La muestra “Federico Klemm. Iluminador de mitos” en el Centro Cultural Recoleta recupera la figura de uno de los personajes más singulares, provocadores e inclasificables de la cultura argentina. Artista plástico, coleccionista, performer, conductor televisivo, aficionado a la ópera, galerista y mecenas, convirtió su propia imagen en una obra en permanente construcción y dejó una huella que excede ampliamente el campo de las artes visuales.
La exhibición permite acercarse a la compleja construcción artística del creador multifacético y revisitar el legado de una figura que, entre la fascinación y la controversia, anticipó debates contemporáneos sobre identidad, performance y cultura visual. Más que una evocación nostálgica, la propuesta busca poner en diálogo su universo creativo con las sensibilidades del presente.

Itinerario de un artista
Las noventa obras están dividas en tres núcleos que abarcan la relación con Rosa, su madre, la pasión por la ópera y lo escénico. Una segunda serie está dedicada a fotomontajes digitales sobre las figuras bíblicas de Sansón y Dalila. Finalmente, es el turno del universo de telecristales donde se exploran escenas homoeróticas camufladas entre imágenes de estrellas o planetas a punto de colisionar.
El recorrido incluye fotos propias junto a personalidades como Amalia Lacroze de Fortabat, Mirtha Legrand y Susana Giménez. Entre los elementos exhibidos hay un sillón de pana oro que perteneció al departamento parisino de la mítica cantante de ópera María Callas, el impactante traje de tres piezas realizado con piel de pitón que formó parte del guardarropa del célebre Rudolf Nuréyev, un mueble diseñado por el artista Edgardo Giménez y hasta un intercambio epistolar con el bailarín afroamericano Sylvester Campbell del Ballet Nacional Holandés, de quien también pueden verse sus zapatillas de danza.

Curada por la historiadora del arte Federica Baeza, la artista y arquitecta Guadalupe Chirotarrab y el artista Santiago Villanueva, la exposición, una coproducción con la Fundación KLEMM, propone una travesía por las múltiples facetas de un exponente de las artes visuales que desafió convenciones estéticas y sociales.
Orígenes
Klemm nació el 25 de marzo de 1942 en la ciudad de Liberec, en la antigua Checoslovaquia, durante la ocupación alemana. Su madre era Rosa Marechek y su padre el industrial alemán Federico José Klemm. Años atrás, el artista atribuía a Rosa, alguien con profunda sensibilidad que todos los días le contaba los cuentos de “Las mil y una noches”, el legado de una pasión que no se extinguiría hasta el final de su vida, el 27 de noviembre de 2002.

“Klemm vivió una relación compleja con un padre autoritario que lo denostaba como artista. Cuando su padre murió, él finalmente logra hacerse de la fortuna familiar y empiezan los últimos diez años de vida en los que desplegó todas sus iniciativas. Es muy importante señalar que en el caso de Klemm se hace presente un tópico típico de la comunidad queer que es el vínculo con las madres. Es interesante explorar esas relaciones, inclusive hasta en la serie en la que reprodujo el funeral de Rosa. Y ver a la luz contemporánea esas historias personales, pero también públicas y artísticas. En ese sentido su obra también es un testimonio histórico, un acervo de la cultura porteña”, señala Federica Baeza.
Al concluir sus estudios secundarios, atraído por las diversas formas expresivas, tomó contacto con el Instituto Torcuato Di Tella donde se relacionó con referentes como Edgardo Giménez, Marta Minujín, Jorge y Marta Romero Brest, Nicolás García Uriburu, Mildred Burton, Dalila Puzzovio y Luisa Mercedes Levinson, entre otros. Al cerrarse el Di Tella, en 1970, trasladó aquellas intervenciones a galerías de arte y espacios alternativos.
Últimos años
A partir de 1990 comenzó a exponer sus obras en el mismo ámbito donde hoy se realiza esta muestra, en la Galería Centoira, el Palais de Glace y el Centro Cultural Borges. En la esfera internacional, su obra fue exhibida en la Galería Flak, en París; en el Palazzo Bandera, en Milán y en Monti Associazione Culturale, en Roma.
En 1992, inauguró la Galería Klemm Arte Contemporáneo con el objetivo de difundir el arte nacional e internacional. Allí presentó trabajos de Andy Warhol, Robert Mapplethorpe, Pat Andrea, Fernando Botero, Roberto Matta, Christo y Carlo Maria Mariani. También la obra de destacados representantes locales como Rómulo Macció, Yuyo Noé, Roberto Aizenberg, Antonio Berni, Oscar Bony, Ernesto Deira y Humberto Rivas, entre otros.

Dos años después, en colaboración con el crítico de arte Carlos Espartaco inició la emisión de un ciclo de videos sobre temas de arte titulados “El banquete telemático”, varios de los cuales pueden verse en la página web de su fundación. Los programas abarcaban ciclos especiales de historia del arte, entre los que se destacan los dedicados al arte conceptual, las instalaciones, el arte culto, el kitsch, la mujer en la historia del arte, la década del '60, la posmodernidad, el pop art, etc.
En 1995 se creó la fundación que lleva su nombre, un espacio para que su colección tuviera visibilidad pública, abierto a la comunidad, con un programa de exhibiciones temporales, dedicado a la difusión del patrimonio y a la promoción de artistas jóvenes.

El legado
“A casi 25 años de su fallecimiento, hay cuestiones importantes por rescatar. Es una figura que puede ser vista desde muchos lentes diferentes. Participó de lo que se llamó la cultura menemista, la implantación del neoliberalismo y formó parte activamente de los medios en ese escenario cultural. Lo que él mostraba en el arte era la posibilidad de otro modo de vida, diferente al de la familia núcleo. En ese sentido, su figura (estoy segura) marcó mucho a generaciones como la mía. Creo que en esta exhibición se da la posibilidad de ponerlo en vínculo con nuevas generaciones que van a seguir haciendo de este patrimonio siempre algo distinto y algo nuevo conectado con la contingencia del presente”, concluye Federica.


















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