Argentina y el mundo entero están experimentando un fenómeno inédito en la historia de la humanidad: el aumento de la longevidad. Este logro social y sanitario nos enfrenta a un gran desafío: prepararnos no solo para vivir más años, sino también para darles vida, sentido y significado.
El aumento de la esperanza de vida constituye uno de los grandes logros de nuestro tiempo. Sin embargo, nos invita a reflexionar sobre una pregunta fundamental: no se trata solamente de agregar años a la vida, sino de preguntarnos qué vida queremos construir durante esos años.

En este contexto, resulta necesario revisar las representaciones sociales que históricamente han acompañado a la vejez e interpelar aquellas miradas que asocian el envejecimiento exclusivamente con la pérdida, la dependencia, la enfermedad o la disminución de las capacidades. Porque, cuando hablamos de personas mayores, hay dimensiones fundamentales de la vida que muchas veces quedan relegadas, y una de ellas es el amor.
Hablar del amor en la vejez implica cuestionar prejuicios y estereotipos profundamente arraigados en nuestra sociedad, que suelen vincular el enamoramiento, el deseo, la intimidad y la sexualidad exclusivamente con la juventud. Sin embargo, envejecer no significa dejar de sentir, de enamorarse, de desear, de disfrutar de la intimidad ni de construir nuevos vínculos. El amor, el afecto, el deseo y la sexualidad forman parte de nuestra condición humana durante todo el curso de la vida.

Es cierto que, a medida que envejecemos, nuestro cuerpo cambia, las rutinas se transforman y las maneras de vincularnos pueden adquirir nuevas formas. El amor también se transforma, se reinventa y encuentra otras maneras de expresarse: en una mirada, una caricia, una conversación, la compañía cotidiana o, simplemente, en el placer de compartir el tiempo con otra persona.
El amor atraviesa nuestra existencia y constituye una dimensión fundamental del bienestar emocional. Nos conecta con los demás, fortalece el sentimiento de pertenencia, nos ayuda a construir proyectos y aporta sentido a la vida. Sentirse querido, reconocido y acompañado no es un privilegio reservado a determinadas etapas de la vida, sino una necesidad profundamente humana que permanece a lo largo del tiempo.
Por eso, amar en la vejez también supone la posibilidad de volver a vincularse, de descubrir nuevas formas de encuentro y, muchas veces, de aprender nuevamente. Los modos de amar que construimos en la juventud no necesariamente permanecen inalterables: pueden resignificarse, enriquecerse y recrearse a partir de las experiencias vividas. Para ello, necesitamos apertura, flexibilidad y capacidad de adaptación, así como recursos emocionales que nos permitan afrontar los cambios, elaborar las pérdidas y construir nuevos vínculos. Nuestra historia, nuestros aprendizajes y la red de afectos que nos sostiene pueden convertirse en recursos valiosos para transitar esta etapa de la vida.

Hablar del amor en la vejez también implica interrogarnos sobre nuestros propios prejuicios. ¿Por qué aceptamos determinados vínculos, expresiones de afecto y manifestaciones del deseo durante la juventud, pero cuando se trata de personas mayores los consideramos inapropiados, innecesarios o fuera de lugar? ¿Por qué seguimos asociando la capacidad de amar con una edad determinada?
Estas preguntas nos invitan a revisar no solo nuestras miradas individuales, sino también las prácticas, los discursos y las representaciones sociales que contribuyen a invisibilizar la vida afectiva de las personas mayores.
Necesitamos construir una sociedad que reconozca y respete el derecho de las personas a amar, desear, elegir y vincularse en todas las etapas de la vida. Una sociedad que no infantilice a las personas mayores, que no niegue su intimidad y que comprenda que el envejecimiento no cancela la posibilidad de enamorarse, disfrutar, compartir y volver a empezar.

Porque la capacidad de amar no tiene fecha de vencimiento. El deseo de encontrarse con otro, de sentirse querido, de construir intimidad y de compartir la vida forma parte de nuestra condición humana. Si vivimos más años, también necesitamos crear las condiciones para vivirlos con más bienestar, autonomía, vínculos significativos y oportunidades de amar.
El verdadero desafío de la longevidad no consiste únicamente en prolongar la vida, sino en hacer posible que cada etapa conserve su plenitud, su dignidad y su capacidad de abrirse al encuentro con los demás.
Magister en Gerontologia María Cecilia Beitia
@gerontologiaconceci
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por CONTENT NOTICIAS















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