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Cumbre G20, Opinión / 1 de diciembre de 2018

El G20 en un mundo desorientado

Por

Xi Jinping

No es lo que los encargados de los preparativos para la largamente esperada cumbre porteña del G20 habrán querido, pero tal vez fuera apropiado que, poco antes de la llegada de los mandatarios y sus séquitos nutridos, Buenos Aires se viera convertido en el escenario de una insurrección lumpen, un estallido de violencia sin más propósito evidente que el de sembrar el caos. Si algo mantiene en alerta a los potentados del mundo, es la conciencia de que en cualquier momento podrían encontrarse frente a disturbios callejeros que no les fue dado prever.

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Para algunos, los episodios bochornosos de los días últimos que, mal que nos pese, tuvieron repercusiones en el resto del mundo, son síntomas de la enfermedad degenerativa que mantiene postrado el país desde hace décadas. Por cierto, nadie cree que se hayan debido sólo a la furia futbolera de integrantes de la barra brava de River Plate y, un par de días antes, a la agresividad rabiosa de hinchas de un club menor, All Boys, que en Floresta pusieron en huida a la policía, hiriendo a casi veinte efectivos.

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Es que los tiempos que corren son propicios para tales desbordes. No sólo en la Argentina sino también en muchos otros países se ha difundido una sensación de bronca por la forma en que está evolucionando la sociedad. La pérdida de confianza en el establishment político es un fenómeno mundial. Desconcertados por lo que está ocurriendo, presidentes y primeros ministros, dictadores y monarcas feudales, o sea, muchos personajes que están en Buenos Aires para asistir a las reuniones del G20, tratan de aplacar a los enojados con promesas de mejoras por venir en que virtualmente nadie cree.

Algunos líderes nacionales llegaron al poder merced a la rebelión masiva contra el establishment tradicional que desde un par de años atrás está en marcha. Entre ellos se encuentran Donald Trump, Jair Bolsonaro, el que ya se comporta como presidente de Brasil, Matteo Salvini y Emmanuel Macron. Por ahora, el único que ha decepcionado a quienes lo habían apoyado –y ni hablar de adversarios que daban por descontado que la gestión del intruso sería desastrosa–, es el menos “populista” de los cuatro, el presidente francés Macron; está luchando contra una horda imprevista de piqueteros, bautizados como “chalecos amarillos” que, indignados por el alza del precio de los combustibles, de un día para otro decidieron estorbar el tránsito en docenas de localidades a lo ancho y lo largo de su país. No sorprendería demasiado que, andando el tiempo, Trump, Bolsonaro y Salvini, además de otros de actitudes parecidas, terminaran repudiados por quienes los creían capaces de llevar a cabo cambios radicales que los librarían de la incertidumbre paralizante que sienten cuando piensan en el futuro.

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En el Reino Unido, la primera ministra Theresa May está procurando aferrarse al poder frente a los partidarios de una ruptura más completa con la Unión Europea que la presuntamente acordada; podría caer en los días próximos. De acuerdo común, un Brexit duro perjudicaría mucho a los británicos, pero podría tener un impacto aún más destructivo en la Unión Europea, donde el conflicto entre el gobierno italiano, que no quiere saber nada de la austeridad monetaria, y Bruselas que amenaza con castigar a Salvini y compañía por su voluntad de dar prioridad a los intereses inmediatos de sus compatriotas, ha puesto en peligro el futuro de la Eurozona. Mientras tanto, la economía alemana acaba de achicarse un poco y Angela Merkel, la señora que algunos, horrorizados por la conducta extravagante de Trump, llegaron a proclamar “la líder del mundo libre”, está por poner fin a su reinado prolongado.

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Hasta en Rusia, el “zar” Vladimir Putin tiene que soportar el hostigamiento de manifestantes que se oponen al autoritarismo que es una de sus características más notables y a sus intentos de “racionalizar” el maltrecho sistema jubilatorio. Será por tal motivo que decidió aumentar la presión sobre Ucrania; no le preocupa el riesgo de que se agrave un conflicto que ya ha costado más de diez mil muertos. Por ahora, el chino Xi Jinping parece tener todo bajo control, pero el suyo puede ser un país díscolo que, de ralentizar el crecimiento económico como se prevé, sería capaz de ocasionarle muchos dolores de cabeza.

En los encuentros que se celebren en el marco del G20, los distintos mandatarios tratarán de brindar la impresión de saber muy bien lo que está sucediendo en el mundo y de estar en condiciones de manejar las crisis que surjan. A menos que Trump lo impida, firmarán declaraciones conjuntas destinadas a asegurarnos que están resueltos a cerrar filas ante los cambios climáticos, el proteccionismo, el terrorismo, la corrupción, la nueva revolución industrial que se acerca y, quizás, la proliferación de “noticias falsas” por los llamados medios sociales. Todos intentarán hacer creer que, a pesar de las muchas diferencias que los separan, en el fondo son personas responsables que se dedican a promover el bienestar de quienes dependen de sus decisiones.

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Puede que algunos realmente lo sean, pero la inquietud que muchos sienten no se debe a la posibilidad de que genocidas feroces como Hitler, Stalin y Mao aprovechen el descontento generalizado para tomar el poder en países importantes sino a que los viejos esquemas ideológicos se han desvirtuado sin que los hayan remplazado otros igualmente claros. Por arbitrario que a menudo resultara atribuir a los políticos lugares en la derecha, izquierda o el centro de un mapa imaginario, al menos servía para dar una apariencia más sencilla al movedizo mundo del poder. En la actualidad, todo es mucho más confuso. Al deslizarse la mayoría de los políticos hacia un presunto centro pragmático, los resueltos a diferenciarse se sienten constreñidos a adoptar una variante de “la política de la identidad”, presentándose como defensores acérrimos de grupos determinados que tratan como víctimas de la infamia ajena.

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Los primeros en hacerlo fueron izquierdistas desmoralizados por la defunción de la Unión Soviética y la transformación de los comunistas chinos en híbridos que combinaron lo que en otras latitudes se llamaba neoliberalismo con autoritarismo totalitario; luego de soportar por un rato el triunfalismo de quienes habían ganado “la guerra fría”, empezaron a atacarlos por no respetar debidamente los derechos de “las minorías” étnicas, religiosas, y sexuales. Como pudo preverse, en los países occidentales, los esfuerzos en tal sentido irritarían a los blancos mayormente cristianos o post-cristianos y heterosexuales, que no se creían del todo privilegiados, lo que facilitó la elección de Trump en Estados Unidos y el avance estrepitoso de “la ultraderecha” en Europa.

Es poco probable que la “política de la identidad”, que se puso de moda en el mundo desarrollado primero para entonces extenderse a la Argentina y otros países, sirva para llenar el vacío dejado por la falta de proyectos positivos. Sin objetivos compartidos que, además de ser atractivos, parecen alcanzables, las distintas sociedades propenden a fragmentarse. Militar a favor de la democracia en una dictadura no es lo mismo que preocuparse por las deficiencias de una democracia pobre y corrupta. Tampoco lo es aferrarse al progresismo de antes en una época como la actual en que, para muchos, el progreso no traerá nada bueno, razón por la que tantos quisieran regresar a tiempos a su juicio menos problemáticos.

El conservadurismo que está cobrando fuerza en todas partes puede asumir diversas formas: las representadas por Trump, el Brexit, el neo-zarismo del ruso Putin, el neo-otomanismo del turco Erdogan, el nacionalismo chino de Xi, el setentismo kirchnerista y la reacción supuestamente antipopulista de Mauricio Macri son unas, pero hay muchas más. Lo que tienen en común es la convicción de que hace tiempo el país propio, cuando no el mundo en su conjunto, perdió el rumbo y que hay que volver a un punto de partida ubicado en el pasado. Con todo, si bien no hay coincidencia alguna sobre lo que constituiría progreso en el terreno sociopolítico, no cabe duda de que en el tecnológico se ha hecho irrefrenable.

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A Macri le gustaría que los asistentes a la cumbre prestaran atención preferencial al impacto en el mundo del trabajo que ya está teniendo la automatización. Se estima que dentro de poco – ¿diez años, veinte? –, en términos económicos centenares de millones de hombres y mujeres de las clases obrera y media, incluyendo a muchos profesionales, serán superfluos. Repartir subsidios para que ninguno muera de hambre sería relativamente sencillo, pero a lo sumo sería un paliativo.

Para los privados de empleos que les suponían no sólo un buen ingreso sino también cierto prestigio, saberse prescindibles no será del todo grato. ¿Cómo reaccionarán? A juzgar por lo que ya ha sucedido en América del Norte y distintas partes de Europa, muchos se harán partidarios de alguno que otro movimiento populista que se compromete a volver el reloj atrás. Irónicamente, quienes serían los más capaces de aprovechar el ocio dedicándose a proyectos personales serían precisamente aquellos creativos que podrían continuar trabajando en el mundo feliz que, según los especialistas, está en vías de configurarse, y que con toda seguridad hará aún más intenso el clima de malestar que ya se ha propagado por buena parte del planeta.