Lunes 17 de mayo, 2021

ECONOMíA | 18-12-2020 12:32

¿La siesta del dólar?

La brecha cambiaria se va achicando, pero las restricciones no ceden y el Banco Central sigue en alerta para operar y llegar a marzo.

Si hay una variable que oficia del termómetro económico en la Argentina es el valor del dólar. Ya es un lugar común que en nuestras latitudes el ciudadano proyecta en un billete más que su valor intrínseco. Luego de años de discusiones hay consenso acerca de algunos aspectos que el correr de los años, con la particularidad de políticas económicas edificadas sobre la base del ensayo y el error, del vamos viendo y la búsqueda implacable de chivos expiatorios produjo resultados que arrojan muchos perdedores y muy pocos, pero poderosos, ganadores. La primera víctima de décadas de errores de cálculo y patadas para adelante es el peso. Porque encumbrar al dólar al olimpo monetario también puede resultar el lado B de haber denostado la moneda de curso legal, vaciándola de contenido y arrinconándola para su uso numismático.

Mariana Luzzi y Ariel Wilkis son dos sociólogos que publicaron un interesantísimo trabajo sobre las connotaciones culturales que rodean a la vieja pasión argentina por el billete verde: El Dólar. Historia de una moneda argentina (1930-2019) y que salió a la luz justo antes de la corrida cambiaria que disparó la derrota de Mauricio Macri en las PASO. La conducción actual del Banco Central alienta estas visiones no económicas de aspectos monetarios, necesarias, pero claramente insuficientes para entender por qué el tipo de cambio puede variar, como hizo el mes pasado entre casi $ 190 y $ 150 en sólo dos semanas.

En la evolución del tipo de cambio en el último año se mezclaron muchos elementos de difícil disección: la crisis de confianza inicial, el default técnico inminente, las demandas ocasionadas por casi dos años de restricción presupuestaria, la fuga de depósitos y la memoria inflacionaria. Todo eso alimentó la mirada de salvación del dólar como refugio de valor que siempre estuvo presente en las crisis argentinas. Y esta no fue la excepción.

Preocupaciones. La preocupación social también fue mutando a medida que la pandemia adquiría otras características, mimetizándose en el país con las cuarentenas extendidas, la inactividad parcial o total según el sector y la enorme disparidad en el impacto sobre los ingresos de la población.

En el último informe del Monitor de Opinión Pública de Oh!Panel sobre el balance del año de gestión del gobierno de Alberto Fernández, queda claro que las tres principales preocupaciones de la población son económicas: inflación (65%), desempleo (65%) y pobreza (65%), más o menos las mismas prioridades que cuando asumió el Frente de Todos, pero con los índices de pobreza ahora trepados al podio de interés.

Hubo un momento en que parecieron prenderse todas las alarmas: una vez arreglado el problema de la deuda, al menos en el corto plazo con los bonistas privados y que el Banco Central no lograba apagar la sed de tantos compradores del “dólar ahorro” (llegaron a ser casi 5 millones de personas en julio-agosto) hubo un indicador clave: el nivel de reservas netas. Los economistas hacen cálculos de cuántas son realmente, neteando del nivel bruto los pasivos del BCRA y otros activos de difícil liquidez. Las cuentas dan entre US$ 0 y US$ 4.000 millones, en la práctica, nada. Pero sin crédito internacional disponible y con parte de los depósitos en dólares de los ahorristas guardados como encaje. En ese punto, la política monetaria cambió, y para fin de octubre, mediante más restricciones, pero, sobre todo, más operaciones de bonos fue interviniendo el mercado para lograr, en poco más de un mes, una quietud extraña para el vértigo de la pandemia monetaria.

Efecto aguinaldo. Para Francisco Gismondi, director de Empiria Consultores, no hay anormalidad en la presente quietud aparente del mercado cambiario: “como todos los diciembres, el aumento en la demanda estacional de pesos por el pago de aguinaldos por parte de las empresas y de las vacaciones y las fiestas por parte de las personas, ayuda a que tanto el dólar oficial (compras del BCRA) como el paralelo (Blue, CCL y MEP) se moderen”. También colabora a este clima de distensión la existencia de algunas ventas del sector público a través del mercado de bonos que ayudaron a la sensación de “veranito cambiario”. Pero esta coyuntura está lejos de alcanzar su sostenibilidad, con una brecha cambiaria que se sigue ubicando por encima del 70%. “En esas condiciones la economía no funciona”, sentencia.

Fernando Marengo, economista jefe del Estudio Arriazu Macroanalistas, asigna a la confianza un rol preponderante en la cuestión cambiaria: “Después del déficit extraordinario del segundo trimestre, se optó por un discurso que generó desconfianza y eso hizo que cualquier peso que estuviera dando vueltas se fuera al dólar. O va contra reservas, si el Banco Central dispone de fondos, o contra brecha si restringe la demanda”. A su juicio, la tranquilidad es relativa porque es a costa de un Banco Central perdiendo reservas en el mercado cambiario, un nivel de reservas muy bajo, con una brecha de más del 70% y un riesgo país de más de 1.400 puntos que es incompatible con cualquier decisión de inversión. Este punto puede ser de inflexión si existen señales para que reaparezca nuevamente la demanda de dinero y mejoren los indicadores de desconfianza que todavía mandan en la coyuntura económica.

Cuba. Mientras en Buenos Aires los cálculos y las proyecciones intentan hacer llegar a buen puerto la coyuntura monetaria, hay un país hermanado como pocos con la Argentina que ya avisó que comenzó su reforma monetaria sin medias tintas: Cuba. Además del paraíso turístico y de medicina reparadora, meca cultural del setentismo vernáculo y consultoría a domicilio en materia de inteligencia y seguridad; ahora enfrenta el reto de cambiar de cuajo su bimonetarismo light por un solo tipo de cambio, eliminando el CUC (convertible) y dejando el viejo peso moneda nacional a razón de 24 por dólar; devaluando para algunos sectores con precios diferenciales y controlando la inflación generada y el empleo, por si faltaran desafíos. Sin duda, este ejemplo, tan cercano para varios valedores de la política económica local, podrá oficiar de laboratorio anticipando las dificultades que una economía enfrenta luego de años de descapitalización y estrangulando su generación de divisas. En Cuba los tres primeros lugares de ingreso de dólares generalmente eran el turismo internacional, las remesas que los emigrantes y exiliados envían y la reexportación del petróleo venezolano. Pies de barro para un futuro sostenible.

Todo pasa. Si nuestras dificultades económicas se simplifican enfocándolos en el dólar, una relativa quietud podría hasta hacer olvidar el aspecto siempre caliente a fin de año. Pero es una quietud que encierra un grave pecado en la prédica insistente y bienvenida del ministro Guzmán: no es sostenible eternamente. Francisco Gismondi advierte que el problema de fondo es que se quiere defender una paridad cambiaria con muy pocas reservas. “En febrero la demanda de dinero pega la vuelta y es donde normalmente se ven los pesos que sobran y como difícilmente haya una contracción monetaria en ese momento, es posible que se recalienten la inflación y el dólar”. Un diagnóstico que al menos invita a no bajar la guardia. Ni siquiera cuando aparece en el horizonte la cosecha salvadora (ver recuadro) que incluso podría prorrogar la sensación de normalidad con otra sensación, como recordaba Marengo, que ya no escasean los dólares ni bien ingresa la liquidación de la cosecha gruesa. Pero podría no ser tan automática, dilatarse hasta abril o mayo y el yenga monetario podría desmoronarse una vez más. Y en un año electoral, adquiere una dinámica impensada.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

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