domingo, diciembre 8, 2019

POLíTICA | 09-11-2019 23:00

Exclusivo: El pasado desconocido de Alberto Fernández

El libro que destapa los secretos del nuevo Presidente. Denuncia en el menemismo, multi-militancia, dictadura y mujeres.

Néstor Kirchner y Alberto Fernández están cenando en El Museo del Jamón, el conocido restorán de la calle Cerrito, a pocas cuadras del Obelisco. Los acompañan Julio Bárbaro y el abogado e historiador Eduardo Luis Duhalde, apodado “El Bueno” para diferenciarlo del otro.

Es el otoño de 2002 y el clima hostil del “que se vayan todos” atemoriza a los políticos, que viven con permanente miedo a los escraches.

Desde otra mesa del restorán, mucho más poblada que la de Alberto y Kirchner, los observan con insistencia. Los murmullos que se escuchan se hacen cada vez más fuertes.

–Nos van a cagar a trompadas –susurra Bárbaro.

Sus acompañantes se miran en silencio.

De pronto, uno de los comensales de la mesa vecina se levanta y avanza decidido hacia ellos.

–¿Qué pasa, compañero? –intenta apaciguarlo Bárbaro.

El hombre contesta, exaltado:

–Con vos está todo bien. Pero este de acá, Fernández, es un jodido. ¡Me cagó mi empresa!

Alberto sigue callado mientras el acusador lo señala.

Bárbaro busca descomprimir la situación:

–Muchachos, estábamos comiendo, y ya nos íbamos...

El hombre sigue furioso:

–Tengan cuidado de con quién se juntan. Es un jodido este tipo.

Kirchner y Duhalde “El Bueno” no mueven un músculo hasta que el agresor regresa a su mesa. El gobernador de Santa Cruz es un personaje aún desconocido para el público porteño por esos días, y nadie repara en él.

Fernández murmura, a modo de disculpa:

–No tengo idea de quién es ese tipo. Jamás lo vi en mi vida...

El otro ya no puede escucharlo.

¿Quién es el joven Alberto que protagoniza semejante escena ante el jefe político que le confía el manejo de su incipiente campaña a Presidente? ¿Por qué de la nada aparece un extraño y lo acusa de una fechoría?

El escrache en el Museo del Jamón me lo cuenta uno de sus testigos oculares, Bárbaro.
Dice:

–Pensé que nos pegaban esa noche. Néstor y Alberto estaban pálidos...

–¿Por qué el hombre lo acusó a Fernández? –pregunto.

–Andá a saber –contesta Bárbaro–. Alberto nos dijo que era un loco.

–¿Y le creyeron?

–Mirá... Siempre se dijo que él hizo negocios raros en la Superintendencia de Seguros, en la época de Menem. Yo que vos averiguaría por ahí.

Alberto Fernández

Hay que retroceder varios años para hacerle caso a Bárbaro, hasta 1989.

Carlos Menem gobierna el país y al principio no logra domar la inflación galopante que hereda del alfonsinismo. Se suceden los ministros de Economía en medio de la crisis: primero Miguel Roig, quien fallece apenas asume, luego Néstor Rapanelli y Erman González. Recién con la llegada de Domingo Cavallo, la ley de Convertibilidad, su remedio mágico y finalmente trágico del “uno a uno”, iguala los valores del dólar y del peso y detiene la inflación. Al frente de la Superintendencia de Seguros de la Nación, dependiente de Economía, un abogado treintañero hace de las suyas. Fernández dice que está llamado a “sanear” el sector de las aseguradoras, que la "híper" puso patas para arriba. Las compañías del rubro deberán adecuarse a las nuevas demandas o perecer, y quien define qué le toca en suerte a cada cual es el novel funcionario.   

Miguel Ángel Toma, que por esos días ocupa una banca en la Cámara de Diputados, se topa con una denuncia. Se la traslada Ramón Valle, el secretario general del Sindicato del Seguro:

–Este tipo, Fernández, les está cobrando plata a las empresas para hacerles la liquidación del reaseguro...

Toma interroga:

–¿Cómo que les cobra?

Valle evita cualquier eufemismo:

–Les cobra el 10 por ciento. Les dice: “¿Vos querés cobrar la liquidación? Entonces dame el 10”.

El que no pone, dice Valle, no cobra.

El diputado menemista advierte lo grave de la acusación.

–Mirá, Ramón –le dice al sindicalista–, ustedes tienen que hacer una denuncia ante la Justicia...

Valle pregunta:

–Pero escuchame: ¿esto lo sabe el ministro Cavallo?

–No tengo idea –responde Toma.

Reflexiona unos segundos y propone:

–Lo que puedo hacer, como diputado, es un pedido de informes.

Alberto Fernández

El sindicalista se lo agradece. Y de inmediato, el diputado cumple su palabra. Su pedido de informes interroga al Ministerio de Economía de Cavallo sobre los detalles del mecanismo de liquidación de reaseguros, debido a que, dice Toma, hay quejas entre las compañías del sector.

A los pocos días, recibe el llamado de Fernández, a quien nunca antes trató.

–Escuchame, ¿qué es ese pedido que mandaste? –le recrimina.

–Tranquilo –lo frena Toma–. Esto es un pedido de informes, no una denuncia.

Alberto se altera:

–¡Pero acá vos estás poniendo en juicio mi honor! ¡Estás insinuando no sé qué!

Toma mantiene el tono calmo:

–Yo no necesito que vos me expliques nada. Esto lo tiene que responder el Ministerio...

–¡Pero vos me estás acusando! –sigue el otro.

–No tiene sentido hablar en estos términos –le dice Toma.

Y corta la llamada.

El pedido de informes del diputado, que no adquiere trascendencia pública, es contestado semanas después por el Ministerio de Economía. No hay nada llamativo en esa respuesta. Todo legal, dice la contestación: sin coimas ni pedidos del “diez”.

El fallecido periodista Julio Nudler, columnista económico de Página/12, también objetó el trabajo de Fernández como superintendente de Seguros en un artículo de 2004 que denunció que fue censurado por sus editores. Allí sostenía que la gestión de Alberto había presionado para que se reconociera una deuda con el sector de los seguros de 1200 millones de pesos o dólares, que por entonces eran lo mismo. Sin embargo, según el titular del Instituto Nacional de Reaseguros (INDER), Roberto Guzmán, esa deuda era bastante menor, de 500 millones como mucho. Escribió el censurado Nudler: “Guzmán frustró así uno de los mayores robos contra el Estado”. Ante Horacio Verbitsky, del mismo diario, Fernández negó las acusaciones. 

El periodista Santiago O’Donnell recordó hace poco que Guzmán había contratado al abogado Luis Moreno Ocampo y su socio Hugo Wortman Jofré para realizar una auditoría externa sobre lo que ocurría en el INDER. El resultado fue un informe que ratificaba las denuncias hechas por él. Según O’Donnell, cuando hablaba en confianza, “Moreno Ocampo no dudaba en señalar a Fernández como el principal responsable por lo que sucedía en el INDER”.

Por estos días, Fernández le explicó al Equipo de Investigación de Editorial Perfil: “Nosotros denunciamos y Moreno Ocampo avanzaba sobre nuestros datos, como abogado querellante del INDER. Pusimos en conocimiento del INDER hechos que lo damnificaban y que eran atribuibles a empresas de seguro que la Superintendencia controlaba”.

Es curioso que, al mismo tiempo que las sospechas nacían bajo la superficie, la carrera de Alberto comenzara a parecer prometedora para el establishment que asiste a los eventos públicos. En 1992, el funcionario fue destacado como uno de los “Diez Jóvenes Sobresalientes de la República Argentina”, el premio que entrega la llamada Cámara Junior de Buenos Aires. Otros galardonados de ese año fueron Gustavo Béliz, Martín Redrado, Daniel Hadad y Julio Bocca.

UBA y Tribunales. Eduardo Valdés, el amigo de Fernández, lo conoce desde los tiempos compartidos en la carrera de Derecho de la UBA. En esos años univeristarios fue cuando el ex jefe de Gabinete tomó contacto con el peronismo.

Alberto Fernández

Recuerda Valdés:

–Yo estaba tres años arriba de él, junto con Jorge Argüello estábamos en el Frente Peronista Universitario, el FREPU. Y Alberto estaba en el Frente de Orientación Nacional, el FON.

–Orientación Nacional... ¿Era peronista el FON? –le pregunto.

–Digamos que sí –se apiada Valdés–. En el año 82, en las primeras elecciones universitarias, Alberto nos acompañó en la lista nuestra, encabezada por Argüello, que salió segundo, muy cerca de Franja Morada.

En esos años de la UBA, Alberto además integró un equipo de fútbol que salió campeón del torneo organizado por los estudiantes. Él era el arquero y se destacaba por sus reflejos para atajar penales. La magia la ponía Darío Villarruel, el “10” y goleador, hoy periodista K.

Otro dato: Fernández además se probó como guardametas en las inferiores de Ferro y All Boys, así como Mauricio Macri soñó con ser el centrodelantero de Boca. Ninguno logró su sueño.

Le sigo preguntando a Valdés:

–¿Alberto era buen estudiante?

–Muy buen estudiante y también profesor –contesta–. Lo descubrió “El Bebe” Righi, que lo tenía de alumno, y lo puso de adjunto suyo en su materia, Derecho Penal.

–Esteban Righi, el que fue ministro de Interior de Perón en los 70.

–Sí, y el que después, con Alberto y los Kirchner, fue procurador general. Righi lo apadrinó a él, le vio pasta.

Valdés recuerda otro contacto de Fernández de esos tiempos que después llegó al gobierno K.

–Por esos años, 84 y 85, Alberto tuvo un programa en Radio Belgrano con Mona Moncalvillo y Enrique Vázquez, dos grandes figuras de la revista Humor, que se había vuelto un emblema de la resistencia contra la dictadura. Él era columnista ahí.

–Mona Moncalvillo es la que durante el kirchnerismo dirigió Radio Nacional.

–Esa misma. Y te agrego un dato más de esos tiempos. Aparte de la política, Alberto entró a trabajar a la Justicia.

–¿Dónde?

–En el Palacio de Tribunales. Era pinche, escribiente en un juzgado de ahí.

–¿De cuál?

–La verdad, no lo recuerdo.

–Pero no hizo carrera.

–No, no llegó a juez. Lo atrapó la política.

El marido de la madre de Fernández, Carlos Pelagio Galíndez, sí fue juez en el ámbito porteño. Se casó con ella cuando Alberto tenía 2 años. Y también él, impulsado por ese padrastro, actuó como auxiliar de varios magistrados que Valdés no recuerda, pero otras fuentes sí.

El mediático abogado Mauricio D'Alessandro, quien conserva buenas relaciones en la Justicia de la Capital, me confirma:

–Uno de los jueces para los que trabajó Fernández fue Ramón Montoya, de un juzgado federal porteño. Estaba con los militares.

–¿Simpatizaba con la dictadura? –repregunto por las dudas.

–Sí –dice D'Alessandro–. Y la hermana de Alberto trabajaba con otro juez de apellido Somoza, también con los militares.

–¿La hermana?

–Le decían “La Piky”. Linda era.

D'Alessandro agrega que los dos jueces que trabajaban con los hermanos Fernández, Alberto y Sara Valentina, provenían del Sur del país.

Y aporta un último dato:

–El juez Somoza, además de procesista, era el novio de la hija de Albano Harguindeguy, el que fue ministro de Interior de Videla.

Galíndez, el padrastro juez de Fernández y de su hermana “La Piky”, fue quien les consiguió trabajo en aquel ámbito.

Alberto Fernández

En su libro “Justicia Era Kirchner”, los periodistas Pablo Abiad y Mariano Thieberger también hablan de la desconocida carrera judicial de Alberto. Mencionan al tal Montoya. Y agregan otros nombres. Dicen: “Alberto Fernández no tenía bigote cuando empezó a trabajar en Tribunales. Recién cursaba el primer año de Derecho en la UBA y su padrastro, el defensor oficial Carlos Pelagio Galíndez, lo recomendó como pinche en el juzgado Correccional letra 'I', en la calle Lavalle al 1600. El lunes 20 de septiembre de 1977, a los 18 años, se presentó de saco y corbata ante el juez Eduardo Sabattini. Coser expedientes fue su primera tarea. Con él entró a trabajar su hermana Sara Valentina, 'Piky', que ejerce la abogacía de manera privada. Después de dos años,

Alberto fue ascendido a la categoría  de auxiliar de tercera en el juzgado de Instrucción número 12; dos años más tarde, a auxiliar de sexta en el juzgado 4. Y en junio de 1981 pidió el pase a la Justicia federal porteña para desempeñar, aunque con el mismo cargo, actividades más importantes junto a Ramón Montoya y Fernando Mántaras, jueces que hicieron carrera durante la dictadura. Fernández se recibió en 1983 y en marzo del año siguiente renunció a su puesto. Ya era profesor ayudante en una cátedra de Derecho Penal”. Se refieren a la de Righi.

Es decir, Alberto estuvo con Montoya y su colega Mántaras entre 1981 y 1984. Con el regreso de la democracia, recordemos, abandonó aquellas compañías y pasó sin transiciones a ser ayudante de cátedra en la UBA del “Bebe” Righi, el ministro de Interior del peronismo en los 70, venerado por Montoneros. 

Con todos. Allá por las primeras semanas de 1983, cuando la dictadura militar agonizaba, el abogado recién recibido en simultáneo empezó a militar en las filas del Partido Nacionalista Constitucional (PNC), una agrupación de derecha comandada por el veterano Alberto Asseff.

Quien acercó a Alberto a ese espacio fue su tío, Antonio Pérez, quien había sido fotógrafo personal de Juan Domingo Perón y por eso tenía sus contactos.
El tío le comentó a Asseff:

–Albertito es un buen chico y quiere hacer política, ¿puede trabajar con ustedes?

El otro le dijo que lo esperaba en la sede del PNC, sobre la calle Humberto Primo.

Fernández, a pesar de su militancia universitaria en el PJ, firmó su ficha de afiliación el 12 de febrero de 1983 y enseguida comenzó a deslumbrar a los viejos nacionalistas que vieron en él la sangre joven que necesitaban. Su bautismo fue en un acto de Temperley, donde se inauguraba un local partidario. Peinado a la gomina y ya con su característico bigote, dio un discurso que fue tan aplaudido por Asseff y la vieja guardia como por los jóvenes del espacio que ya lo consideraban su líder.

Cuando en NOTICIAS hablamos por primera vez de la militancia desconocida de Alberto en el PNC, allá por mayo de 2004, el entonces jefe de Gabinete negó todo. Dijo que se trataba de una “sarta de disparates”, a pesar de que se había mostrado su ficha de afilición al PNC, y la foto de aquel acto partidario en Temperley. Incluso Asseff, el líder del PNC, había confirmado todo.
¿Por qué Fernández no reconoce su pasado? Tal vez porque desde que conoció a los K siempre gustó definirse como un peronista ubicado “del centro a la izquierda”, como sus jefes. Su verdadero currículum no es compatible con el discurso progresista con el que ellos llegaron al poder.

Héctor Maya también conoció al multifacético Fernández por esos años de primavera democrática. “Mayita” era diputado e integraba la bancada del PJ junto a destacados dirigentes como el histórico Antonio Cafiero, José Manuel de la Sota, José Luis Manzano, Carlos Grosso, Jorge Matzkin y Diego Guelar. ¿Qué hacía Alberto? Los asesoraba. Esta vez no lo había recomendado su tío fotógrafo, sino su profesor en la UBA, “El Bebe” Righi, amigo de todos los mencionados.

El que lo contrató como asesor fue el diputado Miguel Unamuno, otro sobreviviente de los años 70 que había sido ministro de Trabajo de Isabelita. Pero, en la práctica, Fernández trabajaba para todos porque lo había captado Maya, cuya oficina estaba pegada a la de Unamuno.

Cuenta Maya:

–Estaba con nosotros en las reuniones de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, donde se trataba la cuestión de la deuda externa, algo muy importante por entonces. Alfonsín había heredado una deuda de la dictadura militar de más de 40 mil millones de dólares.

–¿Alberto les era útil? –pregunto.

–Se destacó desde el primer momento –lo elogia Maya–. Era un tipo laburador, con carácter, al que no había cómo frenarlo. Te ganaba por prepotencia de trabajo.

–No parece el perfil de un conciliador, como se lo vende ahora.

–No. Cuando no estaba de acuerdo en algo, se plantaba. Por ejemplo, terminó imponiendo su postura de que el tema de la deuda externa había que plantearlo como una cuestión nacional, no hacer política con eso. En el peronismo había muchos que querían pasarle factura por ese tema a Alfonsín, pero él sostenía que teníamos que acompañar.

–¿Él decía que había que pagar la deuda?

–Que había que pagar, pero con una política racional: “Nosotros podemos hasta acá, más no”. No esa locura del peruano Alan García de no pagar absolutamente nada.

–Al final, el PJ lo acompañó a Alfonsín.

–Sí, claro. Alfonsín nos invitó a la Quinta de Olivos a los que lo íbamos a acompañar en la negociación. Estábamos Matzkin, Guelar y yo por el PJ. Y después viajamos con los radicales al Banco Mundial y al Fondo Monetario en Washington, también al Club de París.

De esos años, Fernández conserva una foto con el carismático ex presidente radical.

Y ya en la era K, como hombre fuerte de Néstor y Cristina, aconsejaría lo mismo, pagar la deuda al FMI. Habrá que ver que hará ahora, cuando asuma la Presidencia.

–¿Él ya usaba bigote en los 80? –le pregunto a Maya.

El entrerriano se ríe:

–Siempre tuvo bigote. Siempre se destacó. Lo escuchábamos nosotros y también los radicales, que por el tema de la deuda lo valoraban. En el año 85 es cuando además empieza a trabajar en el Ministerio de Economía, con Sourrouille, como subdirector de Asuntos Jurídicos.

–Aun siendo peronista.

–Les dijo: “Ojo que yo soy peronista, pero les puedo dar una mano”.

–¿Pero era realmente peronista?

–¡Obvio! Antonio Cafiero, que estaba con nosotros en la Cámara, le tenía un cariño bárbaro. Si eso no te hace peronista...

Maya recuerda otra característica de Fernández:

–Lo perdían las minas, lo volvían loco. La política siempre fue un terreno al que las mujeres se acercan, ¿me entendés? Y él estaba con la caña, siempre. Se le acercaban muchas minas.

–Bueno, luego estuvo con Vilma Ibarra, la senadora, y ahora tiene una novia periodista de 38 años, Fabiola Yáñez.

–Muy lindas todas. Siempre tuvo buen gusto para las minas y lo demostró. Se casó de grande ya, casi cuarentón.

El propio Fernández contó en una entrevista radial: “Como diría Dolina, todo lo que el hombre hace es para levantarse minas y me iba bien con mis compañeras”.

Antes de Fabiola, la futura primera dama, el gran amor de Alberto fue Vilma Ibarra, la hermana de Aníbal, el ex alcalde porteño. En los inicios de la era K, cuando la senadora apareció en su vida, él se separó en forma fulminante de Marcela Luchetti, su esposa por ocho años y la madre de su hijo Estanislao.

Vilma y Alberto se conocían de antes, de los tiempos compartidos en la Legislatura porteña, y él siempre sintió debilidad por esa morocha de ojos verdes a la que señalaban por una supuesta relación con su jefe político, el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, un tema que incluso llegó a la tapa de la revista La Primera, de Daniel Hadad. Según uno de los amigos de Alberto, “ella lo tenía embobado desde hacía tiempo, pero nunca le dio bola”. Era inalcanzable.

Pero en 2003, claro, los dos tuvieron que sentarse cara a cara para negociar el apoyo de los Kirchner a la reelección de Aníbal Ibarra como jefe del Gobierno porteño y los cargos que a cambio de eso cedería el ex frepasista en su administración. En esos escarceos políticos de tira y afloje, en los que Vilma defendía los intereses de su hermano y Alberto los de los K, se encendió la chispa.

Guitarrero. Fernández escribe canciones y poemas,  tomó clases de guitarra con Litto Nebbia a los 14 años y se dejó el bigote a los 16, en homenaje a él. Lo considera un amigo, lo invitó a algún acto y hasta le envió un “demo” con sus temas, que el artista tuvo la delicadeza de elogiarle. Además, dice que lo influenció “más Bob Dylan que Perón” y que de joven, para sumar aún más tareas, solía tocar en algunos bares y pubs de la ciudad.

Vale la pena citar algunas de sus canciones juveniles. En “Cuentan”, escrita en 1983, Alberto canta: “Cuentan que en las fronteras de un país que no conozco los periódicos no exhiben los despojos”. Y el estribillo repite: “Cuentan que hay marionetas enredadas en sus hilos, que se anudan a este mundo por sus hijos”.

En “Contracara”, el poeta canta: “Aquí estoy y, aunque no quieras, voy marchando entre la nada, voy en busca del refugio donde esconder mi esperanza”.
Sí, Fernández puede escribir los versos más tristes. 

En realidad, parece capaz de todo. Fue al mismo tiempo de derecha e izquierda, del nacionalismo y del PJ, conservador y “progre”, alfonsinista y menemista, kirchnerista, anti K y ahora nuevamente K. 

Solo le faltaba una asignatura: llegar a Presidente. 

Galería de imágenes

Franco Lindner

Franco Lindner

Editor de Política, columnista de Radio Perfil y autor de "Fernández & Fernández" (Planeta).

Comentarios

Todo lo que hay que saber

La información más importante de este martes en un breve video

Espacio Publicitario

Espacio Publicitario