fluido, una sonoridad de infinita sutileza y un dominio admirable de las dinámicas. La mano izquierda sostuvo el pulso con firmeza sin perder flexibilidad, mientras la derecha modeló cada línea con elegancia y profundidad. Nunca hubo artificio ni exuberancia ya que todo respondió a una concepción donde la emoción nació del equilibrio, el color y la respiración de cada pasaje.
En la segunda parte de la noche, las “Cuatro piezas españolas” mostraron luego a un Falla dueño de un lenguaje personal que Perianes expuso con naturalidad en la riqueza rítmica y la diversidad de acentos populares, sin convertirlos en un recurso pintoresco. Cada segmento respiró autenticidad y dejó al descubierto el conocimiento íntimo que el intérprete posee de este repertorio.
El cierre con una selección de “Iberia”, de Isaac Albéniz, elevó aún más el nivel artístico. Ante una de las partituras más exigentes del repertorio, el concertista combinó autoridad técnica con una imaginación sonora extraordinaria. “Evocación”, “El Polo”, “Almería” y “Triana” aparecieron como paisajes de luces cambiantes, donde las múltiples voces y la escritura casi orquestal adquirieron una transparencia poco frecuente. En “Almería”, la evocación flamenca alcanzó uno de los momentos más conmovedores de la travesía musical. Alejado de cualquier gesto efectista, mantuvo una presencia sobria que concentró toda la atención en la música.
Los bises, con la “Fantasía bética” y la “Danza ritual del fuego” de “El amor brujo”, fueron el cierre perfecto para un recital memorable, concebido con inteligencia y ejecutado con sensibilidad. (*****)














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