CULTURA | 04-02-2020 19:02

El hombre que sobrevivió a Auschwitz y enfrentó el olvido

Se llamaba Julius Hollander y murió un día después de cumplirse el 75 aniversario de la liberación del campo. Gracias a los exámenes de ADN recuperó la relación con parte de su familia.

Julius Hollander murió en Buenos Aires el pasado 28 de enero, un día después de la 75° Conmemoración de la liberación por las tropas soviéticas del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Tremenda coincidencia, Julius Hollander era un sobreviviente de Auschwitz-Birkenau.

Casi dos meses atrás, frágil, pero sonriente, Julius había celebrado con una fiesta sus 90 años. Se sabía que estaba enfermo, pero su muerte igualmente sumió a su familia y amigos en una enorme tristeza.

Empresario y arquitecto, Hollander nació en Polonia y fue encerrado siendo apenas un adolescente. Llegó a Buenos Aires el 31 de diciembre de 1946 y durante los meses de travesía marítima olvidó todo, incluso el idioma polaco.

Días antes de su fallecimiento, mientras estaba concentrada en la lectura del fascinante libro autobiográfico “Inheritance” de Dani Shapiro -quien gracias a un test de ADN descubrió que su amado papá no era su padre biológico- no podía sacarme de la cabeza al querido Julius Hollander.

Es que recordé cómo, también él, se hizo un estudio de ADN a instancias de su reencontrado sobrino Eyal Hollander, quien buscó y encontró a Julius. “Incluso me pasó una dirección de correo electrónico de la compañía en los Estados Unidos donde él hizo su examen de ADN. (…) Luego, cotejamos los resultados y con inmensa alegría confirmamos nuestro parentesco. El padre de Eyal y yo somos primos hermanos”; la intuición de Eyal se confirmó con creces.

Seguía con Julius en mis pensamientos cuando me entró un WhatsApp en el que me participaban de su muerte. Aún cuando se sabe que los muertos no sufren, la noticia me conmovió profundamente; tuve el privilegio de su amistad y recordé emocionada hasta las lágrimas mi encuentro con él.

En 2009, a punto de cumplir 80 años, Hollander quiso contar en primera persona la historia de su vida instado por su nieta Sofía y por la indignación que le provocaron los dichos en la Argentina del obispo católico negacionista Richard Williamson.

Me convocó para trabajar con él, gracias a la sugerencia del recordado amigo (de ambos) Raúl Marosof. Luego, en junio de ese año yo había ido a la Bienal de Venecia y me alojé en el Hotel Tarnow. Tardé unos segundos en darme cuenta de que Tarnow también era la perdida ciudad natal de Julius en Polonia; recuerdo mi pesar y estremecimiento.

Tras un terapéutico olvido de décadas, Julius tuvo el coraje de “Enfrentar el olvido” -noble actitud que le dio nombre a sus memorias- y dar testimonio de la persecución y el padecimiento de millones de judíos, gitanos, homosexuales, y más. En el libro, profundizó en su aterradora experiencia en Auschwitz, habló sobre su circunstancia como preso y sobreviviente, realizó un recorrido por su vida, discurrió acerca de la discriminación, pensó en voz alta sobre el mal,

En el curso de revivir su tragedia -la pérdida de su familia, casa y país sólo por el hecho de ser judío-, incluso se enfermó de una fuerte gripe, que no pasó a mayores pero que asustó a más de uno; 2009 fue el año de la llamada gripe A.

Como escribí entonces, “con el correr de los días [de trabajo] confirmé sus cambios anímicos. Escuché con qué seguridad comenzó su relato y verifiqué su desconsuelo por no poder evocar algunos rostros y nombres. Constaté su dolor por retener intactos algunos trágicos momentos, que siguen arrancándole infinito desasosiego. Por momentos, lo sentí acongojado y meditabundo, pero también con una entereza digna de su noble causa: contar. Contar para que no se olvide ni se ponga en duda la masacre de los seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial en Europa (1939-1945). Al terminar el libro y cumplir con este deber auto impuesto, que se hizo acuciante en el último tiempo, la expresión del rostro de Julius recobró su habitual luminosidad”.

Sí, Julius Hollander fue un ser luminoso y creativo, que se propuso y pudo incluso disfrutar de la vida. Queda para su esposa Ana María -que tanto lo quiso y lo cuidó-, para su familia, para sus amigos la tarea de pensar y aprender de él. ¿Cómo pudo seguir adelante tras perder de vista (y para siempre) a su madre y hermano cuando ingresaron al campo de concentración; cómo pudo soportar ver morir a su padre; cómo pudo construir una vida plena, tras sobrevivir a los castigos corporales, a las humillaciones, al hambre; cómo pudo sonreír, como a menudo lo hacía, y convertirse en una persona generosa; cómo pudo vivir viendo a diario el número 161214 en su brazo izquierdo, tatuado con tinta azul por los nazis a su llegada al campo de concentración?

Julius fue un hombre extraordinario. Sufrió indeciblemente; fue un sensible protagonista y testigo de una de las noches más negras de la humanidad.

 

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Victoria Verlichak

Victoria Verlichak

Crítica de arte.

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