Viernes 30 de julio, 2021

CULTURA | 02-12-2020 14:34

Cómo fue el ambiente familiar de Juan Manuel de Rosas

Las relaciones son una buena perspectiva para entender el proyecto de un hombre público. En el caso de Rosas, su familia y su matrimonio fueron el punto de partida de una cadena de vínculos que definieron su trayectoria.

Se dice que no hay obra más grande que escribir “la vida y la época” de un hombre, pues allí se valorizan los detalles más pequeños, anecdóticos, reveladores de la personalidad del biografiado. La vida de Juan Manuel de Rosas ha sido historiada de múltiples maneras y de las más diversas formas. Él mismo, un incansable escribiente, dejó un importante acervo testimonial constituido por la profusa correspondencia, tanto oficial como privada, que mantuvo durante toda su vida y que nos permite bucear hoy en variados y complejos temas, como su capital relacional, que es el que más nos interesa.

Protagonista de la escena histórica del siglo XIX, en general, y de la política argentino-americana de la primera mitad de dicho siglo, en particular, hombre de fortuna vinculado a la riqueza ganadera y miembro de dos de las familias de más antiguo arraigo en el Río de la Plata, terminó sus días, después de un largo exilio, en Inglaterra, donde murió en 1877. Alrededor de su figura se ha realizado toda clase de especulaciones, se ha tejido todo tipo de elucubraciones y se han elaborado las más variadas imágenes. Esta riqueza de producción nos permite, más allá de la irreductibilidad de la experiencia singular, comparar y contraponer al hombre, al empresario, al militar, al político y al exiliado que fue. Así emerge una figura que todos aquellos que lo conocieron coinciden en describir como la de un hombre con firmeza de carácter, claridad de pensamiento, administrador severo, trabajador incansable, inflexible en sus ideas y que hacía respetar, hasta la injusticia, como dice Roberto Etchepareborda, el principio de autoridad encarnado en su persona. Esto lo llevó a extremos indecibles, por lo que su figura fue objeto de juicios absolutorios o condenatorios de sus actos y comportamientos. Astuto estratega en las artes de la intriga política, supo relacionarse y marcar con línea de fuego a sus amigos y enemigos. Su ansia de poder y, seguramente, su sentido de la superioridad y omnipotencia, lo llevaron al extremo de la intolerancia, la persecución y la venganza.

En su trayectoria es posible reconocer diferentes momentos que confrontan a Rosas con decisiones que tomó. Su infancia y juventud, que transcurrieron en la casa paterna hasta que decidió independizarse y contraer matrimonio con Encarnación Ezcurra; su trabajo como estanciero y empresario, dueño de grandes extensiones de tierras; su desempeño como comandante general de campaña y jefe del ejército de Buenos Aires, en los momentos de mayor conflictividad política debido a la lucha facciosa entre unitarios y federales; su actuación como gobernador de la provincia de Buenos Aires en dos períodos, 1829-1832 y 1835-1852, en el primero con el ejercicio de facultades extraordinarias otorgadas por la Sala de Representantes y en el segundo con la suma del poder público –ambas situaciones con el objeto de imponer el orden y restaurar las leyes–; en el interregno entre las dos gobernaciones, 1833 y 1834, Rosas comandó una expedición al desierto en el proceso de expansión de la frontera; y finalmente, su derrota en la batalla de Caseros y su partida al exilio, donde lo encontró la muerte.

Hacedor de un importante núcleo de poder, logró imprimir, no sin condena, una estructura sobre la cual se construyó luego un nuevo orden político. Presionado por las amenazas de disgregación internas y las amenazas externas, su política se personalizó cada vez más hasta llegar a un endiosamiento de culto conservador. Sin entrar en un análisis de su sistema de ideas y prácticas políticas, algo que tan bien han hecho otros colegas, nuestro interés es recomponer, más allá de una cronología política, la trama relacional que le sirvió de fundamento y dio sustento a

su poder. Pocos atendieron al poder estructurante de los lazos relacionales que este individuo entabló con otros y que le dieron sentido a su proyecto de vida. No solo los constitutivos (de sangre y de alianza), sino también los disolutivos (quiebres y traiciones).

La familia, institución social básica, aparece en el centro del tejido social, mejor dicho, de todo tejido social, cuyas formas y propiedades constituyen una variable explicativa de su estructura. Su estudio se ubica a mitad de camino entre la acción individual y la acción colectiva. Por un lado, la familia actúa como grupo y es una entidad colectiva; y, por el otro, es una entidad privada, donde ideas y acciones familiares están teñidas de intereses individuales. Aunque actúe colectivamente, son individuos específicos los que obran, por ello se tiende a ver a la familia como una cambiante configuración institucional de relaciones interdependientes (…).

El ambiente familiar

Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas López de Osornio nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793 y murió en Southampton (Inglaterra) el 14 de marzo de 1877. Perteneció a dos de los grupos familiares más importantes y ricos de la época, dueños de estancias y de un capital social amplio. Por el lado paterno, a los Ortiz de Rozas, y por el lado materno, a los López de Osornio. Hijo de León Joseph Ortiz de Rozas, militar (cadete del ejército español, luego ascendido a subteniente y teniente del regimiento de infantería de Buenos Aires, más tarde administrador de los bienes de la Corona y finalmente capitán real), y de Agustina López de Osornio, hija de Clemente López de Osornio, sargento mayor de milicias, comandante de fronteras y rico hacendado en el pago de la Magdalena (provincia de Buenos Aires), dueño de la estancia “El Rincón de López”, heredada luego por su hija y donde se criaron Juan Manuel de Rosas y sus nueve hermanos vivos (los otros diez murieron).

“El Rincón de López” ha trascendido por ser una de las primeras estancias de frontera sobre el río Salado. Clemente López de Osornio fue capitán del Cuerpo de Blandengues, creado en 1752 para el cuidado de la frontera. De esta manera, adquirió tierras dentro de los campos reales que la Junta Gubernativa de Hacienda facilitaba a todo aquel que quisiera explotarlas para el abastecimiento de la ciudad de Buenos Aires. Su vida transcurrió entre su casa de la calle Santa Lucía, las guardias de la frontera y sus campos, “La Vigilancia” y “Las Víboras”, también en el pago de la Magdalena. Pronto, obtuvo autorización para fundar una nueva estancia-fuerte denominada “La del Medio” y posteriormente otra, el “Rincón del Salado”, que habría de completar así una inmensa faja de tierras en la frontera sur. Dicha faja comprendió tierras ubicadas desde el pago de la Magdalena hasta las márgenes del río Salado, alcanzando unas noventa leguas cuadradas. El trabajo en el campo prosperaba y, en 1765, Clemente López, junto con Juan Noario Fernández y Juan Blanco, solicitaron y obtuvieron del Cabildo la concesión exclusiva para proveer el abastecimiento de carnes a la ciudad de Buenos Aires (…).

Con el paso del tiempo, logró que se le concediera la posesión de las tierras colindantes a las suyas hasta llegar al “Rincón del Salado”; de esta manera, la reducción jesuita Nuestra Señora en el Misterio de su Concepción de los pampas quedó bajo su custodia, y se estableció que, si sus descendientes defendían esas tierras hasta cumplir los cuarenta años de posesión, pasarían a ser de su propiedad. Ese fue uno de los motivos por el cual se estableció de manera definitiva y la estancia pasó a ser conocida como “El Rincón de López”.

Como dijimos, esta estancia fue heredada por la hija mayor de Clemente López, Agustina, casada con León Ortiz de Rozas, quienes obtuvieron la propiedad en 1811. Allí, hicieron construir una casa de forma rectangular, con paredes anchas de barro, entre 45 cm y 60 cm, que solo permitían sostener una azotea (que fue agregada en 1900) para otear el horizonte, y tres escalones circundantes. Tenía un techo de tejas a cuatro aguas, sustentado por columnas que formaba una alta y ancha galería, rodeada de un monte de talas. Allí transcurrió gran parte de la infancia y juventud de los hermanos Ortiz de Rozas.

La estancia “El Rincón de López” se convirtió, para Juan Manuel de Rosas, en su cuna de formación de estanciero. Aprendizaje que volcará, posteriormente, en la escritura de sus “Instrucciones para la administración de estancias”, donde evidencia el profundo conocimiento que había adquirido sobre las tareas rurales (…).

El ambiente familiar de Juan Manuel estuvo signado, según la visión de su sobrino Lucio V. Mansilla, por la presencia materna. Agustina López de Osornio, mujer de carácter altivo y autoritario, mandó a su hijo a aprender las primeras letras (leer, escribir y contar) a la escuela particular de Francisco Xavier de Argerich, una de las mejores de la época, pero no al colegio para formarse en alguna de las profesiones liberales de entonces. Luego, lo colocó en una tienda para que aprendiera el oficio, pero no duró mucho tiempo, lo cual generó un enfrentamiento con su madre, de quien seguramente había heredado su carácter. Castigado por la desobediencia, decidió escapar de su casa paterna a la de sus primos Anchorena, aunque luego le fue reconocida su vocación por el trabajo de campo (...).

En 1811, a la edad de 18 años, y lejos de la efervescencia política de la Buenos Aires independiente, pasó, por orden de su padre, a dirigir la estancia “El Rincón”. Así lo hizo durante un tiempo, pero las desavenencias con su madre signaron su camino hacia la independencia definitiva. Años más tarde, ya en el exilio, le diría a Josefa Gómez, su amiga, lo siguiente: “Ningún capital quise recibir de mis padres […] lo que tengo lo debo puramente al trabajo de mi industria y al crédito de mi honradez. El fruto de ese trabajo es lo que me han confiscado mis contrarios políticos. Entregué las estancias a mis padres cuando mi hermano Prudencio estuvo por su edad y conducta en estado capaz de administrarlas”.

 

Libro Andrea Reguera

 

Si bien la familia vivía en la ciudad y su casa era visitada por las múltiples relaciones, producto de los cruzados parentescos (Anchorena, García de Zúñiga, Arana, Aguirre, Pueyrredón, Beláustegui y otras) y del cultivo de amistades con las grandes familias de entonces (Terrero, Dorrego, Ezcurra, Costa, Pacheco, Guido, Alvear, Olaguer Feliú, Pinedo, Maza, Soler, Viamonte, Sáenz Peña, Alzaga y otras), también pasaba largas temporadas en la estancia “El Rincón”, donde hasta su misma madre, Agustina López, montaba a caballo, mandaba a parar rodeo, contaba e inspeccionaba la hacienda, ordenaba los apartes y llevaba cuenta de la administración de todo el establecimiento. Incluso, ya anciana y tullida, cuenta su nieto Lucio V. Mansilla, seguía ocupándose de todo: de la casa, de la familia, de los parientes, de las relaciones y de los intereses, compraba y vendía casas, mandaba a construir y a reedificar, descontaba dinero, hacía obras de caridad y amparaba a cuantos podía en su casa.

En las tertulias organizadas por los Rozas, se concertaron los matrimonios de casi todos sus hijos. Gregoria se casó con Felipe Ignacio Ezcurra y Arguibel (nieto de Felipe Arguibel, el albacea de la sucesión de López de Osornio) y tuvieron cuatro hijos; Andrea con Francisco Saguí (condiscípulo de Juan Manuel en la escuela de Francisco Argerich), y Juan Manuel con Encarnación Ezcurra (hermana de Felipe Ignacio). Estos tres enlaces, dice María Sáenz Quesada, tuvieron lugar entre 1813 y 1815, años más tarde se concretarían el de Prudencio con Catalina Almada, en primeras nupcias, con quien tuvo once hijos, y con Etelvina Romero, en segundas nupcias, con quien tuvo un hijo más; María Dominga (Mariquita) se casó con Tristán Nuño Valdez y Silva, oriundo de Colonia del Sacramento, con quien tuvo tres hijos; Manuela con Henry William Bond (un médico estadounidense proveniente de Maryland que se instaló en el Río de la Plata en 1820) y tuvieron tres hijos; Mercedes con Miguel Rivera (proveniente del Alto Perú, estudió Medicina y llegó a ser cirujano mayor del ejército y profesor en la universidad), con quien tuvo cinco hijos; y Agustina con el general Lucio N. Mansilla, que era viudo y padre de tres hijos. Las excepciones fueron Gervasio y Juana de la Cruz que permanecieron solteros.

Los salones de la casa de los Ortiz de Rozas no eran los únicos donde se realizaban periódicamente visitas, tertulias y reuniones. La mansión del comerciante Miguel de Riglos era también asiduamente frecuentada por sus amigos, desde cuyo balcón podían seguirse desfiles y procesiones. Entre sus invitados se encontraban Encarnación Ezcurra, Agustina Ortiz de Rozas, Dolores Reynoso y su esposo, el general Ángel Pacheco, Flora de Azcuénaga, hermana del general Miguel de Azcuénaga, y su marido el comerciante Gaspar de Santa Coloma, los hermanos Anchorena, también comerciantes, así como Braulio Costa y el estanciero Juan N. Terrero, entre otros. Los altos de Escalada era otra de las tertulias concurridas de la época. De los hermanos Escalada, ricos comerciantes del Buenos Aires colonial, Antonio José, en oposición a su hermano Francisco Antonio, ofrecía periódicamente el salón de su casa para sociabilizar con familiares, hijos, hermanos, sobrinos y amigos. Lo mismo sucedía en muchas otras casas, como las de Mariquita Sánchez de Thompson, Alvear, Balcarce, Oromí, Sarratea y varias más.

Las tertulias continuaron durante el gobierno de Rosas. Así, mientras este atendía los asuntos de Estado en casa de sus suegros los Ezcurra, Encarnación y su hermana María Josefa atendían la amistad que les propiciaba Pascuala Beláustegui, esposa del jurisconsulto Felipe Arana, Estanislada Arana, hermana de este último y esposa de Nicolás Anchorena, Paulita y Jacobita Torres Agüero, hermanas de Eustaquio y Lorenzo Torres Agüero, ambos también jurisconsultos, entre tantas otras.

La sociedad conyugal

 Es conocida la anécdota que refiere la oposición de la madre de Rosas al noviazgo de su hijo con Encarnación Ezcurra, en razón –según la versión oficial– de la corta edad de ambos, aunque otras versiones se la atribuyen a la escasa riqueza de la familia de la novia. Por ello, según contará Rosas más adelante en carta a su amiga Josefa Gómez, se vieron obligados a urdir el engaño de un supuesto embarazo a fin de obtener el permiso materno y poder así casarse. El ardid logró su efecto y ambas familias, para evitar el escándalo social, acordaron de inmediato la realización del matrimonio. Este se llevó a cabo el 16 de marzo de 1813 en la Catedral de Buenos Aires en una ceremonia presidida por el presbítero José María Terrero (hermano de Juan N. Terrero, amigo fraterno de Rosas), siendo testigos de casamiento, su padre, León Ortiz de Rozas, y Theodora Arguibel, madre de la novia.

A partir de ese momento, Encarnación Ezcurra se convertirá en la compañera incondicional de su esposo. Mujer en la vida, militante en la política y corresponsal comercial en los negocios de su marido. Rosas dirá que cuando se casaron, ella no tenía nada propio, sus padres no aportaron dote y ni siquiera recibió herencia alguna. Lo mismo dice la propia Encarnación en su testamento: “Nada introduje al matrimonio, porque nada tenía, ni he tenido herencia después. Todo, pues, cuanto me corresponda por ley, después de mi muerte será entregado a mi esposo Juan Manuel a cuyo trabajo constante y honrado son debidas nuestras propiedades”.

El mismo Rosas se jactaba de haber construido un imperio económico con sus propias manos. “Cuando entregué las estancias a mis padres, recién casado, y salí a trabajar por mi cuenta, fue mi primer paso dar aviso a mi primer amigo, pobre también como yo, Juan Nepomuceno Terrero. Le propuse trabajar en compañía, encargándose él de lo que debiera hacerse en la ciudad, y yo en los trabajos de campo”.

Esa misma división la mantendrá en su matrimonio. Mientras Encarnación vivía en la ciudad, en la casa de la calle Biblioteca, y pasaba los veranos en la estancia “Del Pino”, Rosas residía en el puesto “Independencia” de la estancia “Los Cerrillos” y, de vez en cuando, iba a la ciudad.

El matrimonio Rosas-Ezcurra tuvo tres hijos, Juan Bautista Pedro (“Juan cito”), nacido en 1814, María de la Encarnación en 1816 (fallecida poco después de nacer) y Manuela Robustiana (“Manuelita”) en 1817. Si bien Juan fue el primogénito, nunca gozó de la confianza de su padre ni para los negocios ni para la política, su principal confidente y consejera fue, primero, su esposa Encarnación y, a la muerte de esta, ese lugar pasó a ser ocupado por su hija Manuelita. Por otro lado, es necesario mencionar a Pedro Rosas y Belgrano, hijo adoptivo. Nacido el 29 de julio de 1813, era hijo natural del general Manuel Belgrano y María Josefa Ezcurra (hermana de Encarnación). Si bien Josefa estaba casada con su primo Juan Esteban de Ezcurra, este, después de la Revolución de Mayo, sin descendencia y sin perspectivas de progreso, decidió regresar a su patria (España), sin lograr que su esposa lo acompañase. Por el contrario, esta se unirá al Ejército del Norte en su Campaña al Alto Perú donde conoció al general Belgrano, con quien mantendrá un efímero romance, el cual dará como fruto un hijo nacido en la estancia de unos amigos suyos en Santa Fe. A partir de ese momento, sus tíos, Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra lo adoptaron y lo trataron como un hijo propio. Encarnación Ezcurra falleció el 20 de octubre de 1838, cuando comenzaba la segunda gobernación de su marido, quien la hizo declarar “Heroína de la Federación” rindiéndosele los máximos honores de capitán general y luto obligatorio que para el pueblo bonaerense duró dos años. El funeral fue acompañado por desfiles militares, descargas, cañonazos y repiques de campanas. La necrológica de La Gaceta Mercantil decía lo siguiente: “Ella animó al débil, robusteció al fuerte, arrostró peligros, consagró sacrificios, y fue la digna compañera del joven ciudadano que en los escabrosos campos de la gloria recibía lozanos laureles y era saludado Libertador por el pueblo” (Sáenz Quesada, 2005, p. 59). Rosas no reincidió en el matrimonio, aunque mantuvo una relación de hecho con María Eugenia Castro y con quien tuvo seis hijos no reconocidos, Ángela, Nicanora, Emilio, Justina, Joaquín y Adrián. Eugenia Castro se encontraba al cuidado y servicio de doña Encarnación y después de fallecida esta se convirtió en la concubina de Rosas, a quien su padre, el comandante Juan Gregorio Castro, antes de morir, lo había nombrado albacea y tutor de sus hijos Vicente y María Eugenia. Después de la muerte de Encarnación Ezcurra, Rosas tendrá con Manuelita una relación de estrecha colaboración política. Es por todos conocido que Manuela, mientras Rosas estuvo en el poder, se mantuvo célibe; recién pudo esposarse, haciendo caso omiso a la posesión egoísta de su padre, en el destierro de este, que se convirtió en el suyo propio y hasta donde la acompañó su paciente enamorado, Máximo Terrero, hijo del mejor amigo de su padre, Juan N. Terrero, con quien se casó el 22 de octubre de 1852 en la iglesia católica de Southampton y con quien tuvo dos hijos nacidos en Inglaterra, Máximo Manuel Juan Nepomuceno y Rodrigo Tomás Terrero Rosas. A su vez, Juancito Rosas desposará a Mercedes Fuentes y Arguibel (“Mechita”), amiga de Manuelita y prima hermana de su madre Encarnación Ezcurra y Arguibel y, por lo tanto, tía segunda suya, pues Mechita era hija de Lorenzo Fuentes y López y de Juana de Arguibel y López de Cossio. El matrimonio de Juancito Rosas y Mechita Fuentes tuvo un solo hijo, Juan Manuel León Ortiz de Rozas y Fuentes, quien, pasados los años, se casó con Malvina Ezcurra y Bond Ortiz de Rozas, su doble prima segunda, hija de Manuela Ortiz de Rozas y Henry William Hope Bond.

 

Andrea Reguera es historiadora e investigadora del CONICET, autora de “El mundo relacional de Juan Manuel de Rosas” (Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes).

 

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por Andrea Reguera

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