Saturday 18 de May, 2024

CULTURA | 08-03-2023 07:40

Escritura para mujeres

Al cambiar la noción de “género”, se puede cuestionar la idea una “producción femenina” de textos. El libro donde las escritoras de hoy hablan de su oficio.

En una comida en lo de Silvina Ocampo y Bioy Casares, el lunes 6 de junio de 1960, Jorge Luis Borges comentó que le había llegado una carta de una profesora de una universidad de los Estados Unidos que se especializaba en literatura femenina latinoamericana y que quería dar una conferencia sobre Silvina Ocampo y Norah Lange. Borges concluyó: “Que se especialice en literatura femenina no está bien. ¿Qué importa que sea femenina?”.

Silvina Ocampo

Recordé esta anécdota por el libro Mujer y escritura 35 autoras argentinas de hoy, publicado por la Fundación La Balandra con el apoyo del Centro pen Argentina. Es un libro que responde ampliamente a la pregunta de Borges.

Gwendolyn Díaz-Ridgeway, ahora profesora emérita de la Universidad St. Mary, en Texas, y también editora y escritora, se ha ocupado de estudiar y escribir sobre escritoras argentinas desde la década de los ochenta, inicialmente para su tesis de doctorado (Beatriz Guido le preguntó si confiaba en que le aceptaran una tesis “sobre mujeres nada más”).

Junto a Claudia Ferradas como coeditora, eligieron una amplia variedad de autoras. Al sorprenderme ante algunas omisiones, me explicaron que esas escritoras habían agradecido la oferta de participar en el libro, pero se habían prometido, con amigas literatas de la misma generación, no estar nunca en antologías exclusivamente de mujeres.

Mujer y escritura

Qué ventaja vivir en una época donde es posible una intención similar como un grito de igualdad, de revancha. Silvina Ocampo, ignorada nacional e internacionalmente como escritora, mientras que al gran ego con quien vivía le llovían las ofertas de publicación, las traducciones de su obra y las críticas en los diarios. Los libros de las mujeres eran raramente reseñados o siquiera mencionados. O peor, como le ocurrió a la escritora Elvira Orphée con su primer libro Dos veranos, un libro desgarrador, cruel, lleno del odio de un muchacho de provincia, y que sin embargo inspiró a un crítico para escribir: “Dos veranos nos hace vivir apacibles momentos y paisajes en un relato simple y a la vez ameno, lleno de honda ternura”. Este crítico, al que además le sobraban los adjetivos, pudo escribir y publicar algo tan opuesto a lo que el libro era porque decidió que no había necesidad de leerlo.

Ya que mencioné a Silvina Ocampo y a Elvira Orphée, las escuché una vez hablar de un editor de la editorial Sudamericana. Elvira dijo medio en broma que López Llausá había logrado vender dos ejemplares de su novela Aire tan dulce, y Silvina contestó: “Tuviste suerte, con mi libro logró vender uno”. Independientemente del talento de ambas, no vendían. Sara Gallardo fue otro caso similar. No escribían como se esperaba que las mujeres escribieran: liviano, sin pretensiones de lenguaje, en la superficie de la vida, al estilo algo trivial de Silvina Bullrich. Se les festejaba lo sentimental (como aquel libro que no se podía leer con rimmel) y eso era lo que vendía.

En este libro Mujer y escritura Alicia Dujovne Ortiz recuerda los comentarios que le hacían los hombres, cuando escribir rebotaba contra algún tipo de censura masculina. Como bien aclara Díaz-Ridgeway: “En la actualidad, la obra de las autoras argentinas y latinoamericanas en general goza de un reconocimiento demostrado por la cantidad de premios nacionales e internacionales que han recibido”.

Mujer y escritura ofrece diversidad geográfica, escritoras de Entre Ríos, Chaco, Mendoza, Córdoba, Chubut, Tierra del Fuego, Santa Fe, Misiones, Buenos Aires. Además, hay otros idiomas en nuestro vasto territorio y es justo reconocerlos como formando parte del país por derecho propio. En este libro hay poemas en huarpe de Liliana Herrera Salinas y en mapuche de Liliana Ancalao, traducidos al castellano.

Hay también diversidad de géneros –cuento, relato biográfico, poesía, ensayo, fragmento de novela, microficción–, diversidad de estilos y diversidad generacional, ya que incluye a autoras nacidas entre las décadas de 1930 y de 1980.

Ana María Shua

Ana María Shua tiene mucho para enseñar sobre la importancia de no sentirse Chéjov, entre otras cosas, y cómo superar esa ilusión para luego acceder a una escritura más propia y genuina. Es generosa con sus enseñanzas. Les evita pérdidas de tiempo a quienes comienzan a escribir, si estas personas son suficientemente humildes como para prestarle atención. “El descubrimiento de lo particular es una de las claves esenciales de la creación literaria”.

La particularidad del texto de Esther Cross es la idea de fondo: cualquier persona que escribe y aprueba su propia escritura, y si además es reconocida por sus pares, se equivoca cuando cree que tiene una manera única de acomodar palabras. Si hay una cocina de la escritura, también puede haber una fábrica. Cross cuenta el caso de Lee Israel, que falsificó cientos de cartas para venderlas a coleccionistas. Al final, cuando esta mujer murió, el New York Times llamó a uno de los agentes del fbi que siguieron su caso. “Era brillante”, dijo el detective. “Mi favorita es la carta en la que Hemingway se queja porque llamaron a Spencer Tracy para el casting de El viejo y el mar”.

María Teresa Andruetto nos sugiere no olvidar a las escritoras argentinas del pasado porque ahí hay una fuente de riqueza literaria que también puede sacarnos de las limitaciones temáticas de nuestra época.

María Teresa Andruetto

La pesca como posible tema de una novela hace que Selva Almada reflexione sobre por qué se escribe lo que se escribe. Luisa Futoransky, autora del muy original libro Son cuentos chinos (lo leí cuando salió en los años ochenta y no lo olvidé) escribe: “Cada quien va por el mundo (de la escritura) con su propia cartuchera de útiles”.

Hay temas comunes: la niñez, por ejemplo. Como dijo Ana María Matute: “Tal vez la infancia sea más larga que la vida”.

La maternidad tampoco parece ser un tema ligado a la escritura como lo fue universalmente en algún momento. Shirley Jackson, escritora de ese cuento exquisitamente brutal que es “La lotería” (Jackson debe ser conocida dentro del gótico del fin del mundo, sobre el cual escribe Flavia Pittella), cuenta que la idea para ese relato se le ocurrió casi enteramente una mañana calurosa de verano cuando subía una pendiente empujando el cochecito de su hija

La única mujer a la que le cuesta escribir porque le llega el olor invasor del pañal de su hijo aparece en un relato de Fernanda García Lao, pero eso no impide su estilo preciso, contundente: “El olor dificulta el proceso de ir hacia otro lado. Yo me quedo adherida a la nariz por un instante. Atacada por la precisión mecánica del olor”.

Si el tema de la maternidad no inspira reflexiones sobre la escritura, el tema de la madre  propia o ajena sí. En el relato de Mariana Enriquez sobre uno de esos hombres jóvenes que deciden no salir más de sus habitaciones, no hay compasión en los detalles que da de la madre: si la hubiera no sería un relato de Enriquez. Otra madre es vista por María Rosa Lojo desde un punto de vista totalmente opuesto. Acá hay una madre siglo xix que se recrea en las cartas apócrifas de Eduarda Mansilla. Si Lee Israel, la falsificadora, me hubiera dicho que esas cartas de la hermana de Lucio Mansilla eran auténticas, yo le habría creído.

En el relato de Luisa Valenzuela, dos amigas están viajando por Japón y encuentran el perfecto lugar donde llevar a cabo una placentera conversación. El lugar se va llenando de hombres. Mujeres y hombres se ignoran mutuamente, pero ellas de pronto se dan cuenta de que están en “una aguada de búfalos jóvenes”. “Es un baño de testosterona”. Al final tienen una sensación de estar preñadas, no de hijo ni de nada tangible: “Preñadas de posibilidades, de entusiasmo, de ideas, de ganas de escribir”. Es el valor de este libro: no es un baño de testosterona, pero su particular variedad da muchas ganas de leer y de escribir.

 

-Flaminia Ocampo es escritora, investigadora y docente universitaria. Escribió “Cobayos criollos”, “Un asesino entre nosotros”, “Victoria y sus amigos” y “La locura de los otros”, entre otros libros. Vive en Nueva York.

por Flaminia Ocampo

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