Martes 2 de junio, 2020

CULTURA | 03-04-2020 21:22

Abusos e infelicidad en el viejo Hollywood

“Diosas de Hollywood” recorre la vida difícil de cuatro divas Ava Gardner, Rita Hayworth, Grace Kelly y Elizabeth Taylor. La charla con la autora.

Detrás de la vida y la carrera de muchas mujeres célebres se esconde la lucha contra un mundo que no les hizo las cosas fáciles. La periodista española Cristina Morató ha escrito en varios libros (“Divas rebeldes”, “Reinas malditas”, entre otros) la biografía de viajeras, espías y soberanas donde es posible descubrir que justamente aquellas que parecían haber saltado todas las barreras de su género, habían sufrido en silencio violencia, maltrato y manipulación emocional.

Su último libro, “Diosas de Hollywood” (Plaza & Janés) recorre la vida de cuatro grandes divas doradas: Ava Gardner, Rita Hayworth, Grace Kelly y Elizabeth Taylor. Allí, Morató trata de responder al enigma de por qué estas actrices famosas, que parecían tenerlo todo, fueron profundamente infelices.

NOTICIAS: De todas las mujeres notables de todos los tiempos sobre las que ha escrito, ¿quién es su preferida? ¿Por qué?

Cristina Morató: Tengo debilidad por la condesa vascofrancesa Marga D´Andurain, la protagonista de mi libro “Cautiva en Arabia” cuya vida parece sacada de una novela de aventuras. Espió para los británicos, regenteó un hotel en el desierto de Palmira e intentó ser la primera occidental en entrar en La Meca. Para ello, ya divorciada, se casó con un beduino y se convirtió el islam. Su viaje al corazón de Arabia fue una auténtica pesadilla pues fue descubierta y recluida en un harén y más tarde encarcelada en la prisión de Yidda. Tras abandonar Oriente Próximo, se dedicó al tráfico de opio en el París ocupado por los nazis y acabó sus días trágicamente en Tánger. Tuve la suerte de localizar a su hijo menor, Jacques d´Andurain, héroe de la Resistencia Francesa y testigo directo de las andanzas de su madre. Vivía en una residencia de ancianos a las afueras de París y a pesar de su avanzada edad tenía una memoria prodigiosa y fue muy emocionante conocerle. Gracias a su estrecha colaboración pude reconstruir la vida de su madre, una mujer marcada siempre por el escándalo. Para documentarme recorrí algunos de los escenarios donde transcurrió su vida en su Bayona natal, en París y en Siria donde visité su hotel junto a las ruinas de Palmira y que todavía existe. Fue una experiencia que jamás olvidaré y difícil de repetir en otro libro.

NOTICIAS: ¿Cuál es la preferida por sus lectores?

Morató: Más que un personaje en concreto yo diría que si hay un libro que ha gustado especialmente a mis lectores es “Reinas Malditas” ( Plaza& Janés) que publiqué en el 2014 y aún hoy se sigue vendiendo tanto en España como en México y Argentina. El libro reúne las biografías de varias reinas y emperatrices marcadas por la infelicidad y las tragedias personales como María Antonieta, Eugenia de Montijo, Alejandra Romanov o la emperatriz Isabel de Baviera ( la famosa Sissi). A través de diarios personales y correspondencia familiar mostré al lector el lado más humano y menos conocido de unas soberanas muy maltratadas por la historia, que no pudieron elegir su destino. Me interesaba descubrir a la mujer tras el trono, cómo eran en realidad más allá del mundo de privilegios, poder y riqueza que las rodeaba.

NOTICIAS: Con respecto a su último libro, Hollywood siempre tuvo mala prensa. ¿Cuál fue el obstáculo mayor que representó en la vida de las divas que protagonizan su libro?

Morató: El Hollywood dorado fue en realidad un infierno para muchas actrices. Ava Gardner llegó a decir que “en Hollywood a las actrices nos trataban como si no tuvierámos alma” y era cierto. Los jefes de los estudios abusaban de su poder y el silencio era la norma. Ya entonces los abusos y las agresiones sexuales en la industria del cine eran habituales pero no se podían denunciar. Los poderosos magnates, como Louis B. Mayer, ejercían un control casi feudal sobre sus actrices, las consideraban de su propiedad y controlaban al milímetro sus vidas. Esos tiburones desde sus despachos decidían sobre los matrimonios, divorcios y hasta los abortos de sus actrices. Por desgracia en aquella época no existía el movimiento Me Too que hoy ha permitido condenar a Harvey Weinstein y muchas actrices sufrieron en silencio. Por ejemplo Rita Hayworth soportó durante toda su carrera el acoso de Harry Cohn, el mandamás de Columbia Pictures, un ser despreciable y un depredador sexual a la altura de Weinstein. El señor Cohn se obsesionó con ella, espiaba todos sus movimientos, puso micrófonos en su camerino y la humillaba en público. Como Rita se negó a acostarse con él, este arruinó su carrera encasillándola en papeles de vampiresa y sex symbol que ella detestaba, y la marcó de por vida. Todas pagaron un precio muy alto por llegar a ser unas diosas.

NOTICIAS: En la vida de estas divas, ¿el amor fue una bendición o un castigo?

Morató: Curiosamente las protagonistas de mi libro”Diosas de Hollywood” fueron cuatro grandes estrellas de cine que tenían el mundo a sus pies, contaban con una legión de admiradores y tuvieron una lista interminable de amantes. Sin embargo, a pesar de su deslumbrante belleza y que los grandes estudios las coronaron como “ diosas del amor”, en sus vidas privadas el amor les fue esquivo. Más allá del lujo y el glamour sus vidas estuvieron marcadas por la soledad, los divorcios, los desengaños, las adicciones y los malos tratos. Algunas como Ava Gardner o Elizabeth Taylor protagonizaron escandalosos romances con los “hombres de su vida” que fueron Frank Sinatra y Richard Burton respectivamente. Pero esos romances idílicos que ocupaban las portadas de las revistas en realidad eran una sinfonía de celos y alcohol que casi siempre acababa en tremendas broncas, insultos en público e incluso malos tratos. Ava reconocía que siempre se enamoraba de los hombres equivocados y es cierto que todas, salvo Grace Kelly, se sentían atraídas por tipos atormentados, posesivos, violentos y alcohólicos. Hombres que no estaban a su altura y que en muchas ocasiones se aprovechaban de su fama y de su vulnerabilidad y las moldeaban a su antojo.

NOTICIAS: Todas las mujeres sobre las que escribe son famosas. ¿La fama protege o aísla más a reinas, empresarias o actrices?

Morató: No escribo solo sobre famosas al contrario, en mis primeros libros como “Viajeras intrépidas y aventureras”, “Las Reinas de África” o “Las Damas de Oriente” las protagonistas eran viajeras, exploradoras y aventureras en su mayoría desconocidas aunque sus logros y hazañas nada tenían que envidiar a las de los grandes aventureros de su época. Pero tengo otros títulos como “Divas Rebeldes”, “Reinas Malditas” o “Diosas de Hollywood” donde intento mostrar el lado más humano y menos conocido de mujeres poderosas, admiradas, influyentes o legendarias. En todos los casos la fama siempre es un arma de doble filo. Por ejemplo Maria Callas, Coco Chanel, Audrey Hepburn o Jackie Kennedy gracias a su talento, personalidad o belleza se convirtieron en auténticos mitos del siglo XX. Eran famosas, ricas y atractivas, parecían perfectas a los ojos del mundo. Pero en realidad estas rutilantes divas fueron personas solitarias, acomplejadas por su físico y celosas de su intimidad que detestaban ser tratadas como estrella. Todas pagaron el precio de la fama: la falta de intimidad y el acoso constante de los fotógrafos. Al final algunas acabaron sus vidas solas, aisladas del mundo y refugiadas en sus recuerdos. Maria Callas lo definió muy bien : “Una diva además de cantar e interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana”.

 

A continuación, fragmentos del libro “Diosas de Hollywood”.

 

La estrella indomable

“La mujer que hay en mí, en Ava Gardner, siempre ha sido maltratada y ha sufrido decepciones. La vida no ha sido buena conmigo; es cierto que me ha dado éxito, riqueza y todo lo que podría soñar, pero por lo demás me lo ha negado todo”. Ava Gardner

 

Cuentan que bastaba una mirada suya para que un hombre se enamorara perdidamente de ella. Resultaba tan hermosa y sensual que nadie escapaba a su hechizo. Ava Gardner, la morena más incendiaria de Hollywood, hizo de su tormentosa existencia la mejor de sus películas. Nada hacía imaginar que aquella niña que creció descalza y salvaje en el sur más profundo llegaría a ser la sex symbol que barrería a todas las demás. Nunca quiso ser actriz, hasta que un cazatalentos la descubrió y pensó que una belleza como ella debía aspirar a algo más que a una vida aburrida y provinciana. No sabía hablar, ni moverse con soltura en un plató, pero la cámara la quería como a ninguna. Con el tiempo trabajó con grandes directores de cine y encarnó a tentadoras vampiresas. A pesar de ser diosas de Hollywood una buena actriz no se sentía orgullosa de su carrera y maldecía el alto precio que había que pagar por ser una estrella.

Alguien la bautizó como “el animal más bello del mundo”, un apodo que detestaba. Su exuberante belleza fue su perdición y nunca se sintió a gusto en el papel de diosa del amor. Un amor que a Ava siempre le resultó esquivo. Pudo escoger entre una lista interminable de hombres atractivos, poderosos e influyentes: galanes de cine como Clark Gable y Robert Mitchum, toreros como Luis Miguel Dominguín y millonarios como Howard Hughes. Pero el hombre de su vida fue Frank Sinatra, otro espíritu indómito y atormentado como ella. Su sonado romance estuvo plagado de violentas peleas, broncas en público, infidelidades y borracheras que hicieron las delicias de la prensa sensacionalista.

Tras su aire felino y su leyenda de “femme fatale” se escondía una mujer vulnerable, insegura y necesitada de afecto. Al principio bebía para vencer su timidez ante las cámaras, y después para olvidar el dolor de sus heridas. En los años cincuenta, cuando era la estrella más fotografiada y deseada del mundo, llegó como un vendaval a España huyendo de sus escándalos. Quería alejarse de Sinatra, de la hipocresía de Hollywood y de los paparazzi que invadían su intimidad. Doce años de juergas, sexo y alcohol en aquel Madrid que nunca dormía le pasaron factura. Ni su triste y prematuro declive pudo con su leyenda.

Fue hasta el final de sus días «la gitana de Hollywood». La estrella más bohemia, libre y auténtica de cuantas alcanzaron la gloria en la meca del cine.

 

La desdichada diosa del amor

“Los hombres se acuestan con Gilda y se despiertan conmigo”.

Rita Hayworth

 

Cinco letras marcaron su destino y la convirtieron en oscuro objeto de deseo. En la mujer fatal por excelencia capaz de arrastrar a un hombre a la perdición. Gilda era lo opuesto a la verdadera Rita Hayworth —tímida, callada y hogareña—, pero el público nunca lo supo. Desde el estreno de la película el mito la devoró y fue para siempre Gilda, la “diosa del amor”. Daba igual el papel que interpretara; ver su ondulante melena pelirroja en tecnicolor despertaba una fascinación casi hipnótica. Su sensualidad traspasaba la pantalla y sin desearlo se transformó en la más elegante de las sex symbols de los años cuarenta. Más allá del glamour que desprendía como estrella, la suya fue una vida marcada por los desengaños, los malos tratos y las adicciones que acabaron con su leyenda. Todos la moldearon a su antojo. Tuvo cinco maridos, entre ellos el genio del cine Orson Welles y un príncipe oriental, Alí Khan, que no fue azul sino un insaciable playboy. “Solo deseaba, como cualquier mujer, sentirme amada”, confesó. Pero siempre atraía a hombres violentos, bebedores y dominantes que se aprovechaban de su fama y buen corazón. Tipos que le recordaban a un padre despreciable que la obligó a ser su pareja de baile siendo

una niña y abusó sexualmente de ella durante años. Este episodio dejó en ella una profunda huella que jamás cicatrizó y un sentimiento de culpa que arrastró toda su vida. Tras el éxito de Gilda los estudios la encasillaron en papeles de vampiresa que aborrecía. Nunca quiso ser actriz, porque lo suyo era bailar y lo hacía de maravilla. Orson Welles, que como marido tampoco estuvo a la altura, dijo de ella: «Es una de esas mujeres de las que la cámara se enamora y convierte en inmortales». Su amigo, el maquillador Bob Schiffer, no pudo ocultar de su rostro la tristeza de su mirada. Rita Hayworth, tras su deslumbrante y perfecta belleza, fue la más desdichada de las estrellas en aquella fábrica de sueños rotos llamada Hollywood.

 

Una princesa de película

“Tuve que alejarme de lo que había sido Grace Kelly, y me resultó muy duro. Pero no podía ser dos personas a la vez, una actriz norteamericana y la esposa del príncipe de Mónaco. Entonces, durante un tiempo, perdí mi identidad”. Grace Kelly

 

Había llegado al Olimpo de las estrellas de cine. Era la actriz más bella y estilosa de su época, las revistas se disputaban sus exclusivas y tenía una legión de admiradores. La suya había sido una carrera meteórica. Antes de cumplir los veintisiete años, había rodado once películas con grandes directores y había ganado un Oscar. Discreta, culta y trabajadora, era una rubia distinta a todas las demás. Grace carecía de vulgaridad, desconfiaba de los encantos de Hollywood y tenía un aire aristocrático. Parecía una rica heredera de Filadelfia y no se molestó en desmentirlo. Sin embargo, tras su aspecto de niña bien algo remilgada se ocultaba una rebelde con voluntad de hierro. Plantó cara a los poderosos estudios de cine rechazando los papeles de “rubia tonta y decorativa” que le ofrecían. Mantuvo apasionados romances con algunos de los galanes maduros más atractivos de su época, entre ellos Gary Cooper y William Holden. Solo el director Alfred Hitchcock la tomó en serio y descubrió que tras su gélida apariencia se escondía un volcán en erupción. Fue su adorada musa, y de la mano del maestro se transformó en un icono de estilo que inspiró a toda una generación de mujeres y aún hoy perdura en el tiempo. Pero Grace sentía que le faltaba algo. No le bastaba ser musa ni diosa de la belleza; entonces conoció a un príncipe que necesitaba una princesa para su diminuto reino a orillas del mar. Se llamaba Rainiero III y ella creyó que los cuentos de hadas existían. A cambio de ser su esposa tuvo que abandonar su trono en la meca del cine para convertirse en Su Alteza Serenísima Gracia de Mónaco. Sin tener ni una gota de sangre azul en sus venas resultó una princesa impecable, encantadora y ejemplar. Formó una familia, se dedicó a las obras de caridad, fue mecenas de las artes y devolvió el esplendor al pequeño principado. Con el paso de los años ya no pudo disimular el hastío. La vida en el palacio de los Grimaldi le resultaba vacía y asfixiante. Grace falleció en plena madurez, cuando despertaba de su largo letargo y estaba a punto de regresar al cine, su única y gran pasión.

 

La última reina de Hollywood

“Todo me ha sido otorgado: el físico, la fama, el amor... Pero he pagado esa suerte con un sinfín de tragedias: la muerte de un esposo y la pérdida de tantos amigos; las terribles y dolorosas enfermedades que he padecido, las adicciones y los matrimonios rotos”. Elizabeth Taylor

 

Ninguna estrella de Hollywood tuvo unos ojos como los suyos, de un azul tan intenso que parecían violetas. Fue buena actriz, pero era demasiado guapa para que el público apreciara su talento. La suya había sido una carrera meteórica desde que se convirtiera, empujada por su madre, en la niña prodigio más admirada de su época. Debutó a los nueve años en el cine, a los doce ya era una estrella infantil que contaba con miles de fans y, antes de cumplir los treinta, se coronó como la actriz mejor pagada de Hollywood. Cuando consiguió librarse de las ataduras de la Metro Goldwyn Mayer se hizo valer en un mundo donde a las actrices las ninguneaban. Pedir un millón de dólares por interpretar a Cleopatra fue su particular venganza contra la tiranía de los estudios. “Me explotaron desde pequeña —confesó en una ocasión—, crecí aislada del mundo y cuando al fin acabó mi contrato con la Metro solo quise vivir”.

Y lo hizo con tal pasión e intensidad que su vida fue más tormentosa que la de cualquiera de los personajes que interpretó en la gran pantalla. Todo en ella tenía el exceso y el dramatismo de las rutilantes divas hollywoodienses. Se casó hasta en ocho ocasiones y tuvo las agallas de reconocer “que no le gustaba dormir sola”. Con Richard Burton pasó dos veces por el altar y protagonizaron el romance más escandaloso de la historia del cine. El apuesto galés de voz seductora fue el amor de su vida, también su relación más dañina. Ni contigo ni sin ti, parecía ser su lema, y entre medias un matrimonio plagado de broncas e insultos que acababan siempre en ardientes reconciliaciones y fabulosos regalos. Las joyas eran la debilidad de la actriz, los juguetes que no tuvo en su infancia robada. Burton lo sabía y se gastó una fortuna en magníficas alhajas que nadie lucía como ella.

Liz, diminutivo que ella detestaba, vivió en el gran escenario del mundo sin ocultar sus pasiones y flaquezas. Arrastró siempre una mala salud de hierro, sufrió un sinfín de operaciones y estuvo al borde de la muerte. Cuando parecía que había tocado fondo se reinventó como empresaria de éxito y utilizó su fama para ayudar a los enfermos de sida. Pese a sus múltiples escándalos, el público que la vio caer y levantarse una y otra vez, nunca la abandonó. No hubo en el panteón de diosas una tan popular y querida como ella. Elizabeth Taylor interpretó durante casi ocho décadas su mejor papel: el de sí misma. Fue una estrella dentro y fuera de la pantalla

 

 

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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