Viernes 2 de diciembre, 2022

CULTURA | 21-06-2022 14:30

Guayaquil: Crónica de la ciudad que venció a River y a San Martín

El autor del libro “Libertadores de América”, Alejandro Droznes, recuerda el famoso partido por la Copa Libertadores y el encuentro del prócer argentino con Simón Bolivar. Aquí un adelanto.

Llevaba varios días en Guayaquil, pero todavía no había salido de la zona céntrica en la que se concentran los principales atractivos de la ciudad: había ido y venido muchas veces por una costanera que se llama “Malecón 2000”, había observado desde sus miradores el lento fluir del Guayas y había saludado el monumental hemiciclo que, junto al río, conmemora el encuentro entre San Martín y Bolívar. Del resto de la ciudad sabía poco pero me bastaba alejarme de ese paseo para encontrar un infierno de tránsito, así que prefería pasar el tiempo caminando junto a la orilla, apreciando el espectáculo natural del río y pensando en la entrevista que alguna vez reunió a los Libertadores.

Estaba en esa rutina cuando una tarde distinguí, entre la multitud que paseaba por la peatonal, una camiseta amarilla tirando a anaranjada que tenía un anuncio de Coca-Cola en letras rojas. Fue un instante pero me bastó para reconocerla. Era una prenda que había estado presente en mi infancia: era la camiseta con la que el Barcelona de Guayaquil había protagonizado la Copa Libertadores de 1990, que fue la primera edición de la que tuve noticia.

Por aquel entonces yo tenía nueve años y había descubierto el fútbol gracias al Mundial que se acababa de disputar. Un viernes al mediodía mi mamá nos sentó a mi hermano y a mí a ver Argentina-Camerún y ahí se inició todo: empezamos a recibir El Gráfico en casa cada martes a la mañana. Y fue por una nota de esa revista, poco tiempo después del Mundial, que supe de una polémica semifinal entre el Barcelona de Guayaquil y River.

El partido se había jugado en Ecuador, había vencido el equipo de camiseta amarilla y el artículo de El Gráfico era dramático: se referían sospechas de corrupción arbitral, agresiones de los policías ecuatorianos a los jugadores argentinos, falta de agua y luz en el vestuario visitante, un penal regalado para el equipo local e irregularidades de todo tipo. Por los parlantes del estadio se escuchaba una canción que decía “Barcelona campeón, River maricón”.

Libertadores de América

Pero lo más controvertido, sin duda, había sido un tiro ejecutado por Rubén Da Silva, delantero de River, en la definición por penales. Ese penal, aseguraban las páginas de El Gráfico, había entrado. La pelota había pegado en el travesaño y después había picado adentro del arco. Pero el gol no había sido convalidado.

La foto que acompañaba al texto también era memorable: mostraba, desde atrás del arco, la ejecución del penal decisivo. Se veía la pelota viajando rumbo al travesaño en el que se estrellaría, al arquero de Barcelona siguiéndola con la vista, a Da Silva expectante.

Todo eso, además, había ocurrido sobre el fondo de una lejanía amenazante y tórrida, sintetizada en la frase que un periodista ecuatoriano le susurraba al autor de la nota, que era argentino: “Ecuador es una Colombia en miniatura”. Esto venía a significar que en Ecuador, como en el violentísimo país que en ese entonces era Colombia, también se compraba a los árbitros (en Colombia incluso se los amenazaba y hasta mataba, al punto de que ese año Atlético Nacional de Medellín había tenido que mudar su localía a Santiago de Chile).

Me sacó de la reminiscencia el ruido de una lancha a motor que remontaba el estuario. La multitud seguía ahí. El Guayas, o “Guayitas”, como le dicen con cariño los lugareños aunque se trata de una tremenda mole de agua, también seguía fluyendo. Los Libertadores, en el hemiciclo, no habían disuelto su abrazo. Me di cuenta de que estaba en el exacto escenario de aquel partido y de que, perdido en un rincón de la ciudad, estaría el mismísimo metro cuadrado donde se había ejecutado ese penal.

Decidí abandonar el paseo fluvial al que me había acostumbrado desde mi llegada y adentrarme, por fin, en el infierno del tránsito. Quería encontrar ese estadio y en particular el arco del penal de Da Silva. Paré un taxi, que en esa ciudad son de un amarillo chillón. En el camino resolví que mi investigación ya podía empezar y le pregunté al taxista si recordaba algo de una antigua semifinal entre Barcelona y River.

* * *

En la ilustre ciudad de Guayaquil se reunieron y abrazaron, un día de 1822, los dos Libertadores. Uno, San Martín, venía del sur. Había recorrido l os caminos invisibles de los Andes con sus granaderos y había asegurado la libertad de tres países: Argentina (que en ese entonces era las Provincias Unidas del Río de la Plata), Chile y Perú. El otro, Bolívar, venía del norte. Había transitado las selvas ardientes del Orinoco junto a sus llaneros y había libertado, también, tres territorios: Venezuela, Nueva Granada (la actual Colombia) y la Gobernación de Quito.

Bajo la línea del ecuador se reunían, gracias a un hermoso azar, el sur y el norte, cada uno con su caudal de gloria, de batallas victoriosas, de pueblos emancipados. Y entonces esos dos hombres, héroes itinerantes que fundaban desplazándose, uno viniendo del Plata y el otro del Caribe, se abrazaron. Y después del abrazo subieron las escaleras de una residencia guayaquileña y, agobiados por un calor ya prestigioso, se pusieron a hablar.

Había varios temas pendientes. Por ejemplo: ¿era guayaquileña esa residencia? Estaban en Guayaquil, junto al incesante Guayas, pero ¿en qué país estaban? En ese momento Guayaquil era una provincia libre, con presidente propio, pero Bolívar decía que estaban en Colombia. En una carta a San Martín, previa a la reunión, le revelaba “las ansias que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria”. Lo mismo le decía, en otra carta, al presidente de la ciudad: “sabe que Guayaquil no puede ser un Estado independiente y soberano: sabe que Colombia no puede ni debe ceder sus legítimos derechos”.

Pero Bolívar no pasó a la historia como escritor de cartas sino como hombre de acción, y por eso llegó a Guayaquil acompañado por mil quinientos hombres que ocuparon la ciudad, cada uno con su bayoneta.

San Martín, por su parte, dudaba. Aquel territorio había pertenecido en algunos momentos de su historia a la Nueva Granada, y en ese sentido las aspiraciones de Bolívar eran legítimas. Pero también era verdad que en otras épocas había estado bajo la tutela del Perú, y por lo tanto también el Perú podía reclamar su posesión. Además él, San Martín, era en ese momento el Protector del Perú, título que lo investía provisoriamente como la máxima autoridad del país al que había liberado: debía, por lo tanto, velar por los intereses peruanos.

La ciudadanía guayaquileña, en tanto, estaba dividida: algunos querían pertenecer a Colombia, otros querían pertenecer a Perú y otros querían que Guayaquil fuese independiente. Esta última opción era la más inconsistente, ya que la ciudad carecía de un ejército propio que pudiera oponerse a las bayonetas de Bolívar.

* * *

“Aquello terminó en penales, ¿no?”, me respondió el taxista mientras cruzábamos la ciudad.

El estadio quedaba lejos del centro, junto a un brazo del Estero Salado, uno de los tantos cauces de agua contaminada que cruzan Guayaquil. Se llamaba, como yo recordaba, “Monumental”, igual que la cancha de River, aunque había agregado a su nombre tradicional el de Isidro Romero Carbo, que era el presidente de la institución en la época de la polémica semifinal. A la vera del Estero Salado y frente al “Monumental Isidro Romero Carbo”, entonces, me bajé del taxi.

Perdida en un recoveco de Guayaquil, ahí estaba la mole de cemento que yo había entrevisto en la infancia. Me acerqué con el debido respeto, franqueé el acceso principal y después de caminar un poco por el interminable pasillo interior vi de lejos el césped. Justo pasaba un empleado del club. Le pedí que fuera mi guía y juntos bajamos las escalinatas rumbo al campo de juego. Atónito, le pregunté en qué arco había sido la definición por penales de la semifinal de 1990 contra River. Él lo sabía perfectamente porque aquel triunfo fue un hito en la historia del club, y señaló una de las vallas. “¿Seguro que es ese?”, volví a preguntar. Habiendo llegado hasta ahí, no quería sugestionarme en el arco incorrecto.

Cuando asintió empecé a caminar hacia el lugar de los hechos y al fin me ubiqué ceremonialmente bajo los tres palos. Una horda de insectos allí llamados chapuletes se disipó al advertir mi presencia.

Ahí había sido, tantos años atrás, el penal: la pelota viajando rumbo al travesaño en el que se estrellaría, el arquero de Barcelona siguiéndola con la vista, Da Silva expectante, el pique adentro del arco… Cundió el silencio hasta que el empleado del club habló para decir que ese arco llevaba justamente el nombre de Carlos Luis Morales, el arquero de Barcelona en aquel momento, en virtud de su eterna actuación frente a River. La otra valla, agregó, se había bautizado en honor a José Francisco Cevallos. Morales y Cevallos fueron los arqueros del Barcelona en las únicas dos oportunidades en que el club alcanzó la final de la Copa Libertadores: 1990 y 1998.

A Morales le tocó como homenaje el arco en el que fue aquella definición por penales contra River. Ahí fue que le tapó un penal a José Tiburcio Serrizuela, defensor del equipo argentino, aunque en el instante decisivo de esa noche no tuvo injerencia: Da Silva estrelló la pelota en el travesaño sin su intervención.

Advirtiendo que algo en la historia del club me llamaba poderosamente la atención, el empleado me recomendó que fuera al Museo del Barcelona. Quedaba lejos, aclaró: “en Las Peñas”. Pero yo no sabía qué era Las Peñas.

* * *

El espinoso asunto de la posesión de Guayaquil fue el primer conflicto limítrofe que surgió entre las repúblicas sudamericanas al declararse independientes. Y la forma en que se posicionó cada uno de los Libertadores permite entender sus respectivos planes para el continente, que eran muy distintos.

Para el momento en que pisó el puerto del Guayas, San Martín había asegurado la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y había libertado a Chile y Perú, dejando a su paso la semilla de la organización independiente y republicana. Esto significaba que Chile y Perú eran naciones soberanas y podían decidir sus destinos por sí mismas. Ese era el trazo político que había impreso a su gesta.

Bolívar, por su parte, había libertado a Venezuela, a Nueva Granada y a Quito, pero lejos de honrar la autonomía de cada una de esas regiones las había refundido y reunido en una entidad nueva, gobernada por él. Se trató de un país inmenso y efímero que hoy conocemos como Gran Colombia y que en ese momento se llamaba, simplemente, Colombia.

En la Ley Fundamental de la Unión de los pueblos de Colombia, que instauró el monumental país, el tema de sus límites no queda del todo claro: “El territorio de la República de Colombia será el comprendido dentro de los límites de la antigua capitanía general de Venezuela y el virreinato y capitanía del Nuevo Reino de Granada. Pero la asignación de sus términos precisos queda reservada para tiempo más oportuno”.

Menos claro quedaba cuando, en su “Alocución a los habitantes del Río de la Plata”, Bolívar invitaba “a una sola sociedad, para que nuestra divisa sea unidad en la América meridional”.

Así las cosas, a nadie pudo extrañar que el Libertador venezolano anhelase anexar Guayaquil al país creado por él: era la previsible continuación de la política de absorción que ya había reunido a las naciones del norte del continente. Y, además, le permitiría acceder a otro mar además del Caribe, ya que poner un pie en Guayaquil era poner un pie en uno de los principales puertos del Pacífico.

Todo esto inquietaba a San Martín, porque su deseo era siempre respetar la soberanía de los distintos pueblos y no violentar jamás su voluntad. Por eso cuando en uno de los banquetes que compartieron junto al lento fluir del Guayas Bolívar levantó su copa y brindó “por los dos hombres más grandes de la América del Sud: el General San Martín y yo”, el argentino respondió alzando su vaso “por la organización de las diferentes repúblicas del continente”.

* * *

Las Peñas resultó ser un espléndido laberinto de calles empedradas ubicado sobre la ladera de un cerro. Es lo único antiguo que puede verse en Guayaquil: los piratas, las pestes y el calor se ocuparon de arrasar cualquier vestigio histórico que pudiera perdurar en ese lugar tan glorioso para la historia americana. Pero en Las Peñas el panorama cambia y los bloques de cemento que componen la mayoría de la ciudad se convierten en un paisaje de lajas y casitas coloridas que permiten imaginar la Guayaquil en la que se encontraron San Martín y Bolívar.

En ese barrio, que a pesar del aire bohemio y evocador de la oración anterior está preparado especialmente para los turistas que visitan la ciudad, encontré el Museo del Barcelona Sporting Club.

El lugar proponía un recorrido cronológico por toda la historia del “Ídolo del Astillero” (como se conoce popularmente al club de la camiseta amarilla) desde su fundación en 1925 hasta la actualidad. Una sucesión de vitrinas desandaba, década por década, el paulatino crecimiento del club. Indiferente a lo que sin duda sería una gloria continua e impar, fui directamente a buscar alguna sección que recordase la semifinal de la Libertadores de 1990. Quería saber cómo hacía la institución beneficiada para dar cuenta de un partido tan bochornoso.

El apartado, efectivamente, existía. Lo presidía un cartel que decía “Vicecampeón de América”. Había fotos, un video que terminaba y volvía a empezar, y objetos como el buzo que el arquero Morales usó aquella noche. Yo había visto ese mismísimo buzo en las páginas de El Gráfico: supe entonces que nunca lo había olvidado. También estaba enmarcada la página de deportes del diario El Universo del día jueves 13 septiembre de 1990, cuyo titular decía “El Barcelona le ganó a River Plate de Argentina en tiempo reglamentario por 1-0 y luego en la definición por tiros penales por 4-3”. En cuanto al instante que definió la serie, aquel en el que el penal de Da Silva pegó en el travesaño, decía: “Da Silva no pudo anotar el penal decisivo” porque la pelota “pegó en el horizontal”. El video presentaba la misma vaguedad: decía que Da Silva “estrelló la esférica en el travesaño”. Pero no decía qué había pasado con la esférica después: ¿había picado adentro del arco o afuera?

* * *

La Gran Colombia anexó Guayaquil, como era previsible, y si San Martín no se opuso fue porque había otra cuestión mucho más importante para conversar con Bolívar: cómo terminar de sacar a los españoles de América. En ese momento la independencia del continente estaba casi asegurada pero todavía quedaban soldados realistas que resistían en el Alto Perú, una región inhóspita, particularmente rica y muy difícil de doblegar.

San Martín, en tanto Protector del Perú, tenía el máximo interés en que Bolívar lo ayudase a expulsar a los últimos españoles de ese territorio. Era algo que no podía hacer con su propia gente: sus ejércitos estaban exhaustos después de guerrear en tres patrias distintas. Por eso no se puso firme en la cuestión de Guayaquil y se concentró en pedirle a Bolívar refuerzos para echar a los españoles de su último baluarte. De todos modos, más que un favor le estaba pidiendo una devolución de gentilezas, porque algunas tropas sanmartinianas habían ayudado al ejército de Bolívar en las batallas de Pichincha y Riobamba, y lo habían hecho desinteresadamente. El Libertador argentino nunca pensó en ponerle condiciones al Libertador venezolano; creyó simplemente que, cuando las circunstancias cambiaran, el venezolano acudiría a socorrerlo.

Por si a Bolívar se le había olvidado el favor, San Martín le escribió: “espero que Colombia tendrá la satisfacción de que sus armas contribuyan poderosamente a poner término a la guerra del Perú, así como las de este han contribuido a plantar el pabellón de la República en el sud de su vasto territorio”. La respuesta de Bolívar llegó puntual: “El ejército de Colombia está pronto a marchar donde quiera que sus hermanos lo llamen, y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del Sud”. Y San Martín se lo agradeció: “Acepto su generosa oferta. El Perú recibirá con entusiasmo y gratitud todas las tropas de que V.E. pueda disponer”. Pero por debajo de estas epístolas edulcoradas corría la agria verdad: en la hora decisiva Bolívar ofreció apenas tres batallones, pagando estrictamente la deuda de Pichincha y Riobamba, y sabiendo que ese auxilio no cambiaba en absoluto la relación de fuerzas entre San Martín y los españoles. Incluso podía verse como una excelente oportunidad para el venezolano: iba a hacerse presente en un nuevo territorio, en este caso el Alto Perú, acrecentando así la influencia de Colombia en toda la extensión del continente. San Martín no le pidió un apoyo más numeroso porque eso hubiese significado reconocer su incapacidad para combatir por su cuenta a los españoles que aún resistían en América. Y en su fuero íntimo empezó a aceptar que la empresa de libertar al Alto Perú no sería argentina sino colombiana.

Viendo que Bolívar no le prestaba ni le prestaría la ayuda necesaria para echar a los españoles del Alto Perú, San Martín olvidó todo orgullo personal y se puso al servicio del venezolano: “puede venir con seguridad al Perú, contando con mi cooperación. Yo seré su segundo”. Pero Bolívar le respondió que él no podía mandar a un hombre tan insigne. San Martín entendió amargamente que Bolívar quería toda la gloria para sí mismo, y sin envidia ni ambición decidió abandonar la escena para que el venezolano se transformase en el único protagonista del drama: “me embarcaré rumbo a Chile, convencido de que mi presencia es el único obstáculo que le impide a usted venir a Perú con el ejército a sus órdenes”. Oponerse a Bolívar hubiese debilitado la causa de la independencia americana, y no sería San Martín quien diese esperanzas al enemigo. Por eso efectivamente se embarcó a Chile, cruzó a las Provincias Unidas y después se fue a Europa.

* * *

Salí del Museo, desanduve la ladera del cerro y encaré la vuelta rumbo al paseo costanero que tanto conocía.

Una vez ahí, sentado en un banco junto al inmortal abrazo de los Libertadores, me puse a reflexionar: como era notorio, la vitrina que acababa de ver en el Museo del Barcelona Sporting Club no decía nada del dudosísimo penal de Da Silva ni de las turbulentas circunstancias que, según El Gráfico, habían rodeado al partido. No había rastros de lo que para mí, como argentino, había sido desde siempre un robo vergonzante: para el equipo ecuatoriano era un recuerdo sin mancha, glorioso y célebre. El buzo de Morales, el arquero que yo había asociado siempre a la ignominia del partido, se exhibía orgullosamente a los visitantes, e incluso lo acompañaba un cartel que explicitaba: “Histórico buzo usado en la recordada semifinal ante River Plate de Argentina. Carlos Luis Morales fue la figura en la tanda de penales que condujo a Barcelona a su primera final de América en 1990”.

Se me ocurrió pensar que esa versión de los hechos era justamente la de la institución involucrada, y que en la prensa escrita de Ecuador sí encontraría el fiel reflejo de los acontecimientos, tal como en su momento habían aparecido en El Gráfico.

En el poco tiempo que me quedaba antes de mi partida pude comprobar que no. Lo que para mí había sido un partido vergonzoso era recordado en todo Guayaquil como un heroico triunfo: el diario El Universo publicó, con fecha del 18 de septiembre (el partido había sido el 12, y la edición que había visto en el museo era del 13), un extenso editorial titulado “Los virtuosos de la queja”, firmado por Ricardo Vasconcellos Rosado. Allí se hablaba del “deplorable espectáculo brindado por River Plate” y de la “estridente y ridícula vocinglería” de los argentinos. También encontré un programa televisivo de la época, Acción del Sábado, en el que el locutor, llamado Manuel Kun Ramírez, acompañaba las imágenes del partido diciendo “el Monumental iba a ser escenario de un triunfo magnífico, que sólo la insolencia, la prepotencia y el descaro de los riverplatenses pueden poner en tela de duda, cuando todos sabemos positivamente que Barcelona fue un legítimo triunfador… Barcelona ganó a despecho de un River Plate que apostó al truco y perdió… ¿De qué pueden acusar los argentinos a nuestro público, que no sea la emoción y el espectáculo que brindó en las tribunas del Monumental? ¿Qué pueden reclamar los argentinos del árbitro si el más perjudicado resultó Barcelona por las continuas paralizaciones del juego?”.

Yo nunca había oído esa versión de los hechos.

Al volver a Buenos Aires visité la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y solicité aquella edición de El Gráfico en la que salió la nota sobre River en Guayaquil. Quería confirmar que lo que yo había leído en esas páginas era realmente tan diferente a lo que había encontrado en la desembocadura del Guayas, y que no había sido una distorsión de mi memoria. Cuando me la alcanzaron, volví a ver los recuadros y las fotos que fueron mi primer encuentro con la Copa Libertadores. El título, que reconocí inmediatamente, era “Crónica íntima de una vergüenza”. Y las frases que iban volviendo de la infancia eran: “en un clima de denuncias y provocaciones… víctima de un arbitraje desastroso… River perdió con Barcelona de Ecuador… la pelota picó adentro (lo demostró sin dudas la televisión)… entró, pero no fue gol…”.

Tiempo después se me ocurrió contactar a Adrián Maladesky, el autor de aquella nota. Me recibió en una oficina del diario en el que trabaja. Él no había vuelto a leer el artículo, pero lo tenía muy presente a pesar de que habían pasado casi treinta años de la semifinal. Me contó que la nota armó, en su momento, mucho revuelo en Ecuador. Que El Gráfico tenía mucho peso en el resto de Latinoamérica. Que los periodistas de la revista eran entrevistados por los periodistas de los otros países y eran, a su manera, protagonistas. “Era lo que ahora será, supongo, Fox Sports”, dijo. Y me contó que lo llamó la estrella de la televisión ecuatoriana para insultarlo y amenazarlo. Lo que más le había molestado había sido que relacionara a Ecuador con Colombia: “había una necesidad de diferenciarse”.

* * *

También sobre la entrevista de Guayaquil, así como sobre San Martín y Bolívar y sobre la independencia americana, hay miradas contrapuestas y memorias en disputa.

La perspectiva histórica desplegada en estas páginas es la sanmartiniana, procede del Río de la Plata y da por sentado que el Libertador argentino honraba la independencia de los países liberados, sembraba la semilla de la organización republicana y no violentaba jamás la voluntad de los pueblos hermanos, mientras que el Libertador venezolano subyugaba países, anexaba territorios y libertaba para imperar él mismo.

Desde el trópico, la mirada bolivariana sostiene otra versión de los hechos: el Libertador venezolano no anexaba territorios sino que unía pueblos, y no lo hacía por avidez personal sino porque fortalecer a través de la unión era la única forma de libertar verdaderamente al continente. Desde esta perspectiva el proyecto sanmartiniano, lejos de promover una libertad auténtica, coincidió con el de las dirigencias locales de cada país que dividieron la América para aislar a los pueblos y evitar su verdadera emancipación.

También la retirada de San Martín de Perú es interpretada de maneras muy diversas. Desde el Río de la Plata se la entiende como un acto de sublime abnegación que allanó la emancipación definitiva del continente: el argentino, dejando a un lado cualquier atisbo de vanidad, le cedió al venezolano la gloria inmortal de barrer al último ejército español que peleaba en América. Desde el trópico, en cambio, la partida de San Martín es vista como la consecuencia lógica de no haber tenido la fuerza militar suficiente para acometer la embestida final en el Alto Perú. Esta perspectiva, además, arroja una nueva luz sobre el pedido de refuerzos por parte de San Martín: no es que Bolívar fuera avaro cuando le retaceó los hombres y armamentos que el argentino tan desesperadamente le pedía; era San Martín el que pretendía un honor que no le correspondía. Su Ejército de los Andes había libertado a Chile primero y a Perú después, pero la independencia peruana, que pasó a la historia como un logro argentino, había sido llevada a cabo en gran parte por soldados chilenos. De esa manera San Martín había conseguido hacer pasar por argentina una gesta que había sido también chilena. Esta forma de actuar dilataba la celebridad de los argentinos y de San Martín, y lo hacía gracias al esfuerzo de otros pueblos. Esto es, aseguran en el trópico, lo que Bolívar no aceptó. Si las armas del Libertador venezolano iban a decidir la contienda en el páramo altoperuano, la bandera que tenía que flamear ahí era la de Colombia, y los monumentos tenían que ser para Bolívar. Y eso fue lo que sucedió.

Sin embargo, más allá de ese último logro militar del venezolano, la idea política que prevaleció fue la de San Martín. La América liberada se organizó tal como quería el argentino: un conjunto de repúblicas independientes, soberanas y respetuosas de sus vecinas. Éstas se erigieron respetando los antiguos territorios de la colonia: donde había estado la Capitanía de Chile se instituyó la República de Chile, donde había estado el Virreinato del Perú se levantó la República del Perú, y así sucesivamente.

Alejandro Droznes

En cambio la Gran Colombia, el colosal país bosquejado por Bolívar, se deshizo como una pompa de jabón. El desmembramiento empezó cuando los venezolanos exigieron que el inmenso territorio fuera presidido por su líder, José Antonio Páez. Como Bolívar no accedió, los venezolanos se separaron de la Gran Colombia y le prohibieron al mismísimo Libertador pisar su propia patria. Apenas siete días después de la escisión de Venezuela, también Quito y Guayaquil rechazaron su amparo y pasaron a constituir una república independiente con el nombre de Ecuador. Tampoco ellos creían que, como decía Bolívar, “la patria es América”.

Los historiadores sanmartinianos afirmaron, desde el Río de la Plata, que estas ansias por libertarse del Libertador venezolano eran elocuentes: el país soñado por Bolívar era en realidad fruto de su ambición, y los pueblos vecinos lo sentían como una nueva tiranía. No se habían liberado de Madrid para someterse a Bogotá.

Desde el trópico, los cronistas bolivarianos respondieron que cuando el continentalismo del venezolano se desvaneció lo que vino fue una auténtica desgracia: la parcelación del territorio americano dio lugar a una variedad de patrias pomposas pero endebles, y al interior de esos nuevos países los pueblos siguieron viviendo en una situación de avasallamiento muy parecida a la que habían padecido durante la colonia. Respondieron también, y finalmente, que esos nuevos patriotismos, forjados a partir de vagos ideales nacionales, no tardaron en funcionar como excusa para todo tipo de enfrentamientos y contiendas entre los mismos americanos.

De la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana, y de cómo está el continente en esos enfrentamientos y contiendas, trata este libro.

 

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por Alejandro Droznes

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