lunes, noviembre 11, 2019

MUNDO | 18-10-2019 11:30

Mozambique, el país de los ciclones

Crónica desde el infierno del sureste africano. La ayuda humanitaria.

Los desastres naturales han devastado dos veces la vida de Joao Deluis. Primero, él y su familia tuvieron que dejar su casa debido a una inundación. Fueron reasentados en un terreno a las afueras de Beira, una de las mayores ciudades de la costa mozambiqueña.

Allí, en una tierra seca y polvorienta, ellos y decenas de familias más comenzaron a reconstruir sus vidas. Entonces llegó el ciclón Idai. “Destrozó todo lo que habíamos construido”, recuerda Joao seis meses después de la catástrofe natural. Él, su mujer y sus dos hijos viven desde entonces en una tienda de campaña. Sus escasas pertenencias abarrotan el pequeño espacio. El sol abrasador y la humedad se hacen sentir bajo la lona de plástico.

Pero lo peor es que Idai destruyó a su paso el sustento de este hombre de 31 años y de su familia: su pequeño huerto. Faltaba poco para la cosecha cuando en la madrugada del 15 de marzo el ciclón tropical intenso tocó tierra en Beira. “Hemos perdido todo”, se lamenta Deluis.

Lo mismo le sucedió a decenas de millares de personas. El ciclón azotó el sureste africano, afectó a unos tres millones de personas en Mozambique, Zimbabue y Malawi y provocó al menos 600 muertes.

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Aproximadamente un mes más tarde el norte de Mozambique fue golpeado de nuevo por un segundo ciclón: Kenneth. Las secuelas son todavía evidentes. La mayor parte de los afectados son pequeños agricultores que perdieron sus cosechas.

Desesperados. La Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC, por sus siglas en inglés) estima que 1,6 millones de mozambiqueños no han tenido suficiente para comer desde abril hasta septiembre de este año. No se trata sólo de los golpeados por el ciclón en el centro del país sino también de los afectados en el sur por la sequía y en el norte por el ciclón Kenneth.

Por si fuera poco, la catástrofe producida por Idai pone en peligro el futuro de las personas de la región ya que destruyó las semillas destinadas a la próxima cosecha.

De hecho, según el IPC, la situación podría agravarse y ser aún más dramática: entre octubre de este año y febrero de 2020, el número de personas padeciendo serias dificultades para alimentarse podría aumentar a 1,9 millones. Según Ángel Vázquez, del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), no se descarta que se produzca una crisis alimentaria.

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La magnitud de la destrucción provocada por Idai todavía es patente en Beira, cuya población asciende a 500.000 habitantes. En las playas de arena blanca hay árboles caídos cuyas raíces se elevan como tentáculos de pulpo en el aire.

En una escuela de Dondo, a las afueras de la ciudad, los niños reciben clase bajo tiendas de plástico porque en sus aulas el fuerte sol del mediodía abrasa a través del techo roto los bancos donde deberían estar sentados. Mientras, miembros de la organización CARE se afanan por construir nuevas letrinas para la escuela debido a que las anteriores quedaron en ruinas.

Para algunos lo peor fue el viento. Derribó árboles y arrancó los tejados de las casas, a menudo simples techos de hojalata, demasiado caros para ser reemplazados. Para otros, fue la lluvia incesante durante días que destruyó las sencillas chozas hechas de paja y barro.

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Para Luisa José, sin duda lo peor fue la cantidad de agua salada arrastrada por el mar que anegó su huerto y arruinó la cosecha de arroz. “Todas las plantas fueron destruidas”, dice la mujer de 70 años con el ceño fruncido. Se ha reunido junto a otras mujeres en un centro comunitario en su vecindario de Beira donde explican que el agua marina también destruyó sus provisiones de semillas.

“No tenemos nada que plantar”, dice Helena Augusto, con su bebé de tres semanas, envuelto en una tela de colores, en brazos.

Ayuda. Parte de la población sí que puede esperar una pequeña cosecha entre septiembre y octubre. Inmediatamente después del ciclón, miembros de las organizaciones de ayuda se apresuraron a distribuir semillas entre los agricultores afectados para que pudieron plantar rápidamente algo antes de que comenzase la estación seca.

Algunas zonas estaban completamente sumergidas bajo el agua y eran sólo accesibles por barco o helicóptero mientras que otras estaban enterradas bajo una capa de barro de un metro de grosor.

El CICR distribuyó semillas de maíz, frijoles y sorgo así como esquejes y raíces de batatas a unas 21.000 familias, indica Vázquez. “Si la próxima cosecha fracasa, tendremos una población amenazada por la inseguridad alimentaria”.

También hay excepciones: pequeños agricultores que se recuperaron por sí mismos. Charles Grimo, por ejemplo, cultivaba lechuga y col además de arroz. Su cosecha fue completamente destruida por el ciclón, explica el hombre de 44 años mirando su campo.

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Pero las verduras crecen más rápido que el arroz, el maíz y las batatas. Con un poco de agua del pozo, pueden incluso crecer durante la estación seca, explica.

Para muchos otros la perspectiva es bien distinta. “El 50 por ciento de los habitantes de Beira está de un modo u otro afectado por el ciclón”, cuenta Bonissa Sitole, jefe de agricultura de la administración del distrito. La situación es similar en el resto de regiones afectadas.

La organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, ya ha comenzado a distribuir semillas y aperos a 11.000 familias para la próxima cosecha. CARE también está trabajando con otras organizaciones para proporcionar semillas a miles de familias. Pero hay que esperar para vislumbrar el primer rayo real de esperanza: la gran cosecha de la próxima primavera.

(Desde Mozambique, para DPA)

por Gioia Forster

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