Domingo 22 de mayo, 2022

CULTURA | 18-04-2020 20:30

Racing Club: hazaña con sangre Vasca

“Racing Hepta” conmemora los 100 años de un récord deportivo único, en el que mucho tuvieron que ver los inmigrantes de Euskadi.

El próximo jueves 23 de abril, en la Sede de Avenida Mitre del Racing Club de Avellaneda, el periodista Edgardo Martolio (ex director asociado del Diario Perfil en su primera época, primer jefe de redacción de la revista La Semana, antecesora de la actual Noticias y antes de todo ello antiguo director de la revista Racing) presentará el libro conmemorativo del centenario de la mayor hazaña que haya conquistado en primera división cualquier club argentino, cualquiera del continente americano, cualquiera del hemisferio sur y cualquiera en el siglo XX de cualquier gran liga: consagrarse campeón siete años consecutivos, entre 1913 y 1919. Recién en este siglo XXI lo emularon tres europeos que invirtieron muchos millones de dólares para conseguirlo: Lyon de Francia, Juventus de Italia y Bayern Múnich de Alemania; pero Racing, además, ganó 4 de esos torneos invicto, uno de ellos sin siquiera empatar un único partido y sumó 11 copas en esos mismos 2.442 días de suceso. 

 “Racing Hepta”, sin embargo, no es apenas un libro de fútbol en el que proliferan estadísticas, tácticas y pormenores que hasta aquí poco o mal se sabían; además de describir cómo se consagró “la nuestra”, cuándo surgió el apodo “Academia” y de detallar el nacimiento de la rivalidad con Independiente, también cuenta el país de ese momento, enancado en los ferrocarriles. Principalmente narra la increíble y propicia Avellaneda que permitió que germinara el éxito que convertiría al club en el ‘Primer Más Grande’; se mete en las intrincadas intendencias de los hermanos Barceló, sus comités donde se presentaba Carlos Gardel –comprueba que era hincha de Racing– y no evita las andanzas de su “capanga” Ruggierito. 

Vascos. El autor, en su investigación, para llegar a estas 428 páginas en formato enciclopédico, tropezó con muchos laberintos que no imaginaba recorrer y se sorprendió con algunos detalles que la historia ignoró hasta aquí. Uno que le llamó significativamente la atención fue el predominio vasco en aquel suceso sin igual. Es cierto que el Racing Hepta-campeón fue el primer equipo 100% criollo, aglutinando una primera generación de hijos de inmigrantes, en pocos casos de descendencia italiana y mayoritariamente descendientes de españoles pero, preponderantemente vascos. Ya el primer presidente del club lo era, Arturo Artola (nacido en Uruguay pero hijo de guipuzcoanos de Astigarraga). Puede decirse que los mayores cracks tenían sangre euskera. De los 7 jugadores que fueron campeones los 7 años; su incomparable capitán Alberto Bernardino Ohaco y el jugador, capitán del seleccionado y entrenador en cinco de esos títulos ‘académicos’ y luego subcampeón con nuestra selección en el primer Mundial, el de 1930, Francisco Olazar, también lo eran. La última estrella en aparecer en ese ciclo, Pedro Ochoa Baigorri, ‘Ochoíta’, aquél que inmortalizó ‘el bronce que sonríe’ cantando “sos el crack de la afición”, era otro vasquito. Pero más que esas individualidades y el reguero vascuence que poblaba todas las divisiones, las tribunas y el club en general (no por acaso la segunda actividad era la pelota a paleta), el espíritu que envolvía a Racing en su paso firme, determinado, digno y esforzado respondía a una inteligencia y disciplina vascas. 

Racing Club

Algunos párrafos literales del libro lo ratifican cabalmente: “La sangre de aquel equipo era criolla y se manifestaba en la libertad que expresaba su ingenio arrabalero y su inventiva artesanal. Pero era inocultable la influencia de ‘la determinación vasca’ que lo imbuía. El alma era vascuence. Los Ohaco, que fueron sus capitanes, primero Juan, el mayor de la saga y después Alberto Bernardino con su ‘humilde omnipresencia’ y su evidente preponderancia sobre el grupo, rico en el arte del desequilibrio rival y experto en tornar fácil lo complejo: ‘de un limón hacía una limonada’. Ellos impregnaron sus digitales en ese equipo. Y Francisco ‘Tute’ Olazar, otro gran vasco, que además de ser el ‘centrojás’ sobre el cual giraba el equilibrio del equipo, fue el entrenador-estratega en cinco torneos. Ellos tres fueron los principales referentes pero no eran los únicos que descendían de la nación Euskadi y eso fue fundamental para mostrar las dos caras de una misma moneda. Para reunir la impronta natural de esta tierra y la inquebrantable voluntad de aquella otra. A ellos se sumaban Betular, Zabaleta y los hermanos Ochoa entre los titulares. Y Bustince, Curutchague, Etchegaray, Iribarren y otros que alternaron. Y de todos esos hijos de inmigrantes vascuences de las varias diásporas de euskeras que hubo entre 1835 y 1919 –hartos de la guerra napoleónica primero y las carlistas luego–, este Racing se benefició heredando la tenacidad que no le permitía resignarse, que lo empujaba “pa’lante” y lo llevaba a dar vuelta cualquier adversidad. Así se gestó un equipo con clase y coraje tan difícil de derrotar y tan fácil de verlo gritar cinco goles”. 

Casacas. La obra de editorial Del Empedrado no se ciñe a los siete certámenes consagratorios; allí se lee: “A esas once primeras casacas blanquicelestes que fueron el amuleto de la conquista del ascenso a Primera –y por ello tampoco nunca más se cambió ese diseño–, las lavaba por amor al club la matriarca de los Elesgaray (casada con un hermano del ‘Vasco’ Ignacio Oyarzabal). Los también vascos Elesgaray pertenecían a una de las primeras familias racinguistas, propietaria de una mansión en la antigua calle O’Gorman (hoy 25 de Mayo) de Avellaneda, no por casualidad junto a la primera canchita (…)”. 

Los vascos de aquél Racing imbatible conformaban un grupo muy unido, lo que se refleja en anécdotas como esta: “Esa semana, antes del match, un pequeño grupo de jugadores no identificados por ninguna de las fuentes –probablemente todos los vascos del elenco–, visitó a la ‘Madre María’ en Turdera, adonde acaba de mudarse. Aquella españolita que llegó a la Argentina a los 14 años huyendo de las Guerras Carlistas y tras enviudar dos veces de dos millonarios y recibir un mensaje espiritual del venerado Pancho Sierra, se dedicó a milagrear. Predicaba bajo la consigna de que ‘la verdadera grandeza en el Universo, es la fe en Dios y la regeneración de la Humanidad’. Los cracks no hicieron los 30 kilómetros que separan Avellaneda para pedir por triunfos o un título más, no, nada de eso, lo hicieron para pedir por la salud del back Saturnino Ochoa, como lo hacían siempre que acudían a misa”. 

Las referencias vascas están a troche y moche en intimidades como esta: “Se presentó un bandoneonista de Sarandí que actuaba en La Vasca, una fonda de la entonces Calle Europa de Capital, actual Carlos Calvo, cuya propietaria María ‘La Vasca’ se decía apasionada por un euskaro del equipo albiceleste: Olazar, quien buen mozo que era y con su porte atlético se había transformado en un auténtico ‘roba corazones’ (él no correspondía a tales ansias porque se trataba de un hombre muy correcto y seriamente comportado)”. Y en observaciones como esta otra impresa al pie de una síntesis de partido: “Hubo que hacer tres planillas; en la primera no había ningún ‘Ohaco’ y había dos ‘Ochoa’. En la segunda aparecían dos ‘Ohaco’ y ningún ‘Ochoa’. Ocurre que esos dos apellidos vascos se escriben con las mismas cinco letras”. 

 Cuando Martolio describe el título número siete dice: “Ese domingo, próximo a la Navidad, el grupo de vascos (entre otros, los Olazar, los Ohaco, los Ochoa, los Bustince… –van en plural porque cada apellido carga a varios entre hermanos y primos que actuaban en Primera u otras divisiones– junto a ex cracks que ahora eran directivos como Ignacio Oyarzabal, Ángel Betular, José Gabriel Iribarren y Pedro Etchegaray), festejaba cantando en el vestuario. En lengua euskera entonaba una tradicional canción vascuence, propia de esa fecha y transmitida por sus ancestros, originarios de Álava, Navarra y Vizcaya: “Olentzero buruhandia / entendimentuz jantzia / bart arratsian edan omen du / bost arruako sagia / ai, urde tripahaundia / la, lara, lara / ai, urde tripahaundia / la, lara, lara, laralara“. La traducción de esa estrofa es: ”Olentzero cabezón / tan sabio / ayer por la tarde se bebió / un montón de litros de vino / ¡Ay, menudo tripón! / la, lara, lara / ¡Ay, menudo tripón! / lara, lara, laralara…“. La alegría se quedaba en el grupo, la hinchada festejaba lejos. No había radio ni televisión o Internet. Los periodistas eran pocos, sólo de los diarios y no sabían incomodar ni preguntaban por “botineras” que entonces no existían. 

Los Ohaco eran tres, Bernardino además era cuñado de otro vasco, Betular. Los Olazar eran dos, como los Ochoa pero la lista vasca es enorme, no sólo entre quienes jugaron en Primera, también entre quienes componían los cuadros de divisiones menores y quienes dirigieron al club por esos años fundacionales y triunfales. Inclusive entre sus hinchas famosos, así se lee: “Ricardo Pepe continuaba lastimado y por lo tanto marginado: siguió el match desde las tribunas junto a los ya conocidos actores Enrique Muiño y José Olarra, inmigrantes gallego y vasco-francés respectivamente, que se habían transformado en hinchas y seguidores de la ‘Academia’”. Martolio no tiene dudas: “Sin esos vascos aquel Racing no hubiese sido lo que fue y nuestro fútbol no sería lo que es, porque con aquél Racing comenzó ‘nuestro’ fútbol y no con Alumni como muchos creen y repiten”. Habrá que leer ‘Racing Hepta’, para saber más de esta inmigración, de tanta gloria y de su legado. 

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Javier Manes

Javier Manes

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