NOTICIAS URUGUAY | 08-04-2019 21:25

Las redes de la mentira: desinformación en Uruguay

Bots, trolls, big data, manipuladores malintencionados, políticos ingenuos y la falta de chequeo antes de “compartir” en redes sociales. O cómo pueden impactar las fake news en campaña.

Un diputado colorado que celebra una abrumadora convocatoria del movimiento Un Solo Uruguay en Durazno cuando, en realidad, ha­bía compartido una foto del mítico recital de Woodstock, en 1969. Una exministra y diputada nacionalista diciéndole «pica» a un joven Tabaré Vázquez, presuntamente presente entre Juan María Bordaberry y Pa­checo Areco en 1973, cayendo en la trampa de algún malintencionado que usó Photoshop. Otro diputado blanco criticando el pésimo estado de la ruta 20 en Río Negro con un camión volcado, y criticando al minis­tro Víctor Rossi, cuando en realidad se trataba de una foto tomada tres meses antes y que pertenecía a un camino de Rio Grande do Sul. Una exministra y precandidata del Frente Amplio, que felicita a una supues­ta joven llamada Andrea García, de Tala, que -decían- acababa de ganar las Olimpíadas de Física y Química en Bélgica, cuando en realidad era la foto de la actriz porno estadouni­dense Mía Khalifa sonriendo en un lugar parecido a una biblioteca (y con lentes de intelectual, eso sí).

¿Qué tienen en común estos epi­sodios? Que todos fueron dados en llamar -erróneamente- “fake news” o noticias falsas. Que en todas esas trampas cibernéticas cayeron renom­brados políticos uruguayos de todos los partidos. Pero también que todas fueron advertidas muy poco tiempo después por usuarios atentos o algu­nos mecanismos de “fact checking” o chequeo de datos, cada vez más uti­lizados (y necesarios) por estos días.

Donald Trump no acuñó el término “fake news”, pero sí le dio un nuevo significado, no avalado por ningún periodista. El presidente de Estados Unidos suele utilizar la expresión “fake news” cuando una noticia no es de su agrado porque lo deja mal parado. Así lo hizo, por ejemplo, con informaciones de la CNN o The New York Times. Pero quienes más han estudiado el fenómeno, prefieren hablar de desinformación, porque si son noticias no pueden ser falsas, y si son falsas, no son noticia.

La desinformación, entonces, suele llegar en diferentes envases, y por lo general tiene en su génesis la inten­ción de tergiversar una historia real, crear confusión o llevar agua para un molino en particular. Y en esa red de engaños, donde las redes sociales y Whatsapp son tierra fértil para su propagación, no sólo caen políticos y gente culta e informada, sino mu­chos usuarios desprevenidos y, sobre todo, analfabetos digitales con mala conexión a Internet.

“El origen de la mayor cantidad de desinformación no viene desde los medios de comunicación, viene de plataformas que no se definen a sí mismas como medios”, aclara Ana Laura Pérez, periodista especializada desde hace 10 años en el tema de la desinformación. “Los medios somos una herramienta -claro que nos podemos equivocar-, pero los periodistas profesionales trabajamos diariamente en procesos de chequeo de información que son bastante más complejos que ‘vi esto que me llamó la atención y lo pongo en redes so­ciales’”, complementa.

Los medios, ni cerca de ser los di­vulgadores de noticias falsas, solían ser los cuidadores de la puerta, los que filtraban y decían qué era noti­cia y qué no, y las que no lo eran, no se publicaban. Ahora no, dice Pérez, gerenta de Productos Digitales de El País. Ahora el rol del periodismo se­rio cambió: si una información “hace ruido” y hay gente compartiendo algo que se hace viral pero no parece del todo cierta, es dable verificarlo, ir al origen de la información y si no llega a ser cierto, sí se publica pero para aclararle al público que lo que se está viralizando no es cierto.

Pasó, por ejemplo, con el caso de la Ballena Azul, un juego en el que supuestamente caían niños que ter­minaban autoflagelándose. Pues no. Investigaciones periodísticas revela­ron que la Ballena Azul, propiamente dicha, nunca existió. Una red social rusa inventó el discutible juego y el rumor de niños cumpliendo desafíos peligrosos empezó a propagarse. Des­pués, con el rumor andando muchos niños empezaron a lastimarse. Aque­llo de Goebbels: una mentira dicha mil veces se transformó en verdad.

Hay un ámbito y plataformas idea­les para la amplificación de noticias falsas: el ámbito es la política, y las plataformas, las redes sociales, espe­cialmente Facebook, Twiter y la red de mensajería hasta ahora cerrada Whatsapp.

¿Por qué internet es el escenario ideal para la reproducción y viralización de la desinformación? La ex­plicación la da Eli Pariser desde su libro “El filtro burbuja” de 2014 (o una charla TEDx que dio en 2011, disponible en Youtube y que dura apenas 9 minutos). Pariser señala que Facebook y Google son sitios diseñados para que los algoritmos actúen de acuerdo a las preferen­cias de cada usuario. Así, estos dos gigantes terminarán estudiando el comportamiento de cada usuario y le ofrecerán ver sólo aquello con lo que el usuario simpatiza o comulga. De este modo, más pronto que tarde cada usuario de Facebook verá en la red sólo comentarios de quienes suelen pensar como él en términos políticos, económicos o artísticos, y dejará de ver aquellos posteos de los que tienen otra ideología. Lo mismo en Google: si usted lector o yo cronis­ta ahora buscamos algo en Google, probablemente los resultados ofreci­dos no sean los mismos. Variará de acuerdo a nuestros intereses, que -créame- Google y Facebook los co­nocen perfectamente. Es así como construyen las “burbujas digitales”.

“Los algortimos crean una percep­ción de que todo el mundo piensa igual que uno, pero no. Vos mismo construiste una realidad donde fuiste filtrando y descartando cosas porque no coincidían con tu visión del mun­do, y te fuiste quedando con lo que te gusta, con los que piensan igual que vos”, insiste Ana Laura Pérez, docente de la Universidad ORT.

Carlos Álvarez, ingeniero de Idha­ta, una empresa de escucha social y análisis de datos en redes sociales, habla del “sesgo cognitivo: creer lo que nosotros queremos creer”. El asunto es que en este fenómeno de la desin­formación, los inocentes son los trasnochados que terminan siendo manipulados. En los dos extremos hay políticos y cibernautas al servicios de esos políticos (bots programados digitalmente y trolls, hombres que actúan para criticar, ensuciar o ensalzar a alguien), que buscan timar a la gen­te con toda su intención divulgando información no verídica.

Trump y Bolsonaro. Una investi­gación de la revista The New Yorker reveló el mecanismo orquestado pa­ra llevar a Donald Trump a la Casa Blanca en las pasadas elecciones estadounidenses. La manipulación no sólo eran millones de bots o ejércitos de trolls propagando su odio contra los rivales de Trump y simpatía hacia el magnate blondo. También contó con la complicidad de medios alternativos como los sitios Breitbart o Infowars. El primero, manejado por Steve Bannon, encargado de cam­paña de Trump, tergiversó impúdi­camente muchas historias e inventó otras tantas mentiras. El segundo era manejado por Alex Jones, famoso por su falta de escrúpulos para propagar mentiras, tanto que Twitter decidió cerrar sus cuentas. En ninguno de estos dos medios, que operaron pa­ra Trump, trabajaban periodistas.

Hace menos de un año el que se favoreció de la manipulación cibernética fue el hoy presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Y según el periodista especializado Bruno Scelza, commu­nity manager del sitio Nadiechequea­nada, ambos se aprovecharon del “microtargeting”: una estrategia que permite  diseñar campañas de comu­nicación dirigidas a segmentos de la población totalmente distintos.

Así, Trump pudo decirle al público indeciso de estados del sur, empobrecido y con escasa educación, que bajaría los impuestos, mientras que a hombres universitarios, pudientes y del norte del país, les dijo que subiría los impuestos en determinada franja.

“Acá todavía estamos lejos de eso, pero podemos pasar de 0 a 100 en un ratito”, dice Ana Laura Pérez. Scelza, en cambio, no está tan seguro de que estemos lejos. “Puede que el equipo de campaña de algún candidato, sobre todo en redes, se dedique a planificar una campaña sucia. Con el microtargeting, a través de las redes podés cerrar la campaña y dirigir determinados mensajes a determinado público (menores de 35 años, madres solteras, de clase alta, ponele) e incluso mandar mensajes contradictorios con lo que le dijiste a otro público totalmente distinto”, explica.

Este tipo de manipulación cundió fuerte en Estados Unidos y Brasil, países enormes, con dimensiones continentales, y donde el voto no es obligatorio. En Argentina, se supo que tanto Cristina Fernández de Kirchner como Mauricio Macri contrataron programadores con “granjas” de bots y trolls para publicar comentarios positivos o contra su archirrival. Algunos trolls trabajaron para ambos, incluso. “Acá, lo bueno de que llegue todo tarde, es que junto con la enfermedad, llegó el remedio. Y aparte, al ser chicos, todo se sabe pronto”, dice Scelza. El antídoto al engaño y mentiras regadas por las redes es el “fact checking”: el colectivo Uycheck chequeando el discurso público, cuentas como Nadiechequeanada para monitorear noticias virales que despiertan sospecha o incluso algunos medios que han abierto secciones de chequeo de datos: Las mentiras de Whatsapp de El País, que funciona cuando la situación lo amerita, o tiempo atrás, La Diaria Verifica en este periódico.

La manipulación de Trump y Bolsonaro desde redes buscando el voto propio como desalentando el voto a sus adversarios políticos con artimañas y mentiras varias quedó en evidencia por varias investigaciones periodísticas. ¿Y por casa cómo andamos? Según un estudio de la especialista en marketing de influenciadores, Leticia Píriz, ninguno de los precandidatos ha comprado seguidores, comentarios o reproducciones de videos, pero hay un candidato (Edgardo Novick, de El Partido de la Gente) que tiene como norma una práctica muy cuestionada, el “follow back”. “Es algo así como ‘seguime, que te sigo’. Hay herramientas digitales para eso. Está programado para que todos los días le dé ‘seguir’ a 50 seguidores, puedo seguir gente al azar o a todos los que escriban determinado hashtag. Te das cuenta cuando la brecha entre las personas que lo siguen y las que él sigue es muy corta. Es porque él le da ‘seguir’ a todos aquellos que lo siguen a él, pero días después, deja de seguirlo. Si vamos a la plataforma que nosotros manejamos, vemos que en un día solo en Instagram dejó de seguir a 689 personas, esto es porque ya consiguió que lo sigan a él”, dice.

“Es una práctica deshonesta (la de Novick)”, opina Píriz, directora de CVR Buzz Marketing. “Me hago el que me interesás y te sigo, para que me sigas, pero después dejo de seguirte. Y así va alimentando su comunidad, va creciendo. Capaz que es el que tiene más seguidores, pero el tema es la calidad de esos seguidores. ¿Realmente son sus seguidores?

Si vemos a Lacalle Pou -dice Píriz- y chequea la plataforma internacional Chipping- tiene 76% de gente real entre sus seguidores y un 24% irreal. Pero es normal, todos tenemos un porcentaje de bots”, es decir de cuentas truchas, que no tienen un seguidor humano detrás.

A Carlos Álvarez, de Idhata, por ejemplo, no le cierra el alto tráfico en redes que tiene el precandidato colorado José Amorín Batlle. “Hay candidatos que no te cierran con su cantidad de seguidores (NdeR: Amorín tiene 32.200). Hay noticias que explotan y no se entiende, noticias con 1.000 RT. En Uruguay es muy difícil que pase eso. Nosotros medimos a la Teletón. Es un evento transmitido durante 26 horas por todos los canales en todo el país y es muy difícil que un tuit de Teletón ese día tenga mil retuits. Entonces ves una noticia de un político con mil RT y te choca”, desconfía.

El panorama es bastante más oscuro de lo que parece. Leticia Píriz es bien clara: “se puede comprar todo: podés comprar comentarios, me gusta, puedo comprar un paquete de 10 comentarios favorables y decirle a la plataforma qué quiero que digan esos comentarios, podés comprar reproducciones de videos, los corazones en los vivos de Instagram, podés comprar empleados en LinkedIn o recomendaciones de trabajo en esta red. Todo está en Google. A un clic», dice.

Álvarez va más allá. “En Uruguay, públicamente, no hay ningún sitio donde vos puedas comprar comentarios positivos para un candidato, negativos para otros o me gusta, pero por lo bajo hay empresas que ofrecen servicios de análisis y te dicen: ‘che, si vos querés ganar una encuesta en Twitter o querés que te retuitee masivamente un posteo, tengo mi ‘granja’ de bots y te lo puedo hacer’”. Álvarez se negó a identificar a estas empresas, pero una fuente de NOTICIAS que exigió el anonimato identificó a las empresas argentinas Nicestream e Illuminati -ambas con software de rastreo de redes- como proveedoras de ejércitos de bots para llevar un mensaje de un candidato a otro nivel.

El periodista de NOTICIAS Jaime Clara contó en radio Sarandí que un amigo suyo, que trabaja en una ONG, recibió el ofrecimiento de una empresa de software “para instalar un tema de tercer o cuarto nivel de importancia, de esas noticias que en principio no le interesan a nadie, instalarlo en las redes para que un tiempo después pase al primer nivel de agenda y todos estén hablando de eso”. “Es, de algún modo, la venta de noticias falsas, porque era un tema de cuarta y ellos le aseguraban a esta persona que un mes después, todas las redes estarían hablando de eso. Eso pasa en Uruguay”.

Alarmas encendidas. “El fenómeno es incipiente en Uruguay”, dice Julián Kanarek, máster en Comunicación y Cultura, director de Amén (Comunicación Ciudadana). Pero a Kanarek, más que políticos que hayan creído -por su “sesgo de confirmación”- que efectivamente semejante muchedumbre era en Durazno cuando era de Woodstock a fines de los 60 o que un joven Vázquez realmente estaba en una reunión con Pacheco, Bordaberry y militares trajeados, más que episodios como esos, le preocupa cuando una noticia falsa tiene consecuencias sociales.

“Me preocupa más cuando empiezan a circular por las redes una serie de informaciones que no se pueden chequear, pero asustan a la gente. En países como México, Colombia o la India han sucedido linchamientos a personas inocentes solo porque por las redes se los acusó de pederastas”, dice. Un mensaje viralizado por Whatsapp decía que cerca de un colegio mexicano había un secuestrador de niños. Algunas personas lo fotografiaron, la Policía lo detuvo pero igual terminó linchado por una turba. Y todo comenzó con un rumor maledicente.

El 2 de marzo, un desfile de carnaval en la localidad canaria de Suárez contó con la mitad de los espectadores esperados y apenas cuatro comparsas decidieron participar en vez de las 13 previstas, por culpa de un mensaje presuntamente enviado por el hermano de un delincuente abatido por policías, quien habría amenazado con asistir al desfile para “hacer justicia”. El rumor de la amenaza se viralizó por las redes entre los lugareños de Suárez, y si bien el desfile no se suspendió, fue un fiasco en convocatoria. Pero la Fiscalía nunca pudo encontrar el mensaje amenazador. “Ese caso es el disparador de lo que puede ser una fake news desde el punto de vista social. La etapa de la utilización política ya la vimos. Y la proliferación de desinformación que no tiene un fin político, la tenemos con lo que pasó en Suárez. Está empezando la campaña interna y ya tenemos dos alarmas prendidas”, dijo Kanarek.

Eliana Álvarez, politóloga e integrante de Uycheck, dice que acá algunos políticos “de todos los partidos” han caído en compartir informaciones falsas “por lo mismo que caen los demás”, porque no se fijan quién lo dice, si es de acá o de otros país, no chequean el origen o la veracidad. “Todos deberíamos chequear todo antes: lleva 30 segundos arrastrar una foto a Google Imágenes y ver su origen”, dice.

No he notado, hasta ahora, intencionalidad en algún político uruguayo para querer engañar. Sí en el exterior, el caso de Trump es claro”, dice Álvarez de Uycheck. Ana Laura Pérez y Bruno Scelza coinciden en que no han advertido mala fe en los políticos criollos, y apuntan que si tuvieran esa intención, la jugada les explotaría en la cara. “Hoy sale algo y al toque podemos ver si quiso engañar o no, sobre todo si fue en Facebook o Twitter, todavía no podemos rastrear el origen de una desinformación desde Whatsapp, que es una red cerrada al monitoreo”, dice Scelza. Claramente, dice él, quien divulgó la foto de la hija adolescente del precandidato Óscar Andrade con una metralleta de juguete tuvo una intencionalidad, pero el mismo día se supo que la foto tenía cuatro años y era en una fiesta de disfraces. Por la idiosincrasia de Uruguay, donde la institucionalidad es fuerte, todo el sistema político le expresó su apoyo a Andrade por el ataque.

Lo que está claro es que el partido, en campaña electoral, se gana en buena medida en las redes sociales. Y especialmente en Whatsapp. Esto parecen tenerlo claro la nacionalista Verónica Alonso -quien interactúa con militantes con textos y audios-, el frentista Mario Bergara –quien comunica sus novedades, de modo más formal, y convoca a reuniones en comités- o Novick, quien una vez por semana envía por Whatsapp videos con entrevistas con declaraciones suyas. Pero, claro, así como las redes son buenas para agitar a la militancia desde hashtags o comentarios de adherencia, también son terreno fértil para enlodar el juego con medias verdades, mentiras absolutas o “pegarle” a los rivales. El ingeniero de sistemas Carlos Álvarez dice que Idhata ahora está trabajando para tres candidatos distintos de tres partidos, que no puede especificar por confidencialidad. Los candidatos quieren saber qué piensa la gente en las redes de ellos mismos, de sus competidores en la interna y qué temas le preocupa a la gente. “Yo les digo: ‘vos estás preocupado por un tema, pero la gente capaz que se preocupa por otras cosas. Y hay un universo afuera del microclima de Twitter donde a nadie le importa ni la política ni tu candidatura’”, los alecciona. Sin ir más lejos, el mismo día de noviembre de 2018 que a Álvarez se le inundó la TL con las críticas al ministro Bonomi por impedir que trabajadores de una tabacalera desplieguen una pancarta de protesta en Artigas (fueron 12.000 tuits, y trendic topic), ese mismo día hubo en Twitter 15.000 tuits de uruguayos hablando de BTS, una banda de pop coreana. “Nadie se enteró de eso. Nosotros sí, porque lo estábamos monitoreando  en una escucha social. Son uruguayos que no siguen a periodistas,  medios o políticos uruguayos, todo lo que siguen es de Corea porque aman lo coreano y la música coreana. Pero ojo, son gurises que van a votar por primera vez este año, son votantes cautivos y nadie les llega”, reflexiona Álvarez.

Mientras algunos candidatos intentan involucrarse en la guerra cibernética para seducir internautas, otros pusieron las barbas en remojo para no caer en cáscaras de banana como Gandini, Cardoso, Piñeyrúa o Cosse (ver recuadro) y algunos, quizás, escuchen ofertas “non sanctas” para engrosar su comunidad virtual por pocos pesos, o con la ayuda de ejércitos de bots y trolls. Saben que el que domine la “big data” tendrá medio partido ganado. La otra mitad se gana con ideas. Casi siempre.

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FAKES NEWS A LA URUGUAYA

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Verdades en entredicho

Hace varias décadas que el escritor, filósofo e investigador uruguayo Roberto Blatt (Montevideo, 1948) se fue en busca de nuevos horizontes. Estudió economía y antropología en la universidad Ben Gurión (Israel) y, posteriormente, en Alemania recibió una beca de investigación doctoral en Filosofía. En 2016 publicó una ambiciosa investigación titulada “Biblia, Corán, Tanaj: tres lecturas sobre un mismo Dios” donde analiza el cimbronazo de las grandes ideologías en el siglo XX, y los fundamentalismos religiosos. Los textos religiosos fundacionales le permiten analizar la convulsionada realidad.

Acaba de presentar en Montevideo, su nuevo trabajo, un breve ensayo sobre un tema de rigurosa actualidad, que aunque venga de

la profundidad de la historia, se ha visto potenciado por las redes sociales y los medios de comunicación: la verdad. En “Historia reciente de la verdad”, Blatt analiza las diferentes miradas sobre los hechos. La verdad no es la de los medios, ni la de las redes, ni la de los informativos de TV, las revistas, ni la de los libros de historia. Todas son versiones o interpretaciones de hechos, como lo fueron la ilustración, la religión, el imperialismo o el positivismo o la publicidad. Lo que creemos que “es verdad” es, generalmente, una versión, o una mirada, o una narración de la realidad.

Con inteligencia y mucha información, el autor ensambla los hechos históricos y presentes, para concluir que la verdad en los tiempos que corren, no es la suma de “me gusta” en una red social o, mucho menos, la cantidad de seguidores. También analiza por qué llegamos a una época de posverdad y fake news.

Por Jaime Clara (periodista de Noticias)

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¿El presidente mintió o dijo la verdad?

El 1° de marzo se cumplieron cuatro años de gestión de Tabaré Vázquez en la tercera administración frentista y segunda personal. Vázquez aprovechó la ocasión para brindar un discurso de rendición de cuentas en el Antel Arena, con público mayormente oficialista que vivó su alocución.

El proyecto Uycheck, integrante de la asociación civil Cívico, analizó

con lupa el discurso del presidente y encontró verdades, afirmaciones engañosas y hasta una “ridícula”. “Los funcionarios vinculados a Anep en 2005 eran 53.000, en el 2015 llegaron a casi 85.000 maestros y docentes”, dijo Vázquez en el Antel Arena.

Uycheck tomó datos de la Oficina Nacional de Servicio Civil para decir que a fines de 2017 eran casi 89.500 los vínculos en Anep, pero no todos los funcionarios son docentes. Maestros y docentes -en el escalafón H- representan el 81% del total, por lo que el colectivo de “fact checking” tildó esta frase de “engañosa”.

En cambio, sí es verdadera la expresión: “el porcentaje de jóvenes de 17 a 18 años que terminaron la educación media más básica creció del 64% en 2012 al 72% en 2017, prácticamente”. Uycheck cotejó los datos de cobertura educativa en el Mirador Educativo del Instituto de Evaluación Educativa (Ineed). Los datos concuerdan con lo dicho por Vázquez.

“Nos sobran los dedos de una mano para contar los países que le dan 100% de electricidad a toda su población”, expresó Vázquez en determinado momento. Según datos del Banco Mundial, explicó la politóloga Eliana Álvarez en un estudio a pedido de NOTICIAS, la tasa de electrificación a nivel mundial es del 87,4%. Hay solo tres países con una electrificación menor a 10% (Burundi, Chad y Sudán del Sur) y 126 países con el 100%. Por eso Uycheck tildó la afirmación del mandatario como “ridícula”.

Vázquez también dijo que entre 2007 y 2017 América Latina creció promedialmente 3,4%, mientras que Uruguay creció 4,3%. Citando datos del Banco Mundial en cuanto a la evolución del crecimiento del PBI de los países del continente, le dio un “verdadero” al presidente.

Uycheck no analizó la polémica expresión de Vázquez referente al déficit fiscal del país. Tomando el entonces conocido 4,1% del déficit

fiscal -hoy sabemos que es del 4,3%- Vázquez le restó el efecto por la ley de “cincuentones” (1,4% del PBI), le restó el déficit del Banco Central (0,9%) y apuntó que el aporte para financiar la Caja Militar ronda el 1%. “Con estas tres formas de aislar, capitalizar o encapsular ingresos y déficit, Vázquez logra bajar de 4,1% a 0,8% el déficit fiscal que pretende se considere como válido”, publicó en su momento el portal 180.

Consultado por NOTICIAS, el economista Javier de Haedo fue tajante: “No voy a comentar la lectura que hizo el presidente... El déficit es superior al 4% y no hay otra vuelta”.

por César Bianchi

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