Hubo un tiempo en que el mate era una rareza de frontera, una costumbre que los europeos miraban con sospecha en las aduanas. Hoy es un fenómeno global, con cifras de exportación récord, embajadores millonarios y, como última postal del ascenso, un hijo de Donald Trump dispuesto a venderlo enlatado. La infusión que define la identidad rioplatense dejó de ser folklore para volverse negocio internacional, e incluso integra desde 2018 la lista del Patrimonio Cultural del Mercosur.
El primer motor de esa expansión fue el fútbol. Lionel Messi, Luis Suárez, Diego Godín, Federico Valverde y Edinson Cavani llevaron el termo bajo el brazo a cada vestuario de elite, y la postal del jugador bajando del micro con la bombilla en la mano se volvió costumbre. Pero el verdadero salto cultural llegó cuando los europeos se “convirtieron”. El caso testigo es Antoine Griezmann: el francés conoció el mate en la Real Sociedad, de la mano de compañeros sudamericanos, y terminó declarándose “uruguayo” por adopción, con Godín como padrino de su hijo. “Me da energía a la mañana y a la tarde. Algunos tienen miedo de que me salte un doping, pero ya les expliqué”, llegó a aclarar el delantero, que en sus redes popularizó el término “matecito”.

La lista se multiplicó rápido. Paul Pogba admitió que lo descubrió gracias a Marcos Rojo y Sergio Romero en el Manchester United. En el PSG, Ángel Di María, Cavani y Presnel Kimpembe no se movían sin su equipo matero. Hasta el fútbol inglés cayó: Harry Kane, Eric Dier, Kieran Trippier y Dele Alli se sumaron al ritual. El propio Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé y arqueros como Alisson Becker completan un mapa que ya no reconoce nacionalidades. El Mundial de Qatar 2022, con la consagración argentina, funcionó como la palanca definitiva: las propias marcas reconocen que los futbolistas oficiaron de embajadores y les abrieron mercados impensados. La firma Taragüi, del grupo Las Marías, fue premiada en el Salón Internacional de la Alimentación de París por un kit pensado para iniciar al consumidor extranjero en el ritual.
De los estadios, el mate pasó a los sets. Viggo Mortensen —que vivió su infancia en la Argentina, es hincha de San Lorenzo y lleva un termo con sus iniciales— lo convirtió en marca personal: contó que más de una vez lo demoraron en aeropuertos por esa “extraña hierba seca y verde”. Zoe Saldaña fue fotografiada cebando en pleno rodaje de Avengers: Endgame, caracterizada como Gamora. Stephen King apareció con un mate del escudo de Independiente en It: Capítulo 2. La nómina sigue con Chris Pratt, Norman Reedus, Kevin Bacon, el conductor Conan O’Brien, los músicos James Hetfield y Anthony Kiedis, y la siempre vanguardista Gwyneth Paltrow. Antes que ellos, ya figuraban entre los materos ilustres Madonna —que lo toma para tener energía antes de sus shows— y hasta la dirigente Hillary Clinton. El atractivo es claro: en un mundo acelerado, el mate ofrece un ritual lento, social y compartido, con cafeína pero sin la culpa del café, y empaqueta una idea de bienestar que conecta con la obsesión wellness de los más jóvenes.

El capítulo más comentado, sin embargo, lo escribió Barron Trump. El hijo menor del presidente estadounidense y de Melania, de 20 años y estudiante en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, figura como uno de los cinco socios de SOLLOS Yerba Mate Inc., junto a Spencer Bernstein, Rudolfo Castello, Stephen Hall y Valentino Gómez. La empresa, con sede en Palm Beach —a pasos de Mar-a-Lago—, se registró en enero ante la SEC, levantó un millón de dólares y prepara su desembarco en los supermercados estadounidenses con una bebida enlatada de yerba, ananá y coco. El nombre deriva de sol, y la apuesta es a una única receta: "No buscamos una gama de sabores, buscamos la bebida perfecta", explicaron desde la compañía. La firma se presenta menos como una bebida que como un "estilo de vida" construido alrededor de la yerba y de ingredientes "naturales y funcionales", y la impulsa un grupo de amigos veinteañeros del sur de Florida. El lanzamiento, en mayo, no estuvo exento de polémica: apenas teaseado en redes, el proyecto cosechó críticas que iban del oportunismo a la acusación de apropiación de la cultura guaraní, dueña original de la infusión.
El terreno, de todos modos, ya estaba abonado. En los Estados Unidos la yerba venía creciendo hace años como alternativa al café entre quienes buscan energía “limpia” y de origen natural; hoy ese país importa más de 61 millones de dólares anuales y es el segundo destino mundial, solo detrás de Siria, mercado tradicional que consume decenas de miles de toneladas. A la demanda de las colectividades latinas y árabes se sumó un público nuevo —fitness, oficinas tecnológicas, influencers de bienestar— que descubrió la infusión por las redes y los deportistas. Las góndolas de cadenas naturistas y gimnasios estadounidenses ya exhiben latas de mate frío junto a las bebidas energéticas y los kombuchas, en el mismo anaquel de la economía del bienestar.
Detrás de las celebridades hay un negocio en plena efervescencia. En 2025, las exportaciones argentinas de yerba mate marcaron un récord histórico: 57,9 millones de kilos, un 32% más que el año anterior, con ingresos por unos 117 millones de dólares. El mercado global, valuado en unos 2.030 millones de dólares, proyecta trepar a 3.460 millones hacia 2035. Y el fenómeno no se limita a Occidente: en el Reino Unido las importaciones treparon 40%, mientras Asia-Pacífico, con Japón y Australia a la cabeza, exhibe el crecimiento más acelerado y hasta China, potencia milenaria del té, empieza a mirar la categoría. El gran traccionador es el formato listo para tomar (RTD), que creció un 65% y seduce a las multinacionales de bebidas, que ven en la yerba una vertical estratégica dentro del rubro funcional. Justamente el segmento donde apuesta el menor de los Trump.
La paradoja, claro, es bien argentina. Mientras el mundo descubre el mate como producto premium y un Trump sueña con industrializarlo, el productor local atraviesa su peor momento. Tras el DNU 70/2023, que le quitó al Instituto Nacional de la Yerba Mate la facultad de fijar precios de referencia, se ensanchó la brecha entre la góndola y el campo: a fines de 2025 el yerbatero percibía apenas el 11% del precio final, el nivel más bajo desde 2019. La consecuencia fue una cadena de pagos diferidos de hasta 120 días, cheques rechazados y un éxodo de trabajadores rurales hacia Brasil; algunos productores incluso amenazaron con la “no cosecha”. El símbolo nacional conquista góndolas en medio planeta. En su propia tierra, todavía discute cuánto vale.














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