Friday 16 de October, 2026

SOCIEDAD | Hoy 07:55

El drama de los Yankelevich: un caso testigo

La denuncia de Valentín contra su padre por violencia dejó al desnudo la impericia de instituciones y adultos que no escucharon.

"A mí nunca me gustó estudiar, pero las ocho horas que pasaba en el colegio eran las mejores horas del día porque no volvía a mi casa. Sabía que volvía y se desataba el infierno”. Con este estremecedor testimonio, Valentín Yankelevich denunció públicamente el calvario de violencia física y psicológica que habría sufrido durante su infancia a manos de su padre, Darío Giordano, tras la muerte de su madre Romina Yan. Y continuó: “Desde agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida fría, apoyarla en el piso y decirme: 'tomá, comé'”.

El relato del joven apuntó no solo a las agresiones sufridas en el seno familiar, sino también las fallas sistemáticas de las instituciones encargadas de velar por su bienestar. La escuela representó un refugio temporal únicamente porque le permitía estar lejos de su casa, pero habría fallado en advertir las señales de alerta y en brindar la contención necesaria a un alumno traumatizado. Más grave aún habría sido la actuación de la profesional que lo atendía. Según Valentín, la psicóloga a la que asistía le transmitía al padre en cuestión lo que el menor le confiaba en terapia, acción que desataba mayores represalias, cuando en realidad tendría que haber indagado más en el tema y realizar la denuncia respectiva. Sobre este punto, la licenciada en Psicología Rita Marcastell aclara: “Cuando un psicólogo toma conocimiento de que un chico está sufriendo violencia física por parte de su padre, lo primero es priorizar la seguridad del menor. Hay que escucharlo, tomar en serio lo que cuenta, evaluar si está en riesgo y actuar para que esa situación no se siga repitiendo. El profesional tiene que registrar todo lo que relata de manera objetiva y dar intervención a los organismos de protección que corresponde. En Argentina existen obligaciones legales de comunicar y denunciar situaciones de violencia y vulneración de derechos de niños y adolescentes. La Ley 26.061 establece el deber de comunicar estas situaciones a los organismos competentes, y en la provincia de Buenos Aires también hay que considerar la Ley 12.569 de violencia familiar”.

Refugio. La intervención de Gustavo Yankelevich, su abuelo materno, fue determinante para salvar a los dos, tanto a Valentín como a su hermano Franco. El productor relató que recibió advertencias sobre el estado emocional de Valentín, gracias a Marisa Brel, la periodista cuya hija era amiga del joven, que lo contactó para transmitirle la preocupación. El chico expresaba un sufrimiento extremo y manifestaba que no quería seguir viviendo. Aquella señal alertó al abuelo sobre la gravedad del cuadro. Legalmente, la Justicia le otorgó el cuidado de Franco y Valentín, mientras que Azul permaneció conviviendo con Giordano y su nueva pareja. Según reveló Gustavo, el padre no ejercía violencia física contra la niña, sino que la apartaba y la llevaba a caminar fuera de la casa cuando comenzaba a gritar antes de golpear a los hermanos. Con el tiempo, Azul normalizó haber presenciado cómo su padre arrastraba a sus hermanos de los pelos por las escaleras sin comprender que eso también constituía maltrato.

Giordano, por su parte, rechazó las acusaciones. En un comunicado sostuvo que nunca hubo episodios de violencia en su familia y señaló que la causa judicial concluyó con su sobreseimiento en 2018, aunque vale aclarar que fue por prescripción y no porque haya sido encontrado inocente. Reconoció que pudo haber cometido errores como padre, pero negó los hechos denunciados. Gustavo cuestionó públicamente la interpretación de ese desenlace. Las acusaciones no son hechos judicialmente probados, pero sí llama la atención que haya sido la Justicia la que le otorgó la tenencia al abuelo.

En 2018, durante el homenaje "ViveRo", Giordano estuvo presente junto a Azul, que participó del espectáculo. Gustavo aclaró que su exyerno no había sido invitado por la organización, sino que había acompañado a su hija. El episodio mostró hasta qué punto la historia familiar permanecía oculta para el público.

Confesionario. En los últimos días se supo que Valentín aceptó dar la entrevista a Infobae para ayudar a otros chicos que podrían estar pasando lo mismo. Entonces el tema se vuelve transversal: ¿cómo reconocer el maltrato cuando los chicos no pueden o no se animan a hablar? María Fernanda Rivas, licenciada en Psicología y coordinadora del departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina, señala que la prepubertad y la adolescencia pueden modificar el vínculo entre padres e hijos. La rebeldía, la confrontación y los cambios de conducta pueden desbordar a un adulto que no logra procesarlos, pero nunca justifican el castigo violento. “En el caso de la familia Yankelevich el rol de los adultos era calmar a esos tres niños; contenerlos, ofrecerles alternativas de procesamiento del dolor que genera el duelo. Que evidentemente no existió, al contrario. Y cuando el maltrato se instala, los chicos pueden llegar a creer que merecen lo que les sucede o que son responsables de las reacciones de sus padres”, afirma y agrega: “Esa culpa, sumada al miedo y a la necesidad de conservar el afecto de la persona que los cuida, dificulta que pidan ayuda”.

“Los chicos no siempre tienen palabras para expresar lo que padecen”, relata la especialista. A veces se manifiestan a través del juego, de síntomas físicos, de tics o de otras expresiones de angustia. También pueden aparecer el bajo rendimiento escolar, el retraimiento o las dificultades para relacionarse. Ninguna señal aislada demuestra por sí misma que exista maltrato, pero su aparición, especialmente cuando se combina con otros indicios, requiere atención y evaluación profesional.

La médica psiquiatra y psicoanalista Alejandra Doretti, especializada en niños en Asociación Psicoanalítica Argentina, amplía el concepto: “El maltrato en la infancia y la adolescencia puede ser físico, emocional, sexual o de negligencia y carencia en los cuidados alimentarios o afectivos”. Son formas diferentes de vulneración que comparten una consecuencia: el sufrimiento emocional de quien depende de los adultos para desarrollarse. La violencia intrafamiliar no es exclusiva de determinados sectores sociales ni de familias en condiciones de vulnerabilidad económica. Puede ocurrir en cualquier ámbito y permanecer oculta detrás de una apariencia de normalidad.

Contención. Doretti advierte que algunos niños desarrollan una “helada vigilancia”, estar atentos a qué esperan sus padres de ellos para garantizarse cuidado, atención y evitar el castigo. No sonríen ni establecen contacto visual. Más tarde son tímidos, miedosos, pasivos y obedientes. Otros responden con impulsividad, agresividad o dificultades de aprendizaje. “Por lo general los chicos en edad escolar no delatan nunca a sus padres e inventan historias para justificar sus lesiones por miedo a que se rompa la familia y además no saben cómo cambiar la situación. Todo niño sigue buscando el amor de sus padres hasta que pierde la esperanza”, explica. Esa dependencia afectiva ayuda a entender por qué puede tardar en revelar lo que sucede y por qué necesita encontrar fuera del hogar adultos capaces de ofrecerle relaciones confiables y previsibles.

El caso obliga a revisar la idea de que lo que sucede puertas adentro pertenece exclusivamente a la familia. La intimidad merece protección, especialmente cuando hay menores. 

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Mariano Casas Di Nardo

Mariano Casas Di Nardo

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