Viernes 2 de diciembre, 2022

CULTURA | 26-05-2022 14:45

¿Quién mató a Juan Pablo I?

Una investigación reciente, publicada en el libro “¿Qué han hecho?”, arroja luz sobre la conspiración que involucró al Banco Vaticano y a Propaganda Due, para eliminar al papa Albino Luciani.

El fallecimiento inesperado de Albino Luciani ha sembrado muchas dudas en el imaginario colectivo. Dudas que permanecen, a pesar del tiempo transcurrido desde aquellos acontecimientos. La versión oficial del Vaticano sembró incógnitas en la opinión pública y hasta en la misma Iglesia. Esa fue la razón por la que la Santa Sede permitió a dos investigadores, David Yallop y John Cornwell, que indagaran el súbito deceso del pontífice.

Pero sus expectativas de llegar a la verdad se vieron frustradas: las conclusiones a las que uno y otro arribaron fueron diametralmente opuestas, a pesar de haber tenido acceso a fuentes directas y testigos presenciales. El propio Vaticano las consideró conspirativas y de ciencia ficción, y acabó desechándolas. Algunos escritores y periodistas propusieron distintas hipótesis, pero no las presentaremos aquí porque derivan de conjeturas y no del acceso real a las fuentes. Por último, haremos referencia a Anthony Raimondi, que se declara miembro de la mafia y en una obra de su autoría publicada en 2019 confiesa la paternidad del asesinato de Juan Pablo I.

La primera revisión del caso Luciani

Fue una carta proveniente del Vaticano en la que se le pedía que indagara el extraordinario deceso del papa “de los treinta y tres días” lo que puso en marcha la investigación de David Yallop, investigador y escritor británico de crímenes no resueltos. Yallop accedió de inmediato, y Roma le abrió las puertas. Pudo así ingresar a las secretarías pontificias, entrevistar a numerosos cardenales, indagar los archivos del Departamento de Estado y cruzar la información obtenida con los expedientes del FBI.

En 1984, luego de tres años de investigación, el escritor, que había logrado esclarecer otros crímenes y hasta provocar en Inglaterra la excarcelación de un hombre injustamente acusado, publicó “¿Por voluntad de Dios?” (In God’s name), que llegó a ser traducido a varios idiomas. Esta obra, lejos de disipar las dudas, abrió más interrogantes y sentó una hipótesis que hasta la fecha no pudo ser ni confirmada ni refutada, pero cuyo valor documental es indubitable. Esa es la razón por la que la desarrollamos en estas páginas.

Qué han hecho

Reconstrucción de las últimas horas

Según David Yallop, al caer la tarde del 28 de septiembre de 1978, apenas unas horas antes del deceso, Luciani había decidido llevar a cabo cambios contundentes y remociones significativas dentro de la estructura del Vaticano. Paul Marcinkus, director del Banco del Vaticano (IOR), a quien apodaban el Banquero de Dios, ocupaba el primer lugar en la lista de los que, al día siguiente y sin demora, serían removidos. Para ese entonces el IOR estaba siendo investigado y habían llegado a oídos de la prensa los problemas y malversaciones financieras que lo acuciaban.

También días previos Juan Pablo I había recibido de la agencia de noticias Osservatore Politico (OP) el artículo “La gran logia del Vaticano”, donde se acusaba a 121 personas de pertenecer a logias masónicas; entre ellos se encontraban los nombres de obispos, cardenales y otros altos prelados. La nota, firmada por el director de OP, Mino Pecorelli, había llegado a manos de Luciani.

Para ese entonces ser masón era sinónimo de excomunión para los católicos. Entre los 121 masones se encontraban el cardenal Jean Villot, secretario de Estado; Paul Marcinkus y monseñor Donato de Bonis, ambos del Banco del Vaticano. Esta extensa lista habría impulsado a Luciani a tomar la decisión de remover a ciertos prelados de sus puestos. De acuerdo con Yallop, Albino había comentado a Villot las remociones que tenía en mente. Así lo refiere en su obra “¿Por voluntad de Dios?”: “Hay otros cambios que quiero que se realicen enseguida en el Instituto per le Opere di Religione [IOR]. [...] Quiero también que se corten todos nuestros vínculos con el Banco Ambrosiano. Me propongo terminar con esta relación en un futuro muy próximo. En mi opinión, resultaría imposible dar este paso si los que tienen las riendas son los mismos que ahora”.

El investigador británico accedió a entrevistar al padre Magee, uno de los secretarios de Albino Luciani, y este le dijo respecto al papa: “Sabía lo que quería. En realidad, lo tenía todo muy claro en ese aspecto. Sin embargo, la forma que tenía de alcanzar sus objetivos rezumaba delicadeza”.

Un tema que le preocupaba ese día a Luciani era el patriarcado de Venecia, ya que monseñor Baggio se había negado a aceptar el cargo. También afirma Yallop que Luciani había manifestado al propio Villot que lo iba a remover del puesto y que iba a ser suplantado por el cardenal Benelli. Villot se retiró un poco disgustado de aquella reunión. Llevaba entre sus manos la lista de cambios inminentes que estaba a punto de realizar el papa. En más de una oportunidad, en la conversación con Villot, Luciani habría manifestado que no quería ser papa.

Tras el tenso encuentro con Villot y mientras caía la tarde, Albino dio una última indicación y cenó con sus secretarios, Lorenzi y Magee. En aquella última cena, hablaron distendidos sobre el nuevo reloj de Luciani. Había sido un regalo de monseñor Macchi, exsecretario de Pablo VI, que había tenido que aceptar y que se había visto obligado a usar, ya que la curia veía con malos ojos que siguiera poniéndose su viejo reloj. Aunque lo estimaba, lo entregó, resignado, a su hermano Edoardo diciéndole: “al papa no le estaba permitido usar un viejo y baqueteado reloj al que hay que dar cuerda cada dos por tres”. Después de cenar, Albino se sentó en su escritorio y comenzó a redactar el discurso que debía pronunciar el sábado 30 a la Compañía de Jesús. Pero según Yallop, a las 21:25 horas del 28 de septiembre esto fue lo que sucedió: Luciani dejó a un lado el discurso sobre su mesa de trabajo y volvió a las notas sobre los drásticos cambios que había discutido con el cardenal Villot. Con los papeles en la mano se levantó, se encaminó a la puerta de su despacho, la abrió, vio al padre Magee y al padre Lorenzi, y se despidió de ellos de esta forma: “Buona notte. A domani. Se Dio vuole” (Buenas noches. Hasta mañana. Si Dios quiere).

Las circunstancias precisas en relación al descubrimiento de su cuerpo demuestran con bastante elocuencia que el Vaticano perpetró un encubrimiento. Empezó con una mentira, para seguir con una tonelada de mentiras. [...] Todas estas mentiras no tenían sino un único propósito: disfrazar el hecho de que Albino Luciani, el papa Juan Pablo I, murió asesinado en algún momento entre las nueve y media de la noche del 28 de septiembre y las cuatro y media de la madrugada del 29 de septiembre de 1978.

Los sospechados por el investigador serían John Cody, el arzobispo de Chicago investigado por malversación de fondos; Paul Marcinkus, el director del IOR, Banco del Vaticano; el cardenal Jean Villot, secretario de Estado; los banqueros Michele Sindona y Roberto Calvi, y Licio Gelli, el líder de la logia P2: [...] Por lo menos uno de estos seis hombres había puesto en marcha un mecanismo, calculado como un reloj, para que cumpliera un determinado cometido [...]. Este mecanismo, este curso de acción derivaba de la previa conclusión de que la solución italiana tenía que ser aplicada una vez más. El papa debía morir.

Juan Pablo I

La hipótesis del envenenamiento

Para el investigador británico el asesinato tenía que pasar inadvertido dentro del Vaticano. Entonces, según sus especulaciones, la mejor forma de ejecutarlo era con un veneno que no dejara señales externas. Entre los cientos de drogas, Yallop dice que la elegida fue el digital. Los digitálicos se prescribían décadas atrás para tratar la insuficiencia cardíaca, para mejorar la falta de aire. La dosis de esta droga debía ser administrada cuidadosamente, ya que si no, causaba el envenenamiento. De acuerdo a lo que sostiene Yallop, el asesino debía conocer a la perfección la conducta y la forma del Vaticano. Según sus especulaciones, el digital era la droga perfecta por ser insípida, inodora y no perceptible ante un examen médico externo. Así argumenta Yallop en su pesquisa: “Si a un incauto Luciani le fue suministrada una droga como el digital a últimas horas de la tarde, entonces los criminales tenían que tener la certeza de que el papa se recluiría en su dormitorio a primeras horas de la noche, que se metería en la cama y que sucumbiría al sueño final. La muerte por digital suele producirse entre las dos y las seis horas después de que la víctima haya ingerido la dosis mortal”.

Entre los medicamentos que Yallop consigna que Luciani tomaba se encuentran: efortil, unas gotas antihipertensivas y píldoras vitamínicas, y además se suministraba unas inyecciones de cortexadrenal, un estimulante de la suprarrenal, que se las colocaba sor Vincenza dos veces al año. Según lo investigado por Yallop, acceder a donde se almacenaban los medicamentos del papa era sencillo, así como también acceder a sus aposentos, ya que no tenían un gran sistema de seguridad que lo cuidara.

Cómo y quién encontró el cuerpo

A las 4:30 de la mañana del viernes 29 de septiembre, sor Vincenza golpeó la puerta del dormitorio papal y pronunció su habitual “Buenos días, santo padre”. Llevaba el café al estudio de Luciani como lo hacía a diario. A las 4:45, al advertir que el café estaba intacto, volvió a tocar la puerta. Pero del otro lado no hubo respuesta. Angustiada por el prolongado silencio, sor Vincenza abrió la puerta y se encontró con lo peor. Así describe Yallop la situación: “Cuando por fin la hermana abrió la puerta, vio a un Albino Luciani sentado en la cama. Llevaba puestas las gafas y sus manos sujetaban unas hojas de papel. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha y entre sus labios separados asomaban sus dientes. Sin embargo, no se trataba de la cara sonriente que tanta impresión causaba entre las muchedumbres. No era una sonrisa lo que mostraba el rostro de Luciani, sino una expresión indudable de agonía”.

La hermana Vincenza le tomó el pulso. La hermana Vincenza le refirió al investigador: “Es un milagro que [yo] siga con vida; tengo el corazón delicado. Pulsé el timbre para llamar a los secretarios y luego salí a buscar a las otras hermanas y a despertar a don Diego”. El primero en llegar fue el padre Diego Lorenzi, y después lo hizo el padre Magee, quien llamó de inmediato al cardenal Villot, el secretario de Estado. Villot a las cinco de la mañana ya veía con sus ojos al papa muerto.

Yallop sostiene: “Si la muerte de Luciani se produjo por causas naturales, entonces las subsecuentes acciones e instrucciones de Villot resultan inexplicables. [...] O bien el cardenal Jean Villot tomó parte en una conspiración para asesinar al papa o bien descubrió en el dormitorio del pontífice claras evidencias que indicaban que este había sido asesinado y, para proteger a la Iglesia, rápidamente decidió destruirlas”.

Villot impuso un voto de silencio sobre el hallazgo de sor Vincenza e instruyó a todos para que las noticias acerca de la muerte de Luciani fueran silenciadas hasta que él ordenara lo contrario. Después de convocar al sacro Colegio Cardenalicio y al encargado de la diplomacia, llamó al jefe del servicio sanitario del Vaticano, doctor Renato Buzzonetti, y al jefe de la guardia suiza.

El padre Lorenzi, por su parte, se comunicó con la sobrina, Pia Luciani, y con Antonio Da Ros, quien fuera por veinte años médico personal de Albino. El doctor Da Ros, que se encontraba en Vittorio Veneto, quedó profundamente sorprendido e impactado por la noticia. Sorprendió también el hecho de que Paul Marcinkus llegara a primera hora al Vaticano desde su residencia en las afueras de la ciudad. Era realmente algo inusual. Fue el sargento Roogan, jefe de la guardia suiza, quien le anunció: “El papa Luciani está muerto. Lo han encontrado muerto en su cama”. Marcinkus no reaccionó.

Por su parte el doctor Buzzonetti examinó brevemente el cadáver, fijó la hora del deceso en las 23:00 y diagnosticó que Luciani había muerto por infarto de miocardio. Villot determinó que el cuerpo del fallecido fuera embalsamado de inmediato, razón por la cual se convocó a los hermanos Signoracci, los embalsamadores, quienes se pusieron en camino con urgencia, a las 5:00 de la mañana.

Fotogaleria Italia Los reclutas de la Guardia Suiza se preparan antes de prestar su juramento en el patio de San Dámaso en el Vaticano

Las primeras versiones 

Eran las 7:00 de la mañana y el mundo no sabía que el papa había muerto, según afirma Yallop. Los boletines oficiales señalaron que el padre Magee, que acostumbraba a concelebrar misa con el papa a las 5:00 de la mañana, fue quien encontró muerto a Juan Pablo I en su habitación. También informaron que, en sus manos, tenía el libro “La Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis, como si la muerte lo hubiera sorprendido leyéndolo. Sin embargo, Yallop sostiene: “El Vaticano perseveró con aquella mentira, en especial hasta el día 2 de octubre, es decir, durante cuatro días. A lo largo de esos cuatro días, la falsa información que brindaba el Vaticano penetraba en el pensamiento público en general y se transformaba en la realidad, en la verdad, en la certeza. Sin embargo, ni Magee concelebraba misa con Luciani a esa hora ni tampoco en el departamento papal se encontró un ejemplar de la obra de Kempis”.

Otra cuestión polémica subrayada por el investigador fue el hecho de que no se le hubiera practicado la autopsia al cuerpo de Juan Pablo I: “Si un ciudadano italiano hubiera muerto en circunstancias similares a las que rodearon la muerte de Luciani, se hubiera ordenado practicarle la autopsia”.

Algunas conjeturas

Un cardenal residente en Roma en aquel entonces, cuyo nombre y apellido Yallop se reserva, ofrece una llamativa versión de los hechos: “Me dijo Villot que lo que había ocurrido era un trágico accidente. Que el papa, sin duda sin darse cuenta, había tomado una sobredosis de su medicina. El camarlengo [Villot] señaló que si se llevaba a cabo la autopsia, era fatal que se descubriera que el papa había ingerido una sobredosis, y que nadie se creería que su santidad había actuado por descuido. Algunos habrían considerado su muerte como un suicidio. Otros hubieran proclamado que el santo padre había muerto asesinado. Por eso se acordó que no se realizara la autopsia”.

Sin embargo, esta posibilidad fue descartada por el doctor Giovanni Rama, quien había tratado a Luciani en 1975 cuando este sufrió una embolia en el ojo durante el regreso de su viaje a Brasil. Entrevistado por el investigador inglés, el doctor Rama opinó: “Es inconcebible pensar en una sobredosis accidental. Luciani era un hombre muy consciente, muy escrupuloso. Además, era muy sensible con los fármacos. Solo precisaba pequeñas dosis. [...] Los dos éramos muy prudentes con la prescripción y administración de medicamentos”.

El embalsamamiento y la falta de autopsia también fueron dos de los hechos de la investigación en los que Yallop insistió: “Me entrevisté con los hermanos Signoracci [los embalsamadores] en tres ocasiones distintas y los interrogué a fondo. Los dos se mostraron concluyentes e inamovibles en afirmar que la muerte de Albino Luciani había acaecido entre las cuatro y las cinco de la mañana y que el cuerpo sin vida del papa había sido encontrado menos de una hora después de que se produjera su muerte”.

El escritor advierte que si esta versión fuera la que explica lo sucedido, o Luciani se encontraba con vida cuando sor Vincenza ingresó a su dormitorio o acababa de morir. Estas posibilidades

se hubieran descartado de habérsele practicado la autopsia. La insistencia en la necesidad de la autopsia tiene un lugar central en la hipótesis de Yallop: “Por estrictas exigencias del Vaticano, no se extrajo la sangre del cadáver ni se extirparon los órganos. [...]”.

La causa por la cual el proceso fue tan prolongado reside en que, contra la práctica habitual en la que la sangre es extraída y diluida con una solución salina que se hace circular por todo el cuerpo, el Vaticano se mostró inflexible en que no debía extraerse ni una gota de sangre del cadáver. Por supuesto, una pequeña cantidad de sangre hubiera bastado para que un perito forense pudiera establecer la presencia de cualquier sustancia venenosa.

Siguiendo el hilo argumental del libro “¿Por voluntad de Dios?”, el maquillaje que se le hizo a Luciani disimulaba la expresión angustiosa, de agonía, que tenía en su rostro antes de morir. Y las manos que, en la hipótesis de Yallop, habían sostenido tan significativas notas fueron entrelazadas con un rosario. Para narrar con más énfasis lo que él creía —que hubo intención de borrar pruebas y modificar la escena del crimen—, Yallop señala que al cuerpo de Pablo VI, fallecido apenas un mes antes que Albino, se le había dado un tratamiento totalmente distinto: “De acuerdo con las leyes italianas, Pablo VI no había sido embalsamado hasta después de transcurridas 24 horas de su fallecimiento”.

Las agencias de noticias presionaron para esclarecer las dudosas circunstancias de la muerte: el prestigioso diario italiano Corriere della Sera tituló en su portada “¿Por qué negarse a la autopsia?”. Y la organización católica Civiltà Cristiana reclamó una investigación judicial. Con el correr de los días, la demanda de la opinión pública obligó al Vaticano a explicar por qué la Santa Sede no autorizaba la práctica de autopsias apelando a Romano pontifici eligendo, la Constitución apostólica suscrita en octubre de 1975 por Pablo VI. Sin embargo, en la Constitución ni se prohíbe ni se aprueba la autopsia para los papas.

Yallop comenta que hasta el doctor Da Ros, histórico médico y amigo personal de Albino, opinó que hubiera sido oportuno verificar científicamente las causas de la muerte. Y Edoardo Luciani, el hermano, agregó información al asunto al declarar sobre el estado de salud de Albino por esa fecha: “Al día siguiente de la ceremonia de entronización, le pregunté a su médico personal cómo se encontraba mi hermano, teniendo en cuenta las presiones altas a las que desde entonces se vería sometido. El doctor me tranquilizó. Me dijo que mi hermano gozaba de una excelente salud y que su corazón se encontraba en buenas condiciones”.

 

La teoría Yallop 

A lo largo de su obra, en reiteradas oportunidades el autor se empeña en poner de manifiesto su convicción: “En mi ánimo no está tratar de producir 'graves insinuaciones'. Por tanto, es mejor que haga una afirmación categórica: estoy completamente seguro de que el papa Juan Pablo I, Albino Luciani, murió asesinado”. Además subraya hasta el cansancio el problema de la falta de autopsia. Sugiere que si la muerte de Luciani se debió a causas naturales, ¿por qué no permitir que se realizara una autopsia y despejar así toda sospecha? Para exponer las contradicciones entre las distintas versiones circulantes, el investigador fue en busca de los testimonios de los principales testigos del deceso: “Cuando hablé con el doctor Renato Buzzonetti [el médico a cargo de la salud del papa] en Roma y le pregunté qué medicamentos había tomado Luciani durante su corto pontificado, me contestó: 'No tengo ni idea de los fármacos que tomaba. La primera vez que lo atendí como médico, el papa estaba muerto'”.

En la misma línea, destacó que el doctor Da Ros, médico personal del papa, encontró a su paciente en un estado de salud tan bueno que, en lugar de visitarlo en el Vaticano cada dos semanas, decidió hacerlo cada tres. En la misma dirección, monseñor Mario Senigaglia, secretario de Albino Luciani durante su patriarcado en Venecia entre 1970 y 1977, aportó: “Albino Luciani no sufría del corazón. Una persona que sufre del corazón no escala montañas, como hacía el patriarca. [...] Nunca advertí en Luciani ningún síntoma de insuficiencia cardiaca. Al contrario. A instancia mía, después de mucho insistirle, se hizo un electrocardiograma en 1974, sin que le notaran nada irregular. Inmediatamente antes de partir para el cónclave, en 1978, y después de visitar el Instituto Stella Maris, le hicieron un chequeo médico completo. Los resultados fueron favorables en todos los aspectos. [...] Los hombres de las montañas no mueren del corazón”.

Y el padre Diego Lorenzi, que también lo acompañó desde el patriarcado hasta la muerte, le confió a Yallop: “El doctor Da Ros me dijo: '¿Tienen algún medicamento secreto? Albino Luciani se encuentra en perfecto estado de salud y mucho más relajado. ¿Qué poción mágica le dan?'”.

La ausencia del testamento de Juan Pablo I también levantó sospechas. […] Yallop atribuye a Villot la desaparición del testamento y de los papeles que tenía Albino entre manos en sus últimos minutos de vida. También el secretario Lorenzi atestiguó ante el investigador que ni él ni Magee, el otro secretario privado, ni las religiosas pudieron encontrar los papeles, los medicamentos, las zapatillas o los anteojos. Sor Vincenza relató el impacto que le generó encontrar el cuerpo y muy especialmente que, de repente, el despertador empezó a sonar a las 4:45. Algo que, según advierte Yallop, nadie más escuchó dentro del departamento papal.

¿Se practicó una autopsia secreta?, se pregunta el investigador. El minucioso y largo examen médico que se realizó al cuerpo en la sala velatoria ¿sería realmente una autopsia? No puede afirmarse ni negarse. El hecho es que, en el momento en que unos vecinos de Canale D’Agordo despedían a su querido Luciani, fueron retirados de la sala para que ingresaran los médicos y se colocaron biombos para que nadie pudiera contemplar la escena. En cuanto a quién podría haber planeado la desaparición de Luciani, Yallop sostiene que Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, y Michele Sindona, banquero miembro de la logia masónica P2 asociado al IOR, tenían no solo sobradas razones para querer eliminarlo, sino además la capacidad de matar; ya contaban en su haber con varios asesinatos y atentados. También refiere, como una pieza clave en el armado del siniestro rompecabezas, que Licio Gelli, el gran maestre de la P2, aconsejaba a los principales miembros de la logia que siempre llevaran consigo una dosis mortal de la droga digital. Como, según la hipótesis de Yallop, el crimen tenía que cometerse sin que pareciera tal, todo lo conducía a su sentencia: “Albino Luciani ha muerto asesinado”.

Fotogaleria Italia Vista general de la Plaza de San Pedro

La logia P2 y el Banco del Vaticano

Albino Luciani, a lo largo de su ministerio y en las distintas responsabilidades que le tocaron asumir, tuvo que lidiar con personajes siniestros, como algunos miembros de la logia P2, cuyo gran maestre era Licio Gelli. Gelli era un militante fascista italiano que trabajaba en secreto para los servicios de inteligencia soviéticos, además de poseer increíbles habilidades para vincularse con los sectores más encumbrados del poder internacional. Este empresario textil de la Toscana fue quien dio vida en 1971 a la logia Propaganda Due. De ello habla, entre otros, el abogado y periodista Carlos Manfroni, experto en corrupción consultado por la OEA, que así declaraba a la revista “Todo es Historia”, fundada por el historiador Félix Luna: “Una de sus misiones conocidas consistió en terminar con la confrontación Iglesia-masonería, algo que Gelli impulsó mediante la infiltración de los miembros de la P2 en el Vaticano, y muy especialmente en sus finanzas”.

También Manfroni explica que, entre los hombres de confianza de Gelli, se encontraban Michele Sindona y Roberto Calvi. Ambos, junto a monseñor Marcinkus, director del Banco del Vaticano, estaban ya involucrados en operaciones financieras cuando Luciani era el obispo de Vittorio Veneto: “Como Marcinkus no conocía de finanzas, Michele Sindona fue revestido en calidad de apoderado, y a partir de entonces, el Banco del Vaticano comenzó a ser involucrado, mediante pequeñas participaciones accionarias, en las diferentes sociedades que Sindona fue armando. El golpe más duro fue la captación del Banco Ambrosiano [cuyo principal accionista era el Banco del Vaticano], una antigua institución al frente de la cual promovieron a Roberto Calvi [...]”.

Marcinkus no podía dudar de las intenciones de sus compañeros. La red se extendió por Europa, pero también hacia América Latina y el Caribe: Uruguay, con el Bafisud; Argentina, con el Banco Continental y dos ramas del Ambrosiano; Perú, Nicaragua, Venezuela, Bahamas... Mediante alguno de estos bancos, traficaron armamento de todo tipo a grupos del terrorismo islámico que, por vías clandestinas, introducían drogas en Italia. Aun cuando Albino habría tenido la intención de desligarse del Ambrosiano, lo breve de su papado se lo impidió. Mientras yacía muerto en la Sala Clementina, tanto Calvi como Gelli estaban en Buenos Aires.

Años más tarde, en la madrugada del 18 de junio de 1982, Roberto Calvi fue encontrado ahorcado en un andamio del puente Blackfriars de Londres, el “puente de los frailes negros”. Paradójicamente, así se autodenominaban los miembros de la P2. Cuatro años más tarde, el 20 de marzo de 1986, el otro banquero, Michele Sindona, se suicidó o fue envenenado con cianuro en el café en la celda de Voghera, una cárcel italiana de máxima seguridad, mientras cumplía cadena perpetua por 65 cargos.

 

-Nunzia Locatelli es periodista y escritora italiana; fue condecorada como Cavaliere dell'Ordine della Stella d'Italia en reconocimiento a su investigación sobre Mama Antula.

-Cintia Suárez es periodista, coautora de “Mama Antula, la mujer más rebelde de su tiempo” (Planeta). Ambas son autoras de “¿Qué han hecho? Juan Pablo I. Conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina” (Catarsis), del cual este texto es un fragmento.

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por Nunzia Locatelli y Cinthia Suárez

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