Lunes 2 de agosto, 2021

ECONOMíA | 26-02-2021 15:27

Por qué Martín Guzmán es el ministro mimado del establishment

Los empresarios descubrieron en el titular de Economía la sensatez que no ven en el resto del Gobierno. ¿Proyección política?

Aún se discute quién lo inició. Si fue algún funcionario camuflado o los empresarios que ese día estaban presentes en el salón del Bicentenario de la Casa Rosada, pero ese 11 de febrero se recordará como el día que los asistentes aplaudieron los conceptos que remarcaba el ministro de Economía, Martín Guzmán. No fue el primero ni será el último titular de Hacienda que pasaba a convertirse en el niño mimado del establishment local.

Lo que dijo ese día Guzmán fue casi una verdad de Perogrullo para los empresarios en general: la inflación es el síntoma de un desequilibrio macroeconómico, el Gobierno tiene responsabilidad en gestionar el déficit fiscal y eso es algo que hace a la sustentabilidad general de la economía. Los que lo siguieron en el uso de la palabra, su colega de gabinete Matías Kulfas (Desarrollo Productivo) y el Jefe de Gabinete Santiago Cafiero, no desentonaron, pero el aplausómetro no registró movimiento alguno. “Fue un momento un poco incómodo, pero lo que escuchamos de boca de Guzmán era música para nuestros oídos, sobre todo en este momento. Que alguien lo exprese nos sorprendió, por eso el contraste”, recordó un empresario. Es que dijo lo que querían escuchar, una definición tajante que iba más allá de los recovecos dialécticos con sabor a nada con los que los políticos en campaña los acostumbraron.

La reunión pintaba para una más de las que en tiempos de alto voltaje político se organizan para tratar de parar la pelota y relanzar la vieja idea de un consejo económico y social. En otra reunión paralela, se recibió a los sindicalistas, ahora preocupados por la salud de sus obras sociales y la caída en el empleo registrado. El contexto era una inflación (se dio a conocer al día siguiente) del 4% mensual para el mes de enero, repitiendo la cifra de diciembre y un 38% interanual, pero en franco ascenso. El sondeo que organiza el Banco Central entre las consultoras, apunta a un consenso entre los economistas privados: 50% anual de inflación para este año y una economía que se recuperaría un 5,5% (frente a una caída del 10% en 2020) lo que augura que recién en dos años la actividad podría normalizarse. La ansiedad por lograr resultados en el corto plazo en un año electoral alienta la exposición de las lógicas divergencias en una coalición de gobierno “catch-all” como ésta.

Diversidad

La última disidencia interna en la orientación de la política económica justamente tenía que ver con el tema más preocupante para los empresarios: la inflación. Mientras la ortodoxia del ministro de Economía apuntaba a un mea culpa estatal por generar déficits reiterados y socavar un equilibrio macroeconómico, otras voces apuntaban a la concentración de la oferta, la cartelización de la producción y distribución de artículos de primera necesidad. En el extremo, el desdén a la mirada sobre la emisión monetaria como causante de los males mayores y la desconfianza en el sector privado como motor de la inversión, el empleo y el crecimiento. De hecho, en la última década al menos, estas tres variables se estancaron y tuvieron bruscas caídas. En una economía sin crédito externo ni ahorro interno, con déficit fiscal financiado por emisión monetaria o por una presión impositiva creciente, hubiera sido un milagro que aumentara la inversión y por consiguiente el empleo. El crecimiento económico no es más que una consecuencia de ello y la pobreza, la contracara de un sistema que clama un reseteo general.

¿Es Martín Guzmán el garante para tal cambio o una valla de contención a otras ideas que espantan los “espíritus animales” del capitalista, como los describía Keynes? Para empezar, la figura del joven economista (nació en 1982) resultaba una incógnita cuando fue nombrado por Alberto Fernández y su primera prueba de fuego fue la renegociación de la deuda con los bonistas. El resultado final estuvo en línea con lo esperado quizás ayudado por el inicio de la pandemia que desinfló las expectativas de los acreedores, también golpeados en otros mercados. “Que luego los resultados que se pueden medir por los rendimientos de los bonos renegociados, no hayan acompañado no habla mal de su buena gestión sino de la economía argentina en general”, reconoce Horacio Reyser, exsecretario de Relaciones Económicas Internacionales y director de la Fundación Argentina Global.

En voz alta dice lo que otros prefieren trasmitir desde el anonimato: el Gobierno no tiene un plan económico de largo plazo y por eso los resultados van surgiendo de las discusiones internas que no se saldaron todavía. Por eso, la figura de Guzmán se contrapone con otras que “estigmatizan” el rol de la empresa y que sólo apuntan a la distribución como objetivo.

Las virtudes que ven en el actual ministro de Economía son varias y nada desdeñables. La primera es que se trata de un economista con buena formación, que entiende los problemas desde una visión macro que no es común encontrar entre todos los últimos ocupantes del Palacio de Hacienda. Su alma mater es la Universidad Nacional de La Plata, donde obtuvo su licenciatura y dónde conoció a su mentor, Daniel Heymann, un economista profesor de profesores, egresado de la UBA y con un doctorado en la Universidad
de Los Ángeles que hoy es asesor del Ministerio. Continuó sus estudios en la Universidad de Brown y fue invitado por Heymann como comentarista a una conferencia en Buenos Aires donde conoció al Premio Nobel, Joseph Stiglitz. En 2013 era su profesor ayudante en la Universidad de Columbia y publicaban artículo

 El pensamiento íntimo de Guzmán

Lo que piensa Martín Guzmán sobre la orientación que debería tener la política económica es a veces un misterio. Pero un paper de 2018, “Real exchange rate policies for economic development” (Políticas de tasas de cambio reales para el desarrollo económico) escrito justamente con Stiglitz ofrece algunas pistas.

En síntesis, lo que aborda es el rol de un tipo de cambio real estable y competitivo (TCREC) como palanca para el desarrollo económico, asociado a la utilización de políticas industriales, para lo cual es necesario contar con un sistema de tipos de cambio múltiples que permita generar incentivos para la inversión en sectores transables y que “derramen” efectos positivos sobre el resto de la economía.

El documento no especifica políticas vinculadas la cuestión fiscal pero la insistencia en el término” macro estabilidad”, lleva a imaginar una situación fiscal ordenada con superávits necesarios para que el Tesoro cumpla sus compromisos e invierta en infraestructura y capacitación laboral. Por último, hay referencias al período 2003/8 como un ejemplo de consistencia macroeconómica y el objetivo de acumular reservas para estabilizar el tipo de cambio. 

Siguiendo esta línea de pensamiento y comparado con la matriz de política económica, hay diferencias sustanciales y la primera tiene que ven con lo que los economistas ortodoxos encuentran como la raíz de todos los males: el desequilibrio fiscal. Lo que podría ser una debilidad, otros lo ven como una fortaleza. “Guzmán no entra en batallas que sabe va a perder, por eso hay cuestiones conflictivas por las que ni se asoma, sobre todo cuando la iniciativa viene de otra ala del Gabinete” apunta otro empresario.
En sus 14 meses de gestión, el ministro acumuló desgaste, pero también incorporó apoyos a su posición.

Si bien sus modales educados, el medir cada palabra y su empatía en las relaciones le evita enfrentamientos inútiles, sus “enemigos” internos se enfocan más en el rol que en la persona. No es raro que en un Gobierno que repitió el diseño de Mauricio Macri con la atomización de la cartera de Economía, las áreas superpuestas y las contradicciones funcionales multiplicardas. Es la herencia de no querer ver ministros todopoderosos, luego de las experiencias traumáticas (para el poder político tradicional) de Domingo Cavallo y Roberto Lavagna.

La piedra en el zapato, tarde o temprano, se termina sintiendo y el resultado es siempre el mismo: la puerta de salida. Ambos, además, comparten un mismo camino: de niños mimados del gobierno, ratificados en el siguiente, que tuvieron que irse con ruido por discrepancias con su presidente y luego fueron terceros en discordia en las elecciones.¿Será también el camino marcado de Martín Guzmán? Nadie oyó hablar todavía de un proyecto político que lo tenga como figura estelar, pero nadie se anima a descartarlo visto su buen olfato y cintura política. Pero como aclaraba un empresario de mil batallas, “todavía falta mucho para que este partido sea una victoria. Vamos a ver cómo termina todo después de las elecciones”.

Amigos y enemigos de Martín Guzmán

Con el Banco Central, lógicamente, tuvo sus  contribuidas y vueltas, pero el contrapunto se hizo más notable cuando el organismo presidido por Miguel Pesce tomó decisiones sobre control de cambios, cepo a las importaciones, letras dolarizadas o reglamentaba en materia bancaria con ruido en el mercado. La emergencia todo lo perdona, pero el disenso, más o menos encubierto, estaba.

En el caso de Matías Kulfas, había áreas (como Energía o financiamiento a políticas industriales) que lógicamente separaban aguas. Pero la gota que rebasó el vaso fue el comunicado del miércoles 17 de febrero del Ministerio de Desarrollo Productivo, imputando por delitos de desabastecimiento a las empresas “por retención en sus volúmenes de producción o falta de entrega de determinados productos de consumo masivo para su comercialización”. Intentando parar la pelota, las compañías aludidas por la Subsecretaria de Acciones para la Defensa de las y los Consumidores (Mastellone, Fargo, AGD, Danone, Molinos Cañuelas, Bunge, Molinos Río de la Plata, Unilever, P&G, Paladini y Potigian), no echaron nafta al fuego. Muchas de ellas son las que están invitadas al gestar una suerte de acuerdo económico-social junto con los sindicatos, hoy más interesados en no desfinanciar sus obras sociales que en conseguir aumentos de productividad. Siempre quedará la duda si se trató de una señal del ala cristinista del Gobierno para cortar tanta dulzura con Economía o simplemente una descoordinación.

Tampoco se conoció la opinión oficial de su cartera con respecto al proyecto oficial, con fuerte aliento massista, de elevar el piso de Ganancias para que un millón de contribuyentes quedarán exentos, al menos por este año. En momentos en que se negocia con los técnicos del Fondo una mejora en la recaudación para bajar el rojo fiscal, esta iniciativa va a contramano de lo que pide el manual del buen economista global: universalizar los impuestos directos y minimizar los indirectos (como Ingresos Brutos) o al consumo (como el IVA). Un desacople más. Tampoco intervino ni fue una iniciativa de su equipo las propuestas supuestamente extemporáneas de la diputada Fernanda Vallejos, una economista de la UBA que supo ser la cabeza de lista en las elecciones de 2017. El pedido de estatización de Vicentin y del comercio exterior, la creación de las juntas reguladoras o reforzar el control de precios no tienen su aval.

A veces son globos de ensayo para sondear la opinión pública o parte del menú de vamos por todo para quedarse con algo. Pero también el ministro ve que algunos proyectos “raros” terminaron teniendo fuerza de ley, como el del impuesto a la riqueza, de recaudación incierta, pero de segura judicialización.

La figura de Cristina Fernández de Kirchner aparece siempre como la gran validadora de su rol dentro del Gobierno. Algunos lo semejan al que alguna vez tuvo Miguel Galuccio, otro profesional que venía de fuera del universo político, con experiencia en la élite mundial y que estaba dispuesto a poner el hombro y hacerse escuchar por quien tiene el poder de veto mayor. Los testigos de conversaciones dicen que Guzmán es muy cuidadoso de su relación con la vicepresidenta, sabe que de su pulgar depende su salida o su permanencia
en el Gobierno, al menos por ahora. Una condición necesaria, pero no suficiente para lograr sus objetivos. Y esta peculiaridad también es percibida por empresarios: lo ven como una puerta abierta para poder hacer llegar inquietudes o también enterarse de qué va la cosa en la caja negra que para los que no son expertos en mercados regulados, es el Instituto Patria.

Por último, el gran apoyo que tiene Martín Guzmán es el propio Presidente. Él tomó la decisión de nombrarlo, es cierto que con la presentación de alguien tan escuchado por CFK como Stiglitz, pero asumió el riesgo. Quizás fue una fórmula de acuerdo, una de las pocas, entre ambas facciones del Gobierno. En todos los demás ministerios, se puede contar la pertenencia a una u otra ala o incluso, dentro de cada dependencia hay fidelidades cruzadas. Pero en Economía se da un caso extraño: por ahora
 

Cónclave vaticano

Otro de los ámbitos en que Martín Guzmán se movió con cierta comodidad es el de las instituciones internacionales. En febrero del año pasado, acudió a un seminario en el Vaticano, sobre economía y orden social, presidido por el Papa Francisco y al que acudió, de la guía experta del secretario presidencial Gustavo Beliz, para poder dialogar con otra asistente estrella, Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, especialmente sobre la problemática de la deuda externa de los países en medio de la pandemia. Las fotos no escasearon y todo parecía indicar una alineación natural con el aliento del Vaticano hacia un nuevo orden económico internacional. Pero como advierte un conocedor de la jerarquía romana, sería un grave error que esto solucionará de por sí solo un acuerdo con los acreedores internacionales. Confundir la posición argentina con
la de otros países de desarrollo mucho menor o con serios problemas de subsistencia, sería un grave error.

Por otro lado, el FMI todavía debe explicar internamente la exposición que tuvo con los préstamos-salvavidas que le otorgaron al gobierno de Mauricio Macri cuando se cortó el chorro del fondeo voluntario internacional y las cuentas todavía no estaban saneadas. El Gobierno apuesta a que se cierre pronto, pero las garantías de cumplimiento que exige el staff profesional del organismo a su principal deudor, un defaulteador serial, no serán pocas ni leves. Es la auténtica prueba de fe. En esto, no hay milagros.

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