Jueves 3 de diciembre, 2020

CULTURA | 17-11-2020 11:47

Cómo nació la fotografía de identificación policial

Creado en el siglo XIX para reconocer delincuentes, el sistema antropométrico es un capítulo apasionante en la historia judicial.

En los archivos, en los museos y bibliotecas se esconden a plena vista fotografías increíbles. Colecciones de imágenes del siglo XIX que resuenan en el presente y dialogan con tecnologías contemporáneas como el reconocimiento facial.

En las últimas décadas del siglo, el retrato fotográfico estandarizado de frente y perfil, asociado a una ficha que contenía una serie de medidas corporales, detalles de señas particulares, informaciones filiatorias y antecedentes judiciales, fue la primera forma “científica” de identificación policial.

Los estudios raciales de la antropología incipiente confluyeron con el avance técnico de la fotografía. Décadas antes de que se incluyeran masivamente retratos en los documentos o en los pasaportes, el sistema antropométrico introdujo a la fotografía en el registro y clasificación de los individuos considerados peligrosos.

Hacia 1880, el francés Alphonse Bertillon desarrolló un método que un par de años más tarde fue implementado por la policía de París y luego se propagó por el mundo, impulsando la circulación transnacional de información delictiva.

El sistema del “Bertillonage” quedó descripto en un precioso libro de instrucción fotográfica titulado “La photographie judiciaire” (1890), que tiene imágenes impresas por reproducción fotomecánica con resultados sublimes. El texto introducía una nueva categoría: la del retrato judicial. Apuntaba a que los fotógrafos policiales dejaran de lado las consideraciones estéticas, propias de la fotografía comercial, para lograr representaciones uniformes que sirvieran al reconocimiento y la clasificación de los imputados.

En realidad, desde mucho antes, prácticamente desde la irrupción del invento, la foto se utilizó en instituciones policiales alrededor del mundo. La historiadora y fotógrafa Mercedes García Ferrari tiene trabajos minuciosos y apasionantes sobre el vínculo entre fotografía, identificación y trabajo policial: “En Inglaterra, la policía empleaba fotógrafos civiles desde 1840 y en Francia se tomaban, en 1841, daguerrotipos de criminales. Sin embargo, fue recién en 1854, en Lausanne, Suiza, cuando por primera vez estas fotografías comenzaron a circular en las comisarías. La primera 'galería de ladrones' se implementó en 1858 en el Departamento de Policía de Nueva York y en la década del setenta su uso se había extendido en Estados Unidos y Europa”.

 

Galerías

En Argentina, José Álvarez, alias Fray Mocho, periodista y escritor de viñetas populares y textos costumbristas, “comisario de pesquisas” y posteriormente, fundador de la revista “Caras y Caretas”, fue el pionero.

La “Galería de ladrones de la Capital, 1880-1887” fue la primera compilación visual de “ladrones conocidos”. Una publicación en dos tomos destinada a circular por las comisarías de Buenos Aires. Doscientos grabados numerados, tomados de fotografías en “carte-de-visite”, que incluían nombres supuestos, datos personales, marcas y señas, antecedentes penales de los individuos y una “ligera reseña de sus hábitos”.

Álvarez introdujo una herramienta novedosa de control y vigilancia para utilizar en la calle: “el único hilo para guiarse en el laberinto de nuestro bajo fondo social”. Reunía retratos de individuos reincidentes, condenados judicialmente a partir del 9 de diciembre de 1880, que los vigilantes podían consultar. Ladrones de poca monta, descuidistas y rateros, estafadores, falsificadores, cultores del “cuento del tío” y unas pocas mujeres de “mal vivir”.

Las semblanzas del Fray en la galería tienen algo de esa voz de “la cotidianidá conversada del arrabal” que le atribuía Borges. El número 61, José Perazo o Corazo es un infeliz ratero. Carece de audacia y de ingenio para dar golpes de importancia. Es bebedor y amigo de mujeres de mala vida. El 104, Adolfo Berois, es compadrito y muy dado al juego y a la vida crapulosa. Agustín Rusconi, alias Montevideo, el 125, es un hábil escamoteador. Viste elegantemente y es de maneras cultas.

Al trabajo de Fray Mocho le siguieron otras galerías menos conocidas que, a partir de la década de 1890, incluyeron fotografías de frente y perfil, impresas sobre el papel, con la técnica deliciosa, casi extinta hoy, de la fototipia. El proceso de modernización tecnológica de la Policía de la Capital llevó, a partir de 1889, a la creación de una Oficina de Identificación Antropométrica, con un departamento fotográfico, que se contó entre las primeras cuatro del mundo.

Las publicaciones se sofisticaban con la implementación cada vez más precisa de la metodología Bertillón y especialmente con las fotografías. La Galería de Ladrones 1888-1891, es la primera en incluir fotos de frente y perfil. Incluye una carta al jefe de la policía en la que su editor, Valentín Sala, criticaba el trabajo de su antecesor, Fray Mocho: “Las fisonomías de los retratados en los álbumes existentes están completamente cambiadas e incompletos sus antecedentes”. Ahí también resalta la importancia de contar con datos fidedignos para la identificación en las comisarías “donde su personal es renovado con frecuencia y como es consiguiente, les es difícil reconocer a tantos individuos (…) conocedores de nuestras leyes y medios de investigación que consiguen desorientar y burlar la protectora misión de la policía ya cambiándose de nombre o disfrazándose” .

Las “ligeras reseñas de hábitos” se reemplazaron entonces por las “señas particulares”. Cicatrices, lunares, tatuajes, la vida delincuencial estaba inscripta en el cuerpo. A Eugenio Barró o Barran, un escultor de 38 años natural de Francia, con 3 entradas por ebriedad y 3 condenas por hurto, le anotan un “tatuage” en forma de lunar en la cara posterior del antebrazo izquierdo, otro en forma de florero en el brazo derecho, un “retrato y palmas cruzadas” en el antebrazo del mismo lado, en el esternón la representación de “un pensamiento” y encima “una cruz y dos palomas”.

 

Adolfo Casot

 

Archivos

En el Centro de Estudios Históricos Policiales "Comisario Inspector Romay" se conservan dos tomos, la Galería de Ladrones Conocidos, que compilan fichas con fotografías de frente y perfil tomadas hasta 1902. Sorprende la cantidad de menores, algunos muy jóvenes, que fueron retratados. Luis Mengarú, alias “El tano piojoso”, de 12 años. Enrique Malagueni, español de 13 años, alias “Desnudo”. Adolfo Casot, alias “El Misto”, de un metro y treinta y cuatro centímetros de altura, que tiene apenas 11 años y siete de residencia en Argentina.

Además de las galerías de sujetos reincidentes, que eran públicas y se presentaban a la comunidad, hacia fin de siglo crecían los registros reservados únicamente para los ojos del personal policial. Las “Galerías Reservadas”, con individuos imputados por un único delito, también incluía retratos de frente y perfil. Desde 1892 existía también un archivo especial con imágenes dedicado a “mujeres delincuentes”.

En el Museo de la Policía Federal se destacan dos tomos que sobrevivieron al paso del tiempo. Una “Galería de Sospechosos” de 1898, con fichas y fotografías de frente y perfil, en la que se consigna a los retratados como rufianes, mayoritariamente inmigrantes de origen judío. Otra, la “Galería de Expulsados” de 1902, que con la Ley de Residencia 4144, pensada para reprimir al movimiento obrero, inmortalizaba a unos cincuenta inmigrantes anarquistas, que fueron deportados sin juicio previo.

Hasta 1901 la Oficina Antropométrica produjo más de 27 mil imágenes. El número da una idea de la circulación social que tenían esas fotografías en la ciudad. Tal vez por eso, en la última década del siglo XIX y hasta los primeros años del siglo XX, las políticas policiales de identificación comenzaron a despertar resistencias. La inclusión en los registros, a veces incluso cuando los imputados habían sido sobreseídos en la justicia, suponían un estigma imposible de quitar.

 

La huella en la imagen

 

Un documental histórico

La serie documental “La huella en la imagen” sigue el camino de la fotografía, como incipiente disciplina, a lo largo del siglo XIX. Escrita y dirigida por Darío Schvarzstein, con la producción de Wanka Cine, tiene 8 episodios de media hora, en los que acompaña a fotógrafos, coleccionistas e investigadores a revisar archivos e imágenes, que hablan de la historia del país; al mismo tiempo que detallan los capítulos de un arte, que se transformó desde el daguerrotipo hasta la copia en papel.

Guerras, héroes y próceres, imágenes obligadas que dan testimonio del pasado; pero también el hombre común, el evento privado, los nativos y los inmigrantes, forman parte de esta galería, la primera, que consagró la fotografía para el futuro.

Los especialistas se sumergen en los archivos y cotejan fotografías con mapas y grabados de la época, para explicar el contexto en el que circularon esas imágenes.

Una epopeya apasionante que se emite por Canal Encuentro. Los episodios se estrenan los viernes a las 21 y se repiten en la semana. En diciembre, podrán verse en la plataforma Contar.

 

 Darío Schvarzstein es realizador y fotógrafo.

 

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por Darío Schvarzstein

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