Viernes 29 de mayo, 2020

SOCIEDAD | 31-01-2020 11:42

Crimen en Gesell: el fatal club de la pelea

Cómo son, piensan y actúan los rugbiers acusados de matar a Fernando Báez Sosa. Crisis de masculinidad, hedonismo y manada.

La primera reacción fue de desconcierto. El sábado 18 de enero se supo que a Fernando Báez Sosa lo había asesinado a golpes un grupo de diez jóvenes en Villa Gesell. El supuesto motivo tenía que ver con una discusión dentro de un boliche, donde la víctima le había manchado con vino la camisa a uno de los victimarios. Un episodio menor que desató una furia salvaje y sin sentido. La segunda reacción, atravesada por la indignación nacional, fue la de intentar encontrar una explicación a semejante acto de brutalidad. Que los agresores fueran jugadores de rugby se convirtió en el eje debate. Durante días se discutió si las características de este deporte lo convertían, en sí mismo, en un semillero de violentos. Sin embargo, las horas corrían y los videos de piñas y excesos en la costa no paraban de aparecer. La semana terminó con un dato escalofriante: por año, mueren por agresiones más de 600 varones de entre 15 y 29 años. Protagonistas de un club de la pelea macabro, los rugbiers detenidos son -según los especialistas- la máxima expresión de un modelo que falló.

Según pudo saber el equipo de NOTICIAS que trabajó en Villa Gesell, el abogado de los detenidos, Hugo Tomei, se esfuerza para que la causa sea caratulada como “homicidio en riña”, un delito que prevé una pena de dos a seis años de prisión. Para los investigadores, sin embargo, se trató de un “homicidio agravado por concurso premeditado de dos o más personas y alevosía”. La pena máxima es de prisión perpetua. El defensor intentará explicar que los rugbiers no quisieron asesinar, que no son chicos peligrosos y que la golpiza se les fue de las manos.

Todo lo que sucedió en las horas posteriores al asesinato complica su situación: después de matar a Fernando, las autoridades dejaron trascender que dos fueron a un local de comida rápida y luego todos a dormir. Cuando la Policía llegó al domicilio donde se hospedaban, involucraron a otro joven de Zárate, Pablo Ventura, quien no es amigo del grupo y ni siquiera estaba en Villa Gesell. Pablo estuvo detenido cuatro días y luego de que fue liberado se supo que, durante años, había sido víctima del bullying de este grupo, que usaban su nombre como un latiguillo cada vez que había que acusar a alguien y jugaron con esa “broma” hasta el minuto antes de ser esposados.

Por eso, más allá de los intentos que haga Tomei para insistir en que éste fue un episodio aislado y que son “chicos de buena familia”, este grupo tiene sus antecedentes. En su ciudad son conocidos por tener problemas de forma permanente. Siempre moviéndose en manada y con actitud prepotente, todos en Zárate reconocen, después de la tragedia, que hubo alertas que los adultos no supieron o no quisieron observar.

Luciano Lutereau, psicólogo y doctor en Filosofía, subraya la necesidad de ir más allá de este crimen. Para él, el tema no puede analizarse únicamente en función del rugby como deporte sino que se debe pensar en conceptos como los modelos de masculinidad, las lógicas de crianza de las clases media, la crisis en el pasaje de la adolescencia a la adultez y la no conciencia de que se habita un espacio público con otros. “Matar o morir es la encrucijada en la que se encuentra un pibe adolescente varón de hoy”, concluye.

Fama sin control. Los videos que registraron el asesinato de Fernando afuera del boliche Le Brique expusieron en qué puede terminar una noche de verano. Las piñas y patadas a Fernando parecen, por momentos, un espectáculo que se filma para redes. Nadie se mete. No aparece ningún policía ni tampoco los guardias del establecimineto. Cuando los golpes terminan, sólo una chica de 17 años se acerca para hacerle maniobras de RCP. La ayuda otro joven, más tarde llega un oficial. 40 minutos después aparece la ambulancia. Ya es tarde.

Sin embargo, para la investigación, los videos resultaron fundamentales. La fiscal de la UFI N°6 de Madariaga, Verónica Zamboni, se basó en las imágenes para imputar a Máximo Thomsen (20) y Ciro Pertossi (19) como coautores de homicidio. Al parecer, ellos le habrían pateado la cabeza a la víctima. Para confirmarlo, se peritará una zapatilla ensangrentada y se la comparará con las marcas en el rostro del joven. Los otros ocho fueron imputados como partícipes necesarios. Se trata de Matías Benicelli (20), Ayrton Viollaz (20), Luciano Pertossi (18), Lucas Pertossi (20), Alejo Milanesi (20), Enzo Comelli (19), Juan Pedro Guarino (19) y Blas Cinalli (18).

El martes 21, un equipo de NOTICIAS se trasladó a Zárate. En esta localidad bonaerense de 98 mil habitantes, no se habla de otra cosa. Las casas de los detenidos están vacías y los vecinos hablan con la prensa: “Alejo parecía tranquilo, pero las juntas que tenía no”, cuenta una mujer que conoce a los Milanesi. Un comentario similar hace una chica que conoce a Guarino: “Juan Pedro es tranquilo, pero cuando está en grupo es otro. Los peores son los Pertossi”, dice.

El apellido Pertossi aparece en cada vecino. Todos cuentan que el hermano mayor de Lucas está preso. En la comisaría local, uno de los oficiales que participó en su detención relata en off: “Había entrado a robar a una casa con una escopeta. No tienen necesidad de robar, pero siempre están haciendo alguna así”.

La posición social de los jóvenes fue un asunto que se debatió. En el caso de Lucas Pertossi, según sus vecinos, su padre es ingeniero y trabaja con clientes como Monsanto. En su cuadra todos se quejan del desorden, de las motos circulando a toda hora, de los excesos familiares.

Ninguno de los detenidos tiene un origen marginal. Sin ir más lejos, Thomsen es hijo de una funcionaria municipal que tuvo que pedir licencia por tiempo indeterminado. En los días posteriores al crimen, según contó una tía de la mujer en la televisión, le hicieron un escrache en el edificio municipal. Entre los padres también hay contadores y profesores.

La mitad de los chicos fue al Estrada, un colegio local de gestión privada, y la otra mitad al Industrial. Se conocen de toda la vida, se hicieron amigos jugando al rugby en el Club Náutico Arsenal Zárate.

De ahí el debate alrededor de este deporte. Juan Branz es investigador del CONICET y autor del libro “Machos de verdad. Masculinidades, deporte y clase en Argentina”. Para él, el lugar de pertenencia de este grupo puede explicar parte del origen del problema: “En Argentina, desde hace más de cien años, el rugby es una de las instituciones que garantizó y garantiza un espacio de distinción cultural. En mi trabajo investigué cómo se autoperciben los varones de clases dominantes que practican este deporte. La conclusión fue que se autoperciben como sujetos de y con prestigio, cuyo capital simbólico opera eficazmente tanto hacia adentro como hacia afuera”. Pero para ser considerado parte, hay que pasar pruebas: “Dentro de la mitología del rugby, la práctica de enfrentamientos es vieja, la violencia como forma de vínculo con la otredad. Se trata de exhibir potencia física”.

En los hechos, este grupo se movía de esa forma. “Yo me saludo con todos. Sabés que si te peleás con uno, te vienen todos. Es mejor llevarse bien”, cuenta un chico de 18 años. Las anécdotas abundan. Comelli, por ejemplo, trabaja como tarjetero de un bar que se llama Federico Chopín. “Él está en la puerta y te dice quién entra y quién no. Siempre tiene peleas. Hace unas semanas, a un amigo mío lo sacó del boliche por ser gay. Lo lastimó, lo empujó”, cuenta una chica que los conoce.

En la fiesta del 31 de diciembre que se hizo en el Club Náutico Zárate, a Lucas Pertossi lo tuvieron que sacar entre cuatro por haber iniciado una pelea. Otros recuerdan las corridas que hubo en enero del 2019 en el Club Pinarel, donde estaban algunos de los detenidos y un chico terminó en coma por una golpiza. “Eran de ese grupito. Eran un montón contra uno solo que quedó tirado al lado de la camioneta”, cuenta un vecino. Esa noche también hubo filmaciones y el episodio fue noticia. Sin embargo, no hubo denuncia.

El apoderado del club en el que entrenaban los detenidos reconoció que, para los jugadores, “era una práctica habitual golpear a una sola persona entre varios”.
 

Ana Miranda, responsable del Programa de Investigaciones de Juventud de FLACSO Argentina, va más allá e insiste en que la responsabilidad en sí no se debería depositar en un deporte como el rugby sino en los grupos de adultos alrededor de estos jóvenes: “Lo de Villa Gesell no es un episodio aislado. Esta violencia se ve de forma cotidiana en fiestas de egresados, en viajes, en los espacios de tiempo libre de los jóvenes. Cuando una conducta se presenta como una conducta reiterada, debe haber algún nivel de intervención. Son personas que forman parte del sistema educativo. Habría que pensar qué hicieron antes los dirigentes del club, qué hizo antes la Justicia”. Los números le dan la razón: el informe de Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud de la Nación reportó que en 2018, 604 varones de entre 15 y 19 años murieron víctimas de agresiones.

Viejos ritos. El ataque en manada trajo a la memoria episodios similares. Laura Quiñones Urquiza, psicóloga y diplomada en Criminología y Derechos Humanos, insiste: “Una persona estando sola es alguien quien podría tener diques inhibitorios, frenos morales. No se atrevería a hacer ciertas cosas, pero sí en grupo. El grupo te da anonimato y la sensación de ausencia de responsabilidad que se relaciona con la impunidad”.

La idea de manada está asociada a la de las construcciones de lo que es "ser hombre": "En ciertos sectores, la masculinidad todavía se certifica”, sostiene Branz. Al igual que todos los especialistas consultados, subraya hace hincapié en este punto e insiste en la necesidad de intervención adulta.

La fuerza, la dominación, la complicidad y el famoso “pacto de hombres”, otra vez, terminó con una vida. Los detenidos y sus padres permanecen en silencio. Apenas unos pocos familiares directos se animaron a esbozar alguna justificación: “Es el alcohol”, dijo una abuela. “Capaz no se dieron cuenta que lo habían matado”, dijo el hermano de otro.

Sin control adulto, criados en un ambiente en el que se les hizo creer que eran los dueños del mundo, los rugbiers ahora se enfrentan a la posibilidad de pasar 25 años en la cárcel. El pedido de Justicia por Fernando se volvió masivo y, esta vez, no van a poder zafar.  

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Giselle Leclercq

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