Martes 21 de septiembre, 2021

CULTURA | 04-06-2021 17:00

Transmutar en felicidad la realidad

Durante el aislamiento de 2020, Juliana Laffitte y Albertina Carri dibujaron y escribieron el libro “Retratos ciegos”. Aquí el relato de esa experiencia.

Durante el mes de julio de 1947, en la Galería Pierre Loeb ubicada en la ciudad de París, Antonin Artaud exponía una serie de dibujos bajo el título Portraits et dessins. Para presentar aquella muestra, él mismo escribiría un texto que es un breve tratado sobre el rostro humano. Muchos años después, su albacea Thévenin, explicaría las condiciones históricas y biográficas en las que fue realizada la obra gráfica de este artista y pensador. A medio camino entre la alucinación y la realidad, lo suyo es la clarividencia trascendental. Acosado por sus enfermedades nerviosas, cada una de sus intervenciones públicas tuvo la potencia de lo salvaje. La profecía de lo no visible o de aquello que ruega por ser visto. El rostro humano es una fuerza vacía, un campo de muerte. Comienza el relato con el que invita a ver sus dibujos y sus retratos, a dos años de la Segunda guerra mundial.

Dibujo-Juliana Laffitte

A su vez Artaud declara que la forma del rostro nunca se corresponde a su cuerpo, que siempre querría ser otra cosa. Cuando comencé a sumarle palabras a los retratos ciegos que realizaba Juliana pensé que les estaba inventando un cuerpo a esos rostros. Que tenía que buscar las palabras en mi propia ceguera para no cometer una blasfemia contra esos trazos salvajes que ella me entregaba en gesto tierno y confiado. Ese cuerpo sin correspondencia fue el que me salvó de los anatemas del presente.

Retratos ciegos

Nuestro momento histórico era de una incertidumbre casi alucinada. El mundo acallado y banalizado por un virus irrefrenable y ciudades que se veían pobladas por cuerpos sin nombres que caían como en una guerra. Muertos sin sepelios, sin deudos que pudieran acompañar esa última entrega. Miedo. Eso sentíamos también, la fuerza vacía y el campo de muerte que veía Artaud en su época. Ver algo en ese contexto se hacía fútil. Todo parecía profético o inane. La existencia expuesta a esos polos anímicos en apenas unas horas. A veces minutos. La vida cotidiana trastocada y exacerbada. El silencio y el insomnio. Nuestros cuerpos en ausencia, nuestras voces electrónicas, nuestras risas: una imagen sin aliento.

Dibujo-Juliana Laffitte

El desasosiego habitaba pueblos y ciudades con desfachatez. Impúdico, sobrevolaba mundial. Hasta que llegaron esos trazos que nos devolvieron a una realidad espontánea y a algún tipo de verdad ciega. Un calor sanguíneo volvió a recorrernos el cuerpo. Este ejercicio, este encuentro de trazos y afectos al que titulamos “Retratos ciegos”, se volvió clarividente y transcendental. En su fin más auténtico: transmutar en felicidad la realidad más inmediata. Artaud confiesa no haber cuidado sus trazos, sino hacer manifiestas las verdades lineales. Nosotras podemos confesar que nuestros trazos son una manifestación de la más profunda de las verdades: el cuidado que decidimos prodigarnos.

Albertina Carri

Mayo 2021

Albertina Carri y Juliana Laffitte

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por Albertina Carri

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