Jueves 29 de septiembre, 2022

ECONOMíA | 04-09-2022 00:24

Se buscan dólares

Con reservas agotadas, el Gobierno trata de pasar el pico de importaciones buscando divisas y sin devaluar. ¿Misión imposible?

El que, apuesta al dólar, pierde” es la frase de cabecera de los ministros de Economía cuya posición está sitiada por las presiones devaluatorias. Fue enunciada en 1981 por Lorenzo Sigaut, que tuvo que negar lo inevitable: una devaluación que precipitó uno de los períodos de más alta inflación en Argentina. El actual viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein no tuvo que tapar el sol con la mano, pero circuló un documento supuestamente elaborado cuando no había sido nombrado, en el que enumeraba las medidas para salir del agobio que incluían, inevitablemente, una corrección cambiaria. En un audio que se viralizó, Rubinstein habló que al menos, el jueves 1° de septiembre no estaba prevista ninguna devaluación. ¿Y luego?

Tabú. La palabra devaluación es desterrada del léxico oficialista de turno. La modificación de la paridad cambiaria siempre vino precedida de la utilización previa como un “ancla” de la política de precios. Y no fue la excepción en la gestión de Martín Guzmán. En primer lugar, al establecer controles y cepos, se generó una fragmentación del mercado cambiario: el dólar “oficial” fue debidamente “pisado” para no alimentar la inflación y el otro fue restringido progresivamente en sus variantes “financieras” para controlar de alguna manera la demanda que la ola de emisión monetaria durante la pandemia no se volcara a los precios y se desatara otra hiperinflación. Esta práctica dejó como saldo dos auténticos lastres para los escenarios económicos: una creciente brecha cambiaria y una bola de nieve de deuda pública en pesos.

Durante el año pasado, por ejemplo, el dólar en el “Mercado único y libre de cambios” (MULC, que ni es único ni es libre), creció la mitad que la inflación. O sea, nominalmente hubo una devaluación del peso, pero fue mucho más leve que el índice de precios al consumidor (IPC) necesaria para no seguir distorsionando el mercado. La solución de compromiso para salir de esta coyuntura fue la de ir restringiendo los pagos de importaciones, ya sea con mecanismos de autorización burocráticos (como licencias no automáticas), aranceles diferenciados o con plazos de pago mandatorios. La historia indica que, en estas circunstancias, se produce inevitablemente dos movimientos: se alientan o anticipan las importaciones y se retrasan exportaciones.

Sombreros. En su anterior vida profesional, Gabriel Rubinstein hacía proyecciones de escenarios económicos para sus clientes y, en especial, una o dos veces por año para la Revista Noticias. La última vez fue en el agitado mes de julio, cuando todavía era ministra la efímera Silvina Batakis y mostraba su visión crítica sobre la marcha de la economía. A fin de julio, entonces, decía que, si había que poner un día al inicio de la aceleración de la crisis, la fecha “gatillo” haya sido el 9 de junio, con el rescate de los fondos Pellegrini, que dio lugar a una brusca caída en los precios de los bonos en pesos, lo cual presagiaba la imposibilidad de seguir renovando la deuda estatal que mes a mes va venciendo. “Algunos preferirán ubicar la fecha el 29 de junio, cuando el Banco Central “cerró” virtualmente los pagos al exterior por importaciones. Durante tres días hubo una suerte de “default comercial”, lo cual dio lugar a conductas de “pánico” en productores y comerciantes y, por supuesto, a conductas oportunistas de todo tipo (lo que se suele llamar “especulativas”). Todo esto produjo desabastecimiento y fuertes aumentos de precios”. Esa fue la explicación que ensayó Rubinstein para la tormenta que se ensañó con la maltrecha economía argentina y que se llevó puesto todo un esquema gradualista que hizo agua. Su demorada presencia en el equipo liderado por Massa le aporta la cuota de idoneidad técnica, pieza clave en la interlocución con el Fondo Monetario Internacional en las conversaciones que intentarán conseguir el oxígeno necesario que tendrá dos formatos: un permiso (“waiver”) para no cumplir parte de las metas acordadas y/o refinanciación de los pagos de deudas que siguen drenando las pocas reservas que se pueden acumular cada mes.

Según el informe de la IERAL, con reservas netas en el Banco Central “que apenas si cubren una semana de importaciones y DEG (la moneda del FMI) que alcanzan para pagar compromisos con el organismo hasta principios de octubre, existe poco margen de error para el propósito de la conducción económica de acercarse a las metas de fin de setiembre, comprometidas en el acuerdo con el FMI”.  Justamente, el informe insiste en que, con tal de evitar el salto devaluatorio como mecanismo para recuperar reservas, el Gobierno apunta a “sobreactuar” los esfuerzos destinados a enderezar el rumbo fiscal: es que en el primer semestre el déficit primario del sector público se alejó, como proyección anual, 1,2% del PBI del objetivo de 2,5 % del establecido para todo el año.

Para el economista Federico Vacalebre, profesor del UCEMA, sostener una brecha arriba del 100% es directamente inviable. “Todo lo que se percibe es una conjunción de problemas que corren por tres vías diferentes pero que se terminan conectando: fiscal, cambiaria y monetaria; y que precisan inmediata corrección”, advierte. A su juicio, el objetivo más urgente debería estar puesto en achicar la brecha, porque da pie a una transferencia de ingresos del exportador al importador que termina erosionando el balance comercial. “Y es por eso, entre otras cuestiones, que el campo no liquida: recibe una tercera parte del valor de una tonelada de soja que, en los países vecinos, por ejemplo”, explica.

Bajo cero. El nivel de reservas netas del Banco Central parecería poner a prueba la transparencia de la información de la entidad, que expone periódicamente las cifras de la composición de las reservas brutas, pero no de las que dispone operativamente para intervenir en el mercado. Francisco Gismondi, director Macroeconómico de Empiria Consultores y exdirector del Banco Central, las reservas netas son casi cero. “Eso implica que todavía los dólares de los depósitos o de sus encajes en dólares no se usaron, pero podrían utilizarse en cualquier momento”, analiza. Los rubros menos líquidos, como el oro o los DEG pero que incluso podrían utilizarse. “En cualquier caso el nivel de reservas es crítico: un país emergente necesita reservas netas por aproximadamente 15% del PIB y Argentina no llega ni al 1%”, sentencia.

Vacalebre estima que las reservas netas del BCRA (descontando el swap de China, encajes de depósitos en dólares, préstamos del FMI y préstamos del Banco de Basilea) están en US$2.300 millones. De descontar las tenencias de oro (US$3.400 millones) y los DEGs, girados por el FMI (US$4.400 millones), el déficit en las reservas líquidas disponibles asciende a US$5.500 millones. Ante tanta confusión de cifras, una cosa parece segura: “una devaluación va a suceder y no sabemos cuándo, para achicar la brecha. Pero también va a arrastrar más inflación porque hay una gran distorsión de precios relativos”, finaliza.

Sin embargo, no necesariamente una devaluación revierte la situación mágicamente porque, como previene Gismondi, si se realiza “sin plan sin plan y sin confianza se va a precios muy rápido y no arregla nada”. Es que la verdadera razón de tanta distorsión es el desequilibrio fiscal permanente. En 2021 hubo 2,3% del PBI en subsidios y todo lo que se intenta ahora ni siquiera alcanzará para eliminarlos. En menos de seis meses, volverá la presión por corregirlas y también la guerra santa por no hacerlo.

La receta ortodoxa, con la que Rubinstein se movería con más comodidad, implicaría devaluar, hacerse de reservas y amortiguar el rebote inflacionario que eso generaría. No parece ser el menú disponible. En cambio, el elegido es un sendero más estrecho que atraviesa el campo minado, en que se fue transformando la economía argentina a medida que fue sumando distorsiones. El premio será cruzar a la otra orilla del siguiente mandato con la sensación de control por parte del gobierno saliente. Pero el enemigo a vencer, sobre todo, es la convicción instalada que, a la larga, el dólar siempre se sale con la suya.

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Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

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