Jueves 29 de septiembre, 2022

ECONOMíA | 24-08-2022 14:00

El Gobierno y la carrera contra reloj para intentar controlar la economía

La demora en poner en marcha un programa para frenar la inestabilidad alienta el drenaje de divisas y precipita los tiempos.

Pocas veces se desnudó la brecha que existe entre el ritmo de la agenda política y las urgencias de los actores económicos como las semanas que pasaron desde el 30 de junio hasta ahora. En aquella fecha, que hoy parece muy lejana, Martín Guzmán lograba la foto de las variables de la economía argentina para poder mostrar y pasar el examen del primer semestre del año al monitoreo del Fondo Monetario Internacional. Para lograrlo, hubo esfuerzos por aumentar las reservas del Banco Central pero no gracias a una súbita explosión exportadora sino pisando importaciones y pateando para más tarde otras urgencias.

La medida. A esa altura ya estaba claro que ningún esfuerzo podría equilibrar el balance comercial todo lo necesario por sí mismo, sin coordinar acciones y políticas para semejante tarea. El cambio de nombres al frente de la cartera de Economía, no alteró el drenaje de dólares que marca a presión el ritmo de la crisis. Tanto la efímera gestión de Silvia Batakis como la ruidosa aparición de Sergio Massa, no torcieron el rumbo: se se fueron casi US$1.400 millones solamente desde el último cambio ministerial.

La inflación acumulada del año es de 46%, lo que anualizado daría 91%, pero el Gobierno espera que las rondas de conversaciones con empresas y sindicatos “formadores de precios” podría redundar en una baja o al menos en que no se dispare aún más y llegar a la fatídica cifra de tres dígitos anual, cosa que no ocurre desde 1990.

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Las reservas tocaron su nivel más bajo y el propio presidente del Banco Central, Miguel Pesce, reconoció que tuvieron que utilizar el swap de China para resguardarse. Fernando Marull calcula que las reservas netas para fin de agosto estarán en los US$2.000 millones, cálculo que también comparte el IERAL. Su presidente, Carlos Melconian, afirma que desde diciembre de 2020 el Banco Central está operando con reservas líquida negativas, si se descuentan la tenencia de oro. Eso explica buena parte de la inestabilidad crónica de la economía argentina, pero también es su efecto.

Negocio chino. El swap con China fue un mecanismo ideado para no depender del ingreso de dólares pero que se aplicaría al comercio bilateral.

Para Francisco Gismondi, economista jefe de Empiria Consultores, si se pagan importaciones con el swap (yuanes), las reservas netas terminan bajando igual, porque aumenta el pasivo de corto plazo. “Hoy te diría que ya están abajo de US$1.000 millones e incluso llegando a cero antes de fin de mes si sigue todo así”, comenta. Para él, el concepto de “reservas netas líquidas” son las que se resta el oro y los derechos especiales de giro (DEG, la moneda del FMI). “Eso ya está negativo hace tiempo, pero no dice mucho”, añade.

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Por su parte, Sebastián Menescaldi, economista jefe de la consultora EcoGo explica que lo que es en yuanes y es por una cantidad relativamente chica, para las necesidades del sistema, entre US$300 y US$400 millones. “Si no se cambia esta tendencia, algo habrá que hacer, porque no es sostenible la venta diaria de reservas como la actual. Tanto las Repos como la liquidación de reservas adelantadas -al fin y al cabo, un préstamo- son cuestiones transitorias: no se puede tomar deuda y dársela a un importador a $140”, puntualiza.

En el centro de la discusión está el valor del tipo de cambio “oficial”: Menescaldi sugiere que se debería buscar hacer algo con la tasa de interés y a la par desdoblar el tipo de cambio o sostener un salto devaluatorio, “pero dentro de un plan integral, porque eso sólo no serviría. Mientras tanto, sólo queda endurecer el cepo y atacar la salida de dólares del turismo, peo no mucho más”, agrega.

“No sé si Massa tiene el mandato político para poder alterar el tipo de cambio en forma brusca. Pero cuando vean esta dinámica seguramente lo revisarán y terminarán tomando la decisión de hacer algo, tarde o temprano”, concluye.

¿Inflación importada? Por su parte, Camilo Tiscornia, director de C&T Asesores Económicos, advierte que no hay forma de reconstituir reservas de esta manera. “El Gobierno tiene la idea de que en todo este flujo hay algo transitorio por el pico de importaciones de energía y en parte es cierto, pero no en la magnitud que se precisa para equilibrar la balanza”, explica.

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Su visión es que la gran incógnita sigue siendo si se podrá hacer el giro necesario sin una devaluación en el camino, porque lo que ve del retaso del tipo de cambio, que va más allá de lo coyuntural.  “Con el aumento del valor del petróleo, se incrementaron las importaciones y también quedó atrás el pico de marzo en el precio de los productos exportables; incluso hasta podrían bajar un poco más por la recesión mundial”, agrega.

En los Estados Unidos, la Reserva Federal (una suerte de Banco Central para aquel país), va subiendo la tasa de interés mirando con mucho cuidado la inflación por un lado y el desempleo por otro. En julio, el índice de precios bajó a 8,3% interanual (4,9% el promedio de los últimos tres años) y ya en mayo la actividad económica parece haber salido de la zona negativa del último trimestre del 2021 y el primero de este año.

A nivel local, Tiscornia ve que si se trata de evitar una devaluación es a costa de restringir importaciones y eso genera una merma en el nivel de actividad económica. “Aún tenemos un déficit fiscal muy grande y eso implica más emisión futura. Por eso, con instrumentos exclusivamente monetarios y estas tasas, no se altera la ecuación”, agrega. Además, a medida que el piso del IPC sube, se desatan mecanismos de indexación: “el Banco Central devalúa más rápido, sube el gasto público, aumentan las tarifas, los salarios y hay más emisión. Por eso está lanzada la tregua reciente por 60 días que fracasará si no hay un ajuste fiscal en serio”, concluye.

Las alternativas. La imagen de un contador de reservas que mara el descenso implacable a medida que se suceden roscas palaciegas (no sólo en el quinto piso del Ministerio de Economía) y se dilatan las medidas que podrían al menos frenar el drenaje, hace cada vez menos intolerable tomar ciertas decisiones. Una es la de utilizar los encajes a los depósitos en dólares que, hasta ahora, permanecieron intocables. Gismondi estima que los que corresponden a tenedores privados, hasta el 4 de agosto venían subiendo y se ubicaban en torno a los US$14.700 millones. Otra es la que se venzan las resistencias a achicar la brecha cambiaria convergiendo en algún tipo de banda cambiaria, para cortar el adelantamiento de pedidos de importación y fomentar la liquidación de exportaciones, sin que se vuelque a precios.

A un año del inicio de las elecciones, la decisión de este volantazo debería tomarse lo antes posible para poder cosechar, al menos, los beneficios de un clima económico menos inestable. Desde ahora, cualquier medida de contención fiscal es mala palabra para el oficialismo: todavía no llegaron las nuevas facturas con tarifas que podrían ser hasta 200% más altas que se estima ya quedarían erosionadas por la inflación para fin de año. Pero ese esfuerzo sólo recompensaría con un 0,2% del PBI en el mejor de los casos.

Quedará entonces para más adelante un cambio estructural en la composición del gasto público y en su esquema de financiamiento, imposible de realizar con tan pocas espaldas y, sobre todo, con el único consenso con que cuenta el Gobierno puertas adentro: el temor a un desbarranque de la economía.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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