A veces visible, otras no, pero siempre genera huellas y una sensación difícil de explicar: sentirse diferente. Modifica planes, interrumpe juegos, altera la cotidianeidad, obliga a convivir con situaciones que ningún niño debería naturalizar. Poco a poco, el dolor corre riesgo de ocupar espacio, sin que nadie lo decida, el síntoma puede comenzar a definir cómo los ven los demás y cómo se ven a sí mismos.
Aun así, nos enseñan algo que los adultos solemos olvidar con facilidad: el dolor es una parte de su historia, pero no de toda su identidad. Siguen necesitando jugar, aprender, aburrirse, compartir con amigos, reírse de cosas simples...siguen necesitando ser vistos, antes que nada, como niños.
También están las familias, madres y padres que pasan noches en vela, observando respiraciones, controlando medicaciones o esperando resultados; sosteniendo una dinámica familiar que no se detiene, mientras conviven con la incertidumbre y a su vez cargan con una sensación de impotencia difícil de nombrar: ver sufrir a un hijo y no poder quitarle el dolor. Es vital y prioritario poder escucharlos, que alguien reconozca que detrás del diagnóstico existe una experiencia emocional enorme, que no siempre encuentra escenario donde ser dicha.
Por lo tanto, cuando el dolor persiste, el desafío no es únicamente aliviar el sufrimiento físico, también implica proteger lo que hace que la infancia siga siendo infancia: la alegría, los vínculos, los proyectos pequeños, los momentos de bienestar. Acompañar significa abrir espacios donde el dolor no ocupe siempre el centro.
Ningún niño debería atravesar el dolor en soledad, tampoco las familias que los sostienen.
Quizás una de las preguntas más importantes para padres, profesionales y cuidadores no sea solamente cuánto duele. Quizás sea: ¿cómo podemos ayudarlo a seguir siendo niño mientras atraviesa todo esto?.
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por CONTENTNOTICIAS


















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