Lunes 1 de marzo, 2021

CULTURA | 19-01-2021 18:30

A 204 años de la batalla de Chacabuco

El 12 de febrero se cumple un nuevo aniversario. Qué consecuencias tuvo en el proceso de independencia de Chile y Perú.

El avance del ejército en la cordillera no había pasado desapercibido para Marcó del Pont quien había dispuesto concentrar la fuerza militar en la zona central de la extensa frontera, a sabiendas que el “astuto jefe de Mendoza” encabezaba la marcha luego de haber superado los ataques de Potrerillos y Picheuta, y cosechado los éxitos de Guardia Vieja, Achupallas y Las Coimas que le permitieron ocupar las villas de San Felipe y Santa Rosa. Tampoco ignoraba la importancia de tales avances, en especial porque la pérdida de ambas localidades limitaba el suministro de recursos y revelaba la fragilidad de la estrategia de resistencia despejándoles el camino a Santiago. Marcó del Pont intuyó la adversa coyuntura por lo que no sólo armó sus maletas con destino a Valparaíso, sino que dispuso el embarque de las tropas ante una eventual evacuación de la capital. El 8 de febrero escribió al gobernador de Valparaíso, los pormenores que anticipaban su derrota: “Los enemigos por todas partes asoman en grupos considerables (…) llamándonos la atención para apoderarse a un tiempo mismo del reino todo, o para dividir nuestras pocas fuerzas (…); si me reduzco a la capital, puedo ser aislado, y perdida la comunicación con las provincias y ese puerto, me quedo sin retirada y expuesto a malograr mi fuerza, que pudiera desde luego contrarrestar la de los invasores, si los pueblos estuvieran a nuestro favor; pero levantado el reino contra nosotros, y obrando de acuerdo con el enemigo, toda combinación es aventurada, y todo resultado incierto”.

Mientras tanto, las fuerzas realistas al mando de Marotto se replegaron en la cuesta de Chacabuco. Ante los límites que les imponía la geografía, San Martín alteró el plan de ataque y anticipó el enfrentamiento. Esa calculada sincronía de movimientos y destrezas militares se puso a prueba en la madrugada del 12 de febrero de 1817. En ese escenario, y luego de un combate de ningún modo exento de dificultades que se extendió hasta el mediodía, y que tuvo como actores protagónicos a O’Higgins, y al brigadier Soler, las armas de la Patria se alzaron con la victoria. Al día siguiente, exultante, San Martín escribió a Tomás Guido: “Ocho días de campaña han desecho absolutamente el poder colosal de estos hombres: nada existe sino su memora odiosa y su vergüenza”.

 

Las celebraciones de la victoria

 

Fiel al estilo que venía cultivando desde San Lorenzo, San Martín firmó el parte del triunfo que remitió al gobierno de Buenos Aires. Días después la bandera española rescatada del campo de batalla era exhibida en Mendoza al son del repique de campanas, fuego de cañones y cohetes voladores. Semanas más tarde, la noticia era publicada en un número extraordinario de La Gaceta, en la cual se rendía un justo homenaje “a la benemérita provincia de Cuyo y a los héroes ilustres de los Andes”. El reconocimiento público resultaba correlativo a los elogiosos oficios dirigidos a los pueblos cuyanos por quien había sido su gobernador intendente. Esa asociación íntima entre Cuyo y el éxito militar, habría de impregnar también la correspondencia que San Martín envió al fidelísimo gobernador Toribio Luzuriaga. En sus palabras: “Gloríese el admirable Cuyo de ver conseguido el objeto de sus sacrificios. Todo Chile es nuestro”. El suceso de Chacabuco cruzó el Atlántico y dio lugar a que su respetado amigo inglés a quien hacía conocido en Cádiz, el Conde de Fife, le escribiera: “No puede, mi amigo San Martín, figurarse cómo las noticias de su buena conducta me han llenado de satisfacción. He tenido siempre una gran amistad por usted – y desde mi llegada de España he estado siempre diciendo a mis compatriotas -paciencia- un hombre por allá sorprenderá a todos […] He tenido noticias de usted – algunas veces de sus compatriotas en Londres. La revolución de Chile parece a esa de Napoleón desde Reims a París – que yo vi estando allá – cuando llegó y vi salir y entrar al Rey”.

En rigor, se trataba de un diagnóstico demasiado optimista. Chacabuco había puesto sólo fin al dominio español en las provincias de Coquimbo y Aconcagua en tanto las regiones del sur, con base en Concepción, permanecían bajo control realista. La situación en Santiago también era complicada porque la salida de Marcó del Pont (quien fuera perseguido y apresado por uno de los Aldao), había dado lugar al saqueo de tiendas y al pillaje entre el “bajo pueblo”. Asimismo, la victoria patriota si bien había dado lugar a banquetes y bailes entre las familias principales, las rivalidades entre los partidarios de O’Higgins y los enrolados tras el liderazgo de José Miguel Carrera habrían de florecer con vigor como resultado de la ingerencia del gobierno y del ejército de las Provincias Unidas en la vida política de los chilenos. Las fricciones se reprodujeron también en las formaciones militares estacionadas en la ciudad ante la entrega de distinciones, grados y premios a los oficiales oriundos del Río de la Plata, y de las expectativas que despertaba su presencia entre el recoleto mundillo de mujeres distinguidas y también de las plebeyas. Años después, el oficial y topógrafo francés Joseph Bacler D’Albe habría de lamentar cómo el disfrute de esas compañías había distraído la atención de la amenaza que representaba el repliegue de los realistas en el sur.

Entretanto, la elección de las autoridades en Santiago siguió los procedimientos de rigor. Para entonces, San Martin nombró gobernador político del municipio a Francisco Ruiz Tagle quien emitió un bando para llevar a cabo la elección de autoridades. El Ayuntamiento de la capital convocó a un reducido número de vecinos a un cabildo abierto para el día siguiente el cual debería nombrar a tres representantes de las provincias del reino, Santiago, Concepción y Coquimbo, convertidos en electores de quien habría de ejercer la magistratura superior del Estado. San Martín desechó de plano el nombramiento surgido de la votación, y ordenó una nueva elección que al día siguiente proclamó por unanimidad a Bernardo O’Higgins. Un procedimiento similar fue seguido en La Serena y Huasco cuando las autoridades resultaron electas por asambleas de vecinos custodiadas por las fuerzas de Cabot y Zelada. Pero si bien el rechazo al ofrecimiento del ayuntamiento santiaguino por parte del “héroe de los Andes” – como ya lo llamaba el general Belgrano- se ajustaba a las instrucciones dadas por Pueyrredón de no comprometerse en ninguna función pública, los intereses de San Martín estaban depositados casi de manera exclusiva con el plan de avanzar a Lima por creer que su conquista demolería el yugo colonial. Tal objetivo exigía crear una flota naval con capacidad suficiente para desembarcar en la costa peruana y reconstruir desde sus bases la fuerza militar a través de la reunión del Ejército de los Andes, y los cuerpos armados chilenos en una nueva formación militar: el Ejército Unido.

La puesta en marcha de la empresa requería de apoyos políticos sostenidos que permitieran financiar la campaña. Así, mientras San Martín estimuló la formación de una filial de la Logia Lautaro para controlar el poder en Santiago, también gestionó el apoyo del comodoro inglés Bowles para obtener fuerzas de guerra británicas para proteger el comercio y contribuir con la campaña militar. Pero ninguna de las gestiones podía suplantar el vínculo que unía al Ejército de los Andes con el gobierno de Buenos Aires: de allí debían provenir los caudales que permitieran financiar la fuerza militar y la expedición marítima que debía caer sobre el Perú. Tal urgencia lo condujo a recorrer el camino que lo devolvía a Buenos Aires. En Mendoza tuvo una estancia fugaz y colmada de celebraciones. Al momento de arribar a la ciudad conoció el brillo de la gloria al presenciar los festejos que lo erigían en prototipo heroico de la independencia de América del Sud, y disfrutó del saludo del ayuntamiento de San Juan que ubicó su trayecto en la de los “hombres famosos” que adornaban “la historia de las naciones que abandonaban la quietud de los siglos sin luz” que había engrandecido “la revolución de América, y los siglos pasados se avergonzarán de no haber competido en el extraordinario parto del diecinueve”.

 

Los límites de la victoria

 

Al llegar a Buenos Aires, San Martín participó de los festejos que el cabildo y el congreso habían organizado en su honor. También mantuvo reuniones con las autoridades con el propósito de reanudar las negociaciones que le permitieran encarar sus planes sobre Lima. Sin embargo, el clima político porteño y el estado del Erario Nacional estaba lejos de ofrecer condiciones propicias para llevarla a cabo en el corto plazo. “Falta plata”, expresó a Pueyrredón en esos días. La ocupación portuguesa del territorio oriental – habilitada por los hombres de Buenos Aires- había recrudecido la lucha de Artigas contra los directoriales y ese tenaz acecho había exigido sucesivas presiones reclutadoras sobre las poblaciones rurales del litoral. A ese frente de conflicto que desafiaba la cohesión del sistema de la unión, se sumaba otro no menos crucial. Para cuando San Martín cosechaba la victoria en Chacabuco, José Miguel Carrera había recalado en el puerto de Buenos Aires después de gestionar en Norteamérica una flotilla naval con la que imaginaba arribar a Chile, y recuperar las bases de su liderazgo. El chileno intentó introducir una cuña ofreciendo la escuadra a Pueyrredón sin resultados favorables. La firme convicción de los directoriales que el arribo de los Carrera en nada contribuiría a afianzar el régimen revolucionario, y la sospecha que el contrato celebrado con agentes norteamericanos podía entorpecer el vínculo con los comisionados navales británicos, condujo a Pueyrredón a ordenar su reclusión en el cuartel del Retiro. San Martín acarició por un instante la idea que las naves conseguidas, y sus tripulantes, integraran la flota que aspiraba a conducir en la campaña peruana. Pero ningún acuerdo prosperó de la entrevista que mantuvo con José Miguel en la que lo instó a aceptar una delegación del gobierno rioplatense en Norteamérica, que O’Higgins protestó por considerar que los “desterrados” no debían obtener ninguna pensión pública. Poco después, el antagonismo recrudeció cuando se supo que José Miguel se había fugado a Montevideo con la ayuda de su carcelero, y un oficial norteamericano, para integrar la constelación de adversarios de los directoriales allí residentes desde la crisis de 1815, y de los arribados al año siguiente cuando Pueyrredón desbarató a los conjuros de 1817. Entre ellos se encontraban no sólo Carlos de Alvear, Juan Larrea y Domingo French sino el influyente montevideano, Manuel de Herrera, antiguo ministro de Posadas que había apoyado el veto sanmartiniano de 1814, y estaba vinculado al general Lecor de quien José Miguel obtuvo protección. Por entonces, Montevideo constituía el centro de irradiación de una sostenida política de propaganda contra “Pueyrredón, sus ministros y las personas más influyentes de la administración que pertenecían a la gran logia”. Tomás Iriarte no dudó en identificar al chileno como el “campeón formidable” que reforzaba “las filas de los disidentes” al gobierno central.

San Martín abandonó Buenos Aires sin ninguna promesa firme para financiar la empresa peruana. Al llegar a Santiago junto a Tomás Guido, convertido en flamante diputado de las Provincias Unidas en Chile, se alojó en el Palacio Episcopal especialmente dispuesto para el sitial consagrado en el campo de batalla, aceptó como retribución de los servicios prestados dinero y la “Chacra de Beltrán” (confiscada a un furioso realista) y rechazó el salario ofrecido con lo cual preservaba el vínculo con Pueyrredón. En aquellos días, el objetivo de montar la escuadra naval lo condujo a delegar en su compadre, Álvarez Condarco, la misión de contratar en Londres buques, armas y libros. Con idéntico propósito reanudó sus contactos con el cónsul inglés en Buenos Aires, y con Bowles a quien ofrecería un exquisito banquete con el fin de afianzar lazos que permitieran “concluir la guerra”, y fortalecer la “fuerza inglesa en estos mares para hacer respetar su comercio, porque de lo contrario está muy expuesto a las tropelías de los españoles”.

Entretanto, las manifestaciones de respeto recibidas en Santiago no resultaban suficientes para ocultar la trama de descontentos y tensiones acumuladas en los meses que estuvo ausente. El malestar tenía que ver con las rivalidades que afectaban la convivencia entre los enrolados en el Ejército de los Andes, y los jefes y soldados chilenos quienes rechazaban la autoridad del director delegado, Hilarión de la Quintana (tío político de San Martín) que había quedado al mando del gobierno chileno porque O’Higgins se había visto obligado a liderar la guerra en el sur. La injerencia de los hombres de Buenos Aires en la política chilena encabezaría la agenda de quienes bregaban por clausurar el liderazgo de O’Higgins y de San Martín, así como el formato centralista y monárquico que alentaban en detrimento de la fórmula republicana invocada por los defensores de la soberanía de los pueblos. De cara al poder de las armas que retenían, y del control exclusivo de las magistraturas de justicia y gobierno (que incluían al clero), un clima conspirativo se adueñó de opiniones y voluntades en ambos lados de los Andes. Para entonces, no sólo los carrerinos alzaron la voz contra la vocación invasora y no libertadora de las fuerzas porteñas. Esa lectura sobre la intervención política y militar formaba parte del núcleo duro de la oposición a los directoriales por lo que no eran pocos los que disparaban contra “los partidos de los SS Pueyrredon y Belgrano”, y creían necesario que los “chilenos debían dejarse de partidos, y tratar solo de destruir a los Porteños” por lo que Hilarión de la Quintana se vio obligado a renunciar.

A esa altura, los hermanos Carrera, con José Miguel a la cabeza, y secundado por su ferviente y atractiva hermana Xaviera, habían puesto en marcha una dilatada red conspirativa que unía Buenos Aires, Montevideo y el Chile rural e incluía algunos notables santiaguinos que cuestionaban la escasa autonomía de O’Higgins frente a San Martín, y su ejército, que respondía a las órdenes de Buenos Aires. El escaso margen de maniobra del gobierno chileno también era cuestionado por quien había operado eficazmente en la guerra de guerrillas librada contra los realistas durante la campaña sanmartiniana, el licenciado Manuel Rodríguez, quien a esa altura se había erigido en un líder con hondo arraigo entre los pobladores rurales y con ascendiente en las milicias. Una vez develada la extensión y los móviles que perseguían los conspiradores contra “ambos Estados”, el gobierno chileno ordenó la reclusión de los principales cabecillas en Santiago, e instruyó un proceso criminal en el que San Martín en persona realizó los interrogatorios. Entretanto, Pueyrredón ajustó la vigilia sobre los emigrados que residían en Buenos Aires, y los funcionarios cuyanos activaron los resortes de control en la jurisdicción para caer sobre los hermanos Juan José y Luis Carrera y conducirlos a la cárcel de Mendoza. Sólo José Miguel quedaba libre de los directoriales convirtiéndolos en blanco de ataque de la furiosa guerra de papeles librada desde Montevideo que denunciaba a los tiranos, aristócratas y masones enquistados en ambos gobiernos.

 

Beatriz Bragoni, INCIHUSA-CONICET, UNCuyo

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