Viernes 3 de diciembre, 2021

CULTURA | 03-11-2021 13:14

Cuando Dardo Cabo entrevistó a Jorge Luis Borges

El periodista y militante peronista asesinado por la dictadura, entrevistó al escritor en 1971 y durante la charla, se confrontaron dos modelos de país. Aquí, una lectura política y ficcional del mítico reportaje.

Marzo de 1971. Era un librazo imponente. Algo decrépito aunque, como constaba en su tapa de grueso cartón, databa apenas de dos décadas; estaba ajado, sí, pero menos porque sus hojas hubieran sido manoseadas que por sus innumerables mudanzas, al calor de sobresaltos policíacos, apuros de guita, vicisitudes matrimoniales. Elocuente en su silencio, y también en su volumen inusitado. Dardo lo había encontrado como si abrir aquel ropero fuera empapar una magdalena en el té. Mientras su cuerpo se reflejaba subrepticiamente en el espejo de la puerta, la presencia del mastodonte se hizo líquida, lo inundó de pies a cabeza. Se estremeció. Estaba en casa de Blanca, abriendo un ropero a pedido de su padre, desde Tres Arroyos. Agarró lo que buscaba, pero sus manos tropezaron con el librazo polvoriento mal cubierto por ropas. Se le hizo un nudo en la garganta.

Tenía 9 años cuando su madre volvió un buen día a casa con un libro enorme, impreso con un papel que a Dardo se le antojó invulnerable. Orgullosa, lo depositó sobre la mesa con cierto estruendo. Dardo lo observó admirado, sin tocarlo. La nación argentina justa libre soberana. Año del Libertador general San Martín. La dura tapa lucía un escudo argentino en relieve, un alarde de gráfica artesanal, y Dardo pasó un índice, no sin cierta sensualidad, por su contorno ovalado. Lo impresionó la compacidad de la obra; intuyó en ella la vida potente del general Perón, del régimen peronista definitivo, de la Patria argentina, del Estado infinito. Se abalanzó sobre el librazo sin temor, recorrió sus páginas por un rato y volvió a sus juegos.

Al regresar a casa, comprobó que María Cristina no estaba. La llegada de su madre con el coloso aquella tarde, su propia llegada ahora, y los golpes rotundos con que lo depositó ella entonces y él ahora sobre la mesa de sendas cocinas silenciosas, se le antojaron los mismos; veinte años que por unos segundos sin término fueron puro presente. Dardo se sentó y observó el libro sin tocarlo. Sus medidas guardaban las debidas proporciones: era el libro de la Armonía. Se preparó unos mates; grande, pensó, no desmesurado. Sintió cómo los colores, las imágenes y las palabras del libro se agolpaban en su mente. Sin él saberlo, dos medialunas algo duritas del día anterior oficiaron de magdalenas. Él parecía sin defensas. Y todavía no había abierto el libro; juntaba coraje.

La vida breve de Dardo Cabo

Lo sobresaltó el ruido de la puerta. María Cristina, llegaba a la hora de costumbre en días de ensayo. Su esposa entra a la cocina y observa fascinada el libro imponente, mira con rapidez la tapa, palpa el escudo, lo abre sin inhibiciones.

– Dardo, ¿esto qué es?

– Un libro.

– No te hagas el tonto – se ríe –, ¿de dónde lo sacaste?

-Lo trajo mi mamá, flamante, cuando fue editado, en 1950, ¿ves?

– Es un mamotreto.

-Che más respeto – bromea Dardo –. Era un regalo que el gobierno peronista hacía a todas las familias.

María Cristina asintió, observando las ilustraciones; casi no era necesario leer el texto auxiliar.

– Son como… todas las realizaciones, ¿no?

– Sí. Se ve que mi viejo no se quiso desprender de él, y lo escondió todos estos años. Lo descubrí hoy en lo de Blanca. Se lo voy a devolver cuando vuelva de Tres Arroyos. Yo, te juro, no me acordaba para nada de este libro.

– Es que sos un negador, Dardo.

– ¡Qué negador ni qué ocho cuartos! Si yo me acuerdo siempre de tantas cosas.

-Andá a saber. Quizá justamente no te acordás de los momentos felices. Bueno, me espera mi amiga la peluquera, ¿viste? Tengo amigas peluqueras, como Evita. Bienvenido a casa, don libro. Ojalá nos bata la justa.

 

Dardo pensó que Cristina había aprendido el léxico barrial acaso demasiado rápidamente. Al irse, su mujer ni se molestó en cerrar el libraco. Dardo concluyó que le había ahorrado una tarea difícil. El libro estaba ahí, mudo, pero ahora abierto. Pensó que aunque él no lo mirara, el libro sí lo miraba a él. Un libro concebido para la familia peronista, volvió a decirse, ¿acaso ellos no eran una familia? Por fin se decidió. No observó la página en que estaba abierto, comenzó al azar por cualquier otra. Recorrió páginas dedicadas a las provincias argentinas, también a las nuevas, Presidente Perón y Eva Perón, en las que el gobierno peronista exhibía orgulloso obras importantes. ¿Cuál debería ser el patronímico de sus naturales? ¿Peronianos y evitianos? ¿Peronistas y evitistas? Apartó esas chanzas. 

Perón y Evita

 

El libro no estaba destinado a ser leído, sino a ser hojeado. Y daba lo mismo empezar por cualquier lado, dejarse arrobar por sus ilustraciones portentosas. Textos mínimos; el libraco era el reino de la imagen, y de la estética peronistas. En esa estaba cuando irrumpió un recuerdo, esta vez dulce y acogedor, su padre llamándolo, vení Dardo, ¿te acordás lo que te conté, que Perón estaba preso, y los trabajadores reclamaban por él en la Plaza? Aquí está. Armando hacía largo rato que examinaba el paquidermo en la cocina. Dardo se aproximó, y se sintió atraído por las ilustraciones de los trabajadores y las pancartas, mientras su padre leía el texto en voz alta y agregaba consideraciones de su cosecha. Era un libro que podía conversarse. ¿Se puede saber qué tiene, este libro bendito? Dardo, el Dardo que lo ha redescubierto tras dos décadas, se lo preguntó a sí mismo recordando el recuerdo, el recuerdo fresco de su padre, en 1950, del episodio fundacional de 1945. Sintió un impulso irrefrenable por reencontrarse con esas páginas dedicadas al 17 de octubre. El dinosaurio de papel tenía algo más de ochocientos folios, y carecía de índice. Decidió buscar por el principio; no sería raro que un libro dedicado a la Nueva Argentina se abriera con la jornada inaugural. Pero no. Dardo fue recorriendo las páginas y leyendo distraídamente: ha tomado la ruta hacia los grandes destinos que soñaron los padres de la patria... por haber tamizado sus esencias con el sortilegio de la redención cristiana... el general Perón sentó la consigna rigurosa... argentinizar lo que nunca debió dejar de ser argentino... Ya iba por la página 53. Prosiguió: precio del grano... nuestra bandera causa admiración en todos los puertos... excepcional acrecentamiento del patrimonio del Estado... evidencia de que se camina con seguridad hacia el triunfo total... En página 183 encuentra la primera mención del 17 de octubre: la Fiesta de la Lealtad. La ilustración es bella, pero desconcertante: una pequeña multitud en la que se perciben, junto a inconfundibles proletarios, dos hombres uniformados, como partícipes, en la calle codo a codo. ¿Policías, soldados? ¿Bomberos, quizás? No, bomberos no son. El texto es conciso: la verdadera democracia. Los obreros argentinos intervienen en la función pública. Y unas pocas palabras relatando de modo sucinto los acontecimientos de aquel día. Dardo da vuelta la página. Antes, la suerte del trabajador argentino dependía de la voluntad de los directorios de las grandes empresas extranjeras. Desde 1943, a pesar de los mayores salarios y de las contribuciones para mejoras sociales, los negocios se desenvuelven en nuestro país de forma cada vez más favorable, como lo demuestra la comparación de las ganancias de las sociedades anónimas. Un gráfico de barras muestra que, con base cien, el salario real aumentó en 87 unidades entre 1943 y 1948. Con desasosiego, cada vez más ansioso, Dardo continuó su inspección: aquella primera mención del 17 de octubre se había convertido en la última. Sí se empleaba, a rolete, el año 1943 como parteaguas entre lo viejo y lo nuevo: los logros de la Nueva Argentina estaban ceñidos todos a esa fecha. La inflexión era la entrada de Perón en la historia, no el establecimiento de un lazo indestructible entre Perón y los trabajadores. El texto no destinaba, pensó Dardo, ningún protagonismo a los laburantes, y los sindicatos apenas si eran nombrados. En la Argentina se ha terminado el hambre y con ello las marcadas diferencias de clases – leyó Dardo hacia el final – que son las causas más terminantes de descontento. Ahora no hay manos crispadas ni rostros endurecidos. Sólo hay agradecidos y contentos. Las Fuerzas Armadas sí que eran nombradas, y cuánto. Garantía de respeto a las instituciones, prolongan su benéfica obra no sólo en su labor estrictamente profesional, sino en todo aquello que tienda al progreso material, social y espiritual de la Nación… Punzado por una decepción que se negaba a admitir, mezclada, qué duda cabe, con una pizca de angustia, Dardo se preguntó si el general seguiría pensando lo mismo desde 1955. No tenía una respuesta concluyente. Sintió que aquella página, la 183 del gigante, estaba de más. Sapo de otro pozo, oveja negra, tuvo un impulso muy fuerte por arrancarla, se inclinó sobre el libro en su búsqueda, pero al encontrarla y tomarla con dos dedos se retuvo. No tenía derecho de hacerle eso a Armando, después de todo el ejemplar era suyo. Y recordó a su madre llegando a casa con el rostro resplandeciente.

 

Dardo estaba rumiando aún su desasosiego, cuando sonó el teléfono.

  • Decime, Dardo, ¿sabés quién es Borges?

Era Miguel Bonasso, el irónico secretario de redacción de la revista Extra, compañero e íntimo amigo.

  • No te hagás el pelotudo, querés. No estoy de humor. ¿Qué pasa con Borges?

  • Eh… nada. Que lo tendrías que entrevistar.

Este Bonasso se dejó convencer – pensó Dardo, arriba de un taxi –. Podría plantarle cara a ese cretino oportunista de Neustadt. Claro, Neustadt leyó esas declaraciones de Borges a los franceses sobre que se aproxima una época de oprobio, y olió sangre. Y sí, Bernardo es infalible para la noticia. Lo mío es morboso, me podría haber abierto.

 

Borges lo recibió sentado, alzando levemente hacia él su mentón a modo de saludo, bastón en mano, rostro extrañamente expresivo a pura ausencia de expresión, enigmático como una esfinge. El disgusto de su secretario era patente. Dardo fue al grano, interrogando a la celebridad por sus declaraciones recientes.

– No tengo nada que agregar a esas declaraciones…

– Para el público francés pueden quedar sin fundamentos. Para nosotros…

– Yo sí creo que son suficientemente claras. Piense en las elecciones que nos dieron a los radicales; piense que Perón fue elegido con toda legalidad; y piense en las dos calamidades que resultaron.

Dardo, la Negra y Antonio, releen la entrevista. ¿Habrá sido el último conservador químicamente puro, Borges? El general, que no creía en las elecciones, las ganaba todas. ¿Dónde lo escuché? Perón no creía pero creía, porque eran un principio de legitimación política en el que era invencible. Y era el principio de legitimación política hecho carne en el propio pueblo, a pesar de que llevara en su seno un genio maligno, el genio liberal, aunque el general tenía la certeza de que jamás saldría de la botella. Los conservadores acariciaban otro principio de legitimación: fundamos este país y somos los únicos capaces de gobernarlo. La nitidez con la que esto podía percibirse en la entrecortada entrevista a Borges era inaudita. Fundamos este país, por tanto es nuestro.

Jorge Luis Borges

– Bueno, pero usted en esas declaraciones hace una opción entre dirigir e informar a las masas; ¿cómo cree Ud. que se llega a dirigir a las masas?

– Eso que lo expliquen los políticos, yo soy más bien un escéptico en materia política ¿no? Además, no sé si debemos hablar de las masas. Primero, estamos ofendiendo a mucha gente; a nadie le gusta que lo consideren miembro de una masa. Las masas son una identidad abstracta y posiblemente irreal. Los que existen son los individuos, si es que existimos. De modo que si Ud. habla de masas está ofendiendo a una cantidad de gente...

– Dardo – aventuró Antonio –, eso de que las masas son una entidad abstracta, irreal, no está tan mal. El señor Borges no está recibiéndote en su casa para hacer ciencia política. Está fungiendo de publicista, intelectual orgánico si querés. Del campo conservador. Y lo que está diciendo es: ¿cómo se puede fundar en las masas un gobierno legítimo? Y ¿cómo se puede esperar de un gobierno cuya legitimidad ha sido fundada en las masas que alcance a su vez una legitimidad de ejercicio?

– Al muy cabrón le encantaba hablar de lo que no sabía.

– Sabía Dardo, llevaba en la cabeza el script conservador de una Argentina que no existía ya – acotó la Negra.

– Mirá, no sabía jugar al truco, por mucho boliche y ginebras de las que se jactara, te leo:

– Pero ha sido usted quien concretamente ha hablado de masas.

– ...sí, he hecho mal, puesto que no sé si existen tampoco. Son un concepto abstracto… Cada individuo es muy distinto y a nadie le gusta ser considerado miembro de una masa.

 

-Y además – Dardo buscaba en la Negra un juez imparcial –, le perdoné la vida. Si le hacía notar que hay muchos individuos a los que les gusta ser considerados miembros de una masa, ¿por qué tangente se iba a escapar Borges? Por ninguna. Iba a continuar en la curva y decir que, bueno, esos individuos no eran individuos, y si lo apretabas lo llevabas a la conclusión obligada: que esa masa no estaba compuesta por seres humanos. Después creí que con la pregunta siguiente lo ponía contra las cuerdas, pero se defendió bien.

– Pero, un segundo – le dijo Antonio –. Tenías otro argumento y no lo usaste, porque eras ciego a él, como Borges veías manchas y sombras. El argumento electoral, las masas no votan, el voto es individual, y tiene lugar dentro de un sucucho en el que el individuo, ciudadano con derechos, está a solas consigo mismo.

– ¿Por qué lo llaman cuarto oscuro? Podrían decirle cuarto iluminado – un Dardo irónico –, o cuarto ilustrado.

– Vamos, Dardo, a él no le gustaban las elecciones, ok, pero tenía que desmarcarse de las masas para impugnar un mecanismo que es liberal, no podía seriamente decir que es una acción de las masas. El peronismo lo puso patas para arriba, o cabeza para abajo… pero la constitución peronista no desmiente este principio liberal en absoluto.

– Dejá de joder, Antonio, volvamos a la sabiduría patética de ese gorila.

– Usted no quiere o estima que no debe hablar de política. Pero hay un pasaje del reportaje en el que afirma que “esos hombres -los políticos- aunque engañaran un poco en política, estaban haciendo un gran país”. ¿Usted cree que es lícito “engañar un poco” en política?

– Sí, ¿y por qué no? Imagínese lo que era este país en el siglo XIX. ¿Qué era? Gran parte era un país de gauchos. De gente que luchaba para un caudillo porque el patrón de la estancia lo mandaba. El gaucho no tuvo ninguna idea de patria…

– Bueno – dijo una Negra condescendiente - ¿qué le importaba a Borges apelar a un relato histórico o echar mano de una patraña?

– Negra, vos no te indignás por nada – rió Dardo –. Fue su mejor momento, tuvo el coraje de esbozar una ética de la mentira. Igual, traté de arrinconarlo un poco.

– Pero esa época de los políticos que engañaron un poco no es la época del predominio gaucho...

– ¡Aquí nunca hubo predominio gaucho!

– Usted habla allí, casi concretamente, de la época que corrió desde el año treinta al cuarenta y dos...

– Y algo conseguí. Jugó todo el tiempo en su área chica – presumió Dardo –.

Jorge Luis Borges

– Bueno, no sé si usted recuerda: el 17 de octubre tenían que cerrar todos los almacenes para que llegaran las manifestaciones; la CGT obligaba a los obreros a asistir; a los empleados públicos querían obligarnos, pero no íbamos.

– Tal vez, pero recuerdo la época que Ud. menciona en su reportaje, que se caracterizó por el crimen político, por el fraude, por el negociado, por los suicidios políticos, como el de Lisandro de la Torre.

– Es verdad. Sí...

– Chicos, está grabado. Y ahí se me fue la mano, me faltó temple profesional.

– Por el hampa que auxiliaba a esos políticos que usted dice que engañaban un poco. Esas fueron las características de la época en que usted afirma que se estaba haciendo un gran país...

– Y, sí... hubo algunas pequeñas trampas, pero en cuanto al hampa… la Alianza Libertadora superó en crímenes y torturas… Lo superaron a Rosas. Yo he conocido a comunistas que los han torturado con la picana eléctrica hasta matarlos...

-Precisamente la picana eléctrica es un invento de la época que usted defiende...

-Bueno... si usted quiere entrar en polémica conmigo... es otra cosa.

– Y sí, ya no había forma de arreglarla. Le di una de cal y otra de arena, nomás.

 

– De ninguna manera, simplemente quiero ubicar sus conceptos. Más adelante usted dice que “duda de que las masas puedan tener ideas políticas, siquiera idea alguna”.

– En general creo que la mayoría de la gente es bastante estúpida… sin excluir a los intelectuales…

– Esta vez sí se escapó por la tangente – dijo Antonio –.

 – Pero se anotó una, no me van a negar: “sin excluir a los intelectuales”. Ahí el secretario intentó detener la entrevista. Borges no le llevó el apunte. Se oye en la grabación: “You know, you’d been recorded...”. El viejo tenía amor propio, eso sí. Así que yo arremetí.

 

– Finalmente, Ud. afirma que se siente muy democrático.

-No sé. Posiblemente sea un error, posiblemente ahora ya no crea en la democracia.

– A su criterio, ¿quiénes son en la Argentina los que tienen derecho a elegir y a gobernar?

– ...

– Usted habló de un pequeño grupo de personas que gobernaban el país...

– Sí, hablo de mis amigos personales.

– Yo ya estaba algo fastidiado. Me acordé de Neustadt, maldije a Miguel.

 

– ¿Por qué se niega siquiera a acordarse del peronismo?

– ¡Es una época tan ridícula y tan oprobiosa! Yo tuve que vivirla y tuve que sufrirla. Me acuerdo de otro hecho: y es que ningún antiperonista se atrevía a decir que lo fuera. Y ahora nadie se atreve a decir que es peronista; le da vergüenza.

 

– Ahora que vuelvo a escucharla, no fue tan mala ni tan breve. La pudimos publicar. Para mí fue el acabose, patié el tablero.

 

– Aunque no suelo hacerlo en mi profesión, permítame un caso personal: yo soy peronista y no lo niego.

– Lo siento mucho, en ese caso el diálogo va a ser muy difícil con usted; le sugiero que demos por... no hay ningún objeto en que sigamos hablando. Si usted es partidario de Rosas o de Perón...

– Me parece que me fui sin saludar.

– Bueno – comentó Antonio – a Borges le encantaba decir que del Partido Conservador apreciaba la virtud de ser incapaz de suscitar fanatismos.

– Sí. Era franco, el muy ladino, pero fanático – corrigió la Negra.

– La verdad es que me gustaría conjurarlo, me vendría muy bien en nuestras interminables discusiones sobre la democracia y sobre la violencia.

– Y a nosotros también, sería un gusto arrinconarlos juntitos, a Borges y Cabo, en la esquina antiliberal del ring.

 

-Vicente Palermo es politólogo y ensayista. Investigador principal del Conicet y miembro del Club Político Argentino. Su último libro es: “La vida breve de Dardo Cabo. Pasión y tragedia del peronismo plebeyo”. Siglo XXI. Este texto es un fragmento de ese libro.

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