De la política a Hollywood, con una escala en los servicios secretos. Una publicación atribuyó a Juan Grabois y al cineasta Sebastián De Caro una teoría sobre dos sagas emblemáticas: las secuelas de Matrix y Terminator habrían sido intervenidas por la CIA para cambiar su mirada sobre la tecnología.
El posteo, difundido el 29 de septiembre, acompaña un fragmento de una conversación entre ambos. “Había una especie de tecnofobia”, dice el texto que presenta el video. Luego resume el supuesto giro de las continuaciones: los protagonistas terminan acercándose al sistema que antes combatían.
La cuenta remata esa lectura con la idea de que alguien habría ordenado modificar el guion. Hay una precisión necesaria: la publicación habla de películas “intervenidas por la CIA”. Atribuirle a la agencia la escritura completa de las secuelas supone una afirmación más amplia que esa formulación.
La hipótesis mezcla una interpretación política del cine con una acusación sobre su producción. Que una historia cambie de tono o que sus personajes pacten con un antiguo enemigo puede alimentar un debate cultural. Para demostrar una intervención de inteligencia hacen falta documentos, testimonios o registros que conecten a la agencia con esos cambios.
Los créditos ofrecen datos. El Festival de Cannes identifica a las Wachowski como responsables del guion y la dirección de Matrix Reloaded, estrenada en 2003. El catálogo del American Film Institute acredita a James Cameron y William Wisher como guionistas de Terminator 2: el juicio final, de 1991.
Esos registros no permiten descartar por sí solos toda influencia externa, pero tampoco respaldan que la CIA haya escrito esas películas. La afirmación es descabellada.
El vínculo entre la agencia y Hollywood sí existe. La propia CIA informa que su oficina de Asuntos Públicos mantiene un enlace con la industria del entretenimiento: responde consultas, facilita entrevistas y asesora sobre historias y guiones. Declara que busca representaciones precisas de su trabajo.
La agencia también reconoce colaboraciones con producciones como Argo y Jack Ryan. Ese antecedente sirve para discutir cómo el poder construye su imagen en pantalla. Extenderlo a Matrix y Terminator requiere pruebas. La sospecha sobre una trama puede ser opinión; convertirla en una operación de espionaje exige algo más que una lectura del argumento.














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