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Opinión / 21 de enero de 2019

Juegos electorales

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Ilustración: Pablo Temes

Desdoblar o no desdoblar, esa es la cuestión. Uno supondría que hay temas más urgentes para debatir al entrar el país en el tan añorado año electoral con una economía que hace agua y una gravísima situación social, pero desde hace meses los líderes tanto de Cambiemos como de otras agrupaciones políticas están ponderando las eventuales ventajas de adelantar las elecciones en algunas provincias, comenzando con la de Buenos Aires, por suponer que les convendría.

A María Eugenia Vidal le gusta la idea, pero Mauricio Macri tiene sus dudas: no quiere que lo dejen solo frente a las huestes peronistas. Otro asunto que agita al oficialismo es el de compañero/a de fórmula del Presidente; por ser tan importante todo lo relacionado con la seguridad ciudadana, han subido las acciones de Patricia Bullrich que, como es natural, protesta toda vez que alguien la acusa de querer ser “el Bolsonaro argentino”.

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Mientras tanto, los jefes de las distintas facciones peronistas están maniobrando en torno al problema mayúsculo que les plantea la presencia ominosa de Cristina. Saben que, a pesar de contar la señora con más votos que cualquiera de los aspirantes a encabezar la enésima renovación de su movimiento, a la hora de la verdad podría perder frente a Macri. Sin embargo, creen que si todos los compañeros cerraran filas detrás de un candidato presidencial menos polémico, sería capaz de derrotarlo. Algunos simpatizantes de Sergio Massa insisten en que le sería ventajoso pactar con Cristina, pero luego de servirle como jefe de Gabinete el tigrense la denunció en términos tan insólitamente feroces que reconciliarse con ella por motivos claramente electoralistas podría costarle muy caro.

Así pues, ya ha arrancada la temporada electoral en que los políticos darán prioridad a las luchas internas de la corporación a la que pertenecen. Hasta que por fin culmine el torneo con una nueva etapa macrista o el inicio de otra de signo distinto, aquellos que se oponen al gobierno de Cambiemos nos mantendrán entretenidos con sus amistades imprevistas y sus rupturas, con alusiones frecuentes a las diferencias filosóficas o éticas que supuestamente les impiden saltar por encima de las muchas grietas que los dividen y, desde luego, sus esfuerzos por persuadir a sus seguidores de que sus propias trayectorias, todas debidamente registradas, son compatibles con sus actitudes actuales.

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Lo que no harán es decirnos, con un mínimo de precisión, las medidas que tomarían si el electorado, harto de la sequía económica y la grisura cultural que según los estetas caracteriza el macrismo, optara por pedirles encargarse del país. En otros tiempos, los partidos trataban de seducir al electorado ofreciéndole programas de gobierno detallados en que prometían llevar a cabo una multitud de reformas bien concretas, pero hoy en día escasean quienes se dan el trabajo de producir versiones modernas de los mamotretos tradicionales.

No es que hayan llegado a la conclusión de que en una época tan cambiadiza como la actual sería mejor obrar con mayor cautela que en el pasado, es que creen que en la edad de las ubicuas redes sociales vale mucho más hacer pensar que uno es una buena persona que aburrir a los votantes hablándoles de innovaciones en el sistema de salud o lo que se podría hacer para mejorar la calidad de la administración pública. Conforme a la ortodoxia vigente, una sonrisa atractiva es más eficaz que una biblioteca llena de propuestas geniales.

Ningún político puede darse el lujo de subestimar la importancia de la imagen. A Macri le ha costado mucho la noción de que, por proceder de una familia notoriamente adinerada, no siente empatía por los pobres. Sus esfuerzos por modificarla incidieron decisivamente en la política socioeconómica de su gobierno.
Los oficialistas lo tienen más fácil que los opositores. Ya no les parece necesario discutir ideas. Pueden limitarse a reivindicar “el rumbo” que emprendieron luego de la corrida cambiaria de abril.

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Advierten que salir de la ruta que han elegido tendría consecuencias nefastas. Puede que, en el fondo, muchos opositores, entre ellos el senador Miguel Ángel Pichetto y el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, compartan la visión adusta de los macristas acerca de las posibilidades ante el país en un mundo que está ingresando en un período tumultuoso en que los débiles e indisciplinados correrán el riesgo de caer en el camino, pero entienden muy bien que confesarlo podría serles políticamente fatal. Con las elecciones aproximándose con rapidez, tienen que diferenciarse del Gobierno aun cuando sus reparos tengan un impacto económico negativo que, si triunfaran, haría todavía más difícil la tarea que les esperaría.

A diferencia de otros peronistas, Cristina y sus aliados circunstanciales han hecho suyo el viejo lema leninista: cuanto peor, mejor. Para justificar tal postura, insisten en que el neoliberalismo que, según ellos, encarna Macri, es tan irremediablemente perverso que el sacrificio de millones de familias sería un precio módico a pagar si sirviera para liberar al país del mal. A veces, parece que el papa Francisco piensa del mismo modo, de ahí su voluntad de solidarizarse subrepticiamente con los kirchneristas y las organizaciones combativas que los acompañan, además de regímenes dictatoriales que se afirman “de izquierda” como el cubano y el venezolano.

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Aunque últimamente Cristina ha procurado suavizar su imagen, dando a entender que en verdad es una moderada sensata que nunca soñaría con vengarse de quienes quieren que termine sus días entre rejas, pocos realmente creen que ha cambiado mucho. Antes bien, sospechan que, si le tocara volver al poder, aseguraría que sus enemigos recibieran el castigo que a su juicio merecerían.

Los resueltos a desbancar a Macri enfrentan mucho dilemas. Con la excepción de algunos halcones testimoniales del hiperrealismo capitalista que proponen medidas draconianas que, de aplicarse, a buen seguro desatarían un estallido social inmanejable, buscan brindar la impresión de ser plenamente conscientes de la gravedad de la situación económica del país pero de estar en condiciones de superarla sin obligar a la gente –de la que un sector sustancial fue en parte responsable del desaguisado al permitir que una serie de gobiernos populistas consolidara un “modelo” nada viable–, a continuar pasando por las horcas caudinas de la austeridad extrema.

Será por tal motivo que con cierta frecuencia los buscadores de opciones menos alarmantes que la representada por Cristina hablan del ex ministro de Economía Roberto Lavagna; lo creen un buen piloto de tormentas que sería capaz de salvar al país de una catástrofe sin cometer locuras y sin exigirles a sus habitantes demasiados sacrificios. ¿Tiene Lavagna “un plan” superador? Es poco probable.

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El destino de Macri, y el futuro del país, dependerá de la fortaleza de la convicción de que, dadas las circunstancias, no hay ninguna alternativa válida al “rumbo” que se ha fijado. A lo sumo, habrá algunas variantes menores. Para sorpresa de los acostumbrados a la idea de que los argentinos sean populistas congénitos que siempre estarán dispuestos a dejarse ilusionar por vendedores de humo, parecería que una amplia minoría ha llegado a tal conclusión, razón por la cual la reelección de Macri dista de ser una fantasía. La estabilidad reciente de los mercados financieros locales le ha permitido recuperar algunos puntos de rating, lo que sugiere que el temor a un desplome caótico de la economía es más fuerte que el bajón anímico causado por el colapso del poder adquisitivo de casi todos.

Es por lo tanto comprensible que haya peronistas que critican más la ineptitud que atribuyen al Gobierno que el proyecto global que adoptó después del fracaso del gradualismo. Al enterarse de que el facilismo ya no está de moda, quieren persuadir a la gente de que ellos también podrían ser tan duros como el que más. Sería lógico, pues, que Macri los invitara a colaborar formalmente en el marco de un “gran acuerdo nacional” o algo parecido pero, es innecesario decirlo, tal propuesta sería antipática tanto para los oficialistas como para adversarios que temerían que los populistas más vehementes aprovecharan lo que para ellos sería una oportunidad para tratarlos como enemigos del pueblo.

Aún más que en otras latitudes, aquí las diferencias entre las distintas agrupaciones políticas se deben menos a las discrepancias ideológicas que a los intereses de los dirigentes, de ahí la creación incesante de partidos unipersonales o facciones que, en práctica, operan como tales al negarse a actuar como parte de una organización de alcance mayor.

Si, como muchos prevén, Mauricio Macri logra ser reelegido en las próximas elecciones presidenciales, no debería tal triunfo a sus propios méritos sino a las deficiencias de sus rivales. Hasta ahora, ninguno ha conseguido elaborar una alternativa convincente a la estrategia sociopolítica oficial. Puede que la gente siga “votando con el bolsillo” como dicen con cierto cinismo quienes se aferran a lo de que “es la economía, estúpido”, pero de estar en lo cierto las encuestas de opinión, muchos lo hacen pensando en el mediano plazo, cuando no en el largo, lo que, en el país populista por antonomasia, es toda una novedad.