Wednesday 30 de September, 2026

SOCIEDAD | Hoy 09:13

Mercenario o víctima del engaño: la doble cara del argentino preso en Ucrania

Respondió a un aviso en Facebook, combatió en Lyman y cayó prisionero. Kiev lo muestra como víctima; su propia huella digital cuenta otra historia.

"Mi vida por mi familia. Sin miedo a morir, con la fe puesta en Dios". El posteo, publicado en sus redes antes de partir, retrataba a un hombre que sabía hacia dónde iba. Meses después, desde un campo de prisioneros ucraniano, Roberto Yamil Ibrahim grabó otro mensaje, con un tono muy distinto: "Te mandan a morir prácticamente, no es lo que parece". Entre una frase y la otra se cuenta la historia del primer argentino capturado como prisionero de guerra en el conflicto que Rusia y Ucrania libran desde 2022.

Ibrahim

Ibrahim tiene 37 años y dos hijos. Antes de viajar manejaba colectivos en el conurbano sur. En abril encontró en Facebook un aviso que ofrecía un empleo bien pago, completó una solicitud y lo sumaron a un grupo de WhatsApp donde se coordinaba el traslado de latinoamericanos para combatir del lado ruso. Ni siquiera tenía pasaporte: el reclutador le gestionó los papeles, la visa y los pasajes. Voló a Moscú con escalas en Roma y Estambul, y el 11 de abril aterrizó en la capital rusa. Allí lo esperaba otro reclutador junto a colombianos, peruanos y mexicanos que llegaban por el mismo motivo.

La ruta de la carne de cañón

El recorrido posterior sigue el manual que Moscú aplica con los extranjeros. Instrucción breve en la región de Vorónezh y, en mayo, destino al frente de Lyman, como soldado raso del 272.º Regimiento de Fusileros Motorizados. Lyman, en el norte de Donetsk, es un nudo ferroviario que Rusia ocupó en 2022, Ucrania recuperó ese mismo otoño y Moscú intenta volver a tomar desde entonces a fuerza de oleadas de infantería. El 6 de julio resultó herido. Estuvo internado unas tres semanas y, sin el alta médica, lo devolvieron a una unidad: el 347.º Regimiento, integrado por soldados que ya habían sido heridos y volvían al combate. A mediados de agosto cayó en manos ucranianas. Hoy permanece en un campo de detención junto a combatientes extranjeros de decenas de países que también habían vestido el uniforme ruso.

El caso no es una rareza. Desde que la guerra se convirtió en un conflicto de desgaste, el Kremlin compensa su déficit de hombres con contratos para extranjeros, pagos por firma y promesas de ciudadanía. América Latina, con economías golpeadas y redes sociales como vidriera, se volvió una cantera. El esquema combina avisos laborales ambiguos, intermediarios que resuelven la logística y un destino final que suele ser la primera línea. Los extranjeros, con escasa preparación y sin dominio del idioma, cubren las posiciones más expuestas. "Ibrahim es muy afortunado", ironizó el propio programa ucraniano, que describe a estos reclutas como carne de cañón con pérdidas proporcionales a ese uso.

Las dos versiones

Pero allí aparece una grieta del relato. La historia llegó al público a través de "Quiero Vivir", un programa del Estado ucraniano creado para que militares rusos se rindan voluntariamente. Su versión es la del engaño: el aviso prometía un trabajo de logística en el Ministerio de Defensa ruso. Sin embargo, el mismo programa admite que en el grupo de WhatsApp quedaba claro que se trataba de un circuito para reclutar mercenarios latinoamericanos. Y remata: "¿Valieron la pena los 10.000 dólares que le pagaron para firmar el contrato?". Algunas imagenes y posteos del capturado sugieren que tenía alguna experiencia previa y entendía bien a qué iba. 

Ibrahim

La cifra tampoco coincide. Kiev habla de 10.000 dólares; Ibrahim, en su video, de 20.000 que nunca llegaron. "No se lo recomiendo a nadie, te prometen una cosa que no es", insiste. Esa narrativa convive con su propia huella digital, en la que se mostraba dispuesto a jugarse la vida. Algunos medios ya advirtieron que la etiqueta del engaño surge del relato difundido por la parte ucraniana y no de una investigación independiente. Lo que sí coincide en todas las versiones es la secuencia: respondió al aviso, viajó, recibió instrucción militar, se incorporó a una unidad rusa, combatió y fue capturado.

Propaganda, ley y diplomacia

El caso tiene tres capas. La primera es comunicacional: Ucrania usa a los prisioneros extranjeros como mensaje disuasivo hacia los países de origen, y un argentino arrepentido ante la cámara es un activo en esa guerra de narrativas. La segunda es jurídica, y no es menor: exhibir públicamente a prisioneros roza lo que prohíbe la Tercera Convención de Ginebra, que obliga a protegerlos de la curiosidad pública. Además, la categoría de "mercenario" tiene consecuencias. Si Ibrahim se enroló formalmente en las Fuerzas Armadas rusas, técnicamente es un combatiente con derechos de prisionero de guerra, y eso pesa en cualquier canje. Su destino, en los hechos, dependerá de las negociaciones entre Moscú y Kiev.

Ibrahim

La tercera capa es diplomática. Buenos Aires, alineada con Kiev desde la llegada de Javier Milei, tendrá que gestionar la situación consular de un ciudadano que combatió para el invasor. Mientras tanto, la cuenta que difundió su testimonio pide que el video circule en grupos de mensajería y comunidades de migrantes para que su familia sepa dónde está. En la Argentina, sus amigos llevaban semanas intentando averiguar qué había sido de él.

Entre el hombre que no le temía a la muerte y el prisionero que se dice engañado probablemente haya una verdad intermedia, tan incómoda como frecuente: la de miles de hombres empujados por la necesidad hacia una guerra ajena, que solo descubren el precio real del contrato cuando ya están en la trinchera.

Galería de imágenes

En esta Nota

Maximiliano Sardi

Maximiliano Sardi

Editor de Noticias

Comentarios