Lunes 26 de julio, 2021

OPINIóN | 13-08-2017 14:49

"Este país de mierda", una democracia casi perfecta

Más allá de la tradicional "zoncera" argentina que nos lleva a considerar que lo de afuera siempre es mejor, tenemos más estabilidad y libertad que buena parte del mundo.

Uno de los aspectos diferenciales de argentinas y argentinos

es nuestra inigualable capacidad de autodenigración. Somos

campeones en eso de hablar mal de nuestro “país de mierda”.

Hace pocos días uno de nuestros economistas se solazaba en

el canal CNN contándole al mundo lo mal que anda nuestra

economía y lo inconveniente que era invertir en nuestras

empresas y mucho menos instalar nuevas. Es imposible que

economistas brasileros, polacos o taiwaneses hagan lo

mismo.

Citemos a mi maestro Jauretche: “Al tilingo la mierda no se

le cae de la boca ante la menor dificultad o desagrado que les

causa el país como es. Pero hay que tener cierta comprensión

para ese tilingo, porque es el fruto de una educación en cuya

base está la autodenigración como zoncera sistematizada.

Así, cuando algo no ocurre según sus aspiraciones reacciona,

conforme a las zonceras que le han enseñado, con esta

zoncera también peyorativa. La autodenigración se vale

frecuentemente de una tabla comparativa referida al resto del

mundo y en la cual cada cotejo se hace con relación a lo

mejor que se ha visto o leído de otro lado, y descartando lo

peor”.

De acuerdo a don Arturo esta compulsión nos ha sido

inoculada como un mecanismo facilitador de dominio por

parte de poderosos de afuera. Un débil sentimiento nacional,

un flaco amor por la patria, nos hace expugnable ante la

voracidad ajena. Es ésa una de las causas de nuestra

desorbitada corrupción: si no se rinden cuenta ante Dios

tampoco se lo hace ante una devaluada patria y tampoco ante

los compatriotas perjudicados.

Es parte de nuestra identidad, extendida en todas las clases

sociales y azuzada por los medios, valorizar lo ajeno antes

que lo propio. Nuestros políticos, nuestros artistas, nuestros

pensadores, nuestras industrias, etc. son siempre inferiores a

las de otros países que van cambiando de acuerdo a las

modas, lo fue Brasil, Noruega, Alemania, últimamente se

nos ha impuesto Australia.

Sin embargo hoy, en vibrantes tiempos electorales, es más

que evidente que vivimos en una democracia que debería

enorgullecernos, a la que llamaremos imperfecta sólo por

modestia. Si damos credibilidad a lo que se lee, se escucha y

se ve nuestro sistema político es un esperpento mal oliente.

Sin embargo en un mundo como el actual, infestado de

horrendas guerras civiles, de amenazas nucleares, de

hambrunas devastadoras, lo nuestro se parece a un vergel

democrático.

¿En qué otros países todos los partidos de la oposición, aún

los de extrema derecha o izquierda, también los oportunistas y absurdos, tienen amplios espacios publicitarios gratuitos

para expresar sus críticas al gobierno de turno sin censura de

ninguna especie?

Existe entre nosotros una franca libertad de expresión y los

desbalances en un mayor o menor alcance de su prédica

dependen del poderío empresarial de acuerdo a las

cuestionables pero por ahora inmutables reglas del mercado.

¿Cuántos países pueden alardear de no tener presos políticos

como podemos hacerlo nosotros aunque esté en discusión el

solitario caso de Milagro Sala?

Es el funcionamiento democrático lo que ha permitido el

recambio de partidos y personas en el gobierno. El actual lo

hizo venciendo por pocos votos al anterior.

En cuanto a la grieta no se entiende tanto jaleo. Es esencia de

la democracia que se manifiesten sin tapujos las posiciones

controversiales. “La democracia necesita tanto conflictos de

ideas como de opiniones que le den vitalidad y

productividad” (Edgar Morin).Y argentinas y argentinos

confrontamos temperamentalmente como lo hacemos

también en el fútbol, posiblemente por nuestra herencia

italiana.

En los únicos regímenes donde no hay grieta es en los

tiránicos en los que la disidencia es considerada un delito o

una traición a la patria castigada hasta con la muerte.

En nuestra historia ha habido verdaderas grietas como la que

enfrentó a unitarios y federales con muertes y sufrimiento, o

la de invasores europeos y pueblos originarios. También la

de la ominosa dictadura del Proceso con sus 30.000

desaparecidos. ¿Puede preocuparnos una grieta cuando en

todo el proceso electoral vivido en los últimos tiempos no ha

habido ni una sola manifestación de violencia de

envergadura?

Hoy hay tiranías en Bielorrusia, Taykistán, Azerbayán,

Kazakstán, Turkmenistán, Uzbekistán, Gambia, Mauritania,

Chad, Sudán, Yibuti, Somalía, Etiopía, Sudán del Sur,

República Centroafricana, Camerún, Guinea Ecuatorial,

Gabón, Congo, Uganda, Ruanda, Burundi, Angola,

Zimbabwe, Swazilandia, Argelia, Libia, Egipto, Jordania,

Siria, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Yemen,

Qatar, Bahrein, Oman, Brunei, Tailandia, Myanmar,

Camboya, Vietnam, Laos, China, Corea del Norte. A estos,

de acuerdo al criterio del lector, podrían agregarse Cuba y

Venezuela.

Estos 48 países, casi la mitad del mundo, a los que cabría

agregar una decena más que están en el límite, prohiben las

expresiones y posiciones críticas, persiguen, torturan y

matan a los opositores, los periodistas democráticos pagan

su osadía con la prisión, el exilio o la muerte, denigran el rol

de la mujer hasta la esclavitud. Muchos de ellos están

ensangrentados por crudelísimas guerras fratricidas en las que se mezclan los diferencias ideológicas, nacionalistas y

tribales y que se extienden en el tiempo sin final augurable.

Tal es el caso de Afganistán, Pakistán, Somalía, Nigeria,

Siria, Irak, Sudán del Sur, Libia, Ucrania, Yemen. Habría

que incluir los conflictos interiores generados por el Estado

Islámico (ISIS) en Irak, Siria, Líbano, Libia, Afganistán,

Egipto, Nigeria y Yemen. Tampoco dejar afuera la guerra de

México contra el narcotráfico, el de Colombia contra las

FARC, el conflicto palestino-israelí. Lejos de agotar la lista

agreguemos conflictos armados en Cachemira, Baluchistán,

Birmania, Papúa, Filipinas, Dammi, Xinyang, Magreb, etc.

Vaya esta enumeración para darnos cuenta, si podemos

renunciar a la zoncera jauretcheana, que el afuera con el que

deberíamos compararnos no es la Vía Véneto ni la Quinta

Avenida, si nos hacemos ciegos y sordos ante los crecientes

problemas de Europa, como los refugiados, el terrorismo, el

Brexit, o la inestabilidad nuclear de los Estados Unidos de

Trump en su conflicto con Corea del Norte , y en cambio

asumimos la realidad dolorosa de que la democracia es hoy

un milagro en este planeta incendiado que rezuma sangre.

Salvo en nuestro querido “país de mierda”.

*Historiador.

por Pacho O'Donnell*

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