Jueves 3 de diciembre, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 04-11-2020 12:29

Ni Trump, ni Biden, ni Cristina, ni Macri: manda la grieta

El laberinto eleccionario norteamericano pone en evidencia el gran malentendido que amenaza a demasiadas democracias del planeta.

La ajustadísima definición electoral norteamericana volvió a poner en evidencia el malestar institucional que aqueja a la democracia más poderosa del planeta. En los últimos años, el voto popular no está definiendo un nuevo capítulo del pacto social sino todo lo contrario: más bien pone en evidencia la ruptura de los consensos mínimos sobre la legitimidad de la representación política del país, tanto en el Poder Ejecutivo, como en el Congreso dividido, sin contar con la pérdida de la idea de neutralidad objetiva de la Suprema Corte de Justicia. El bien común dejó de existir como concepto aglutinante de la sociedad porque se rompió el código. Solo queda la grieta, y eso es lo que más nos influye a los argentinos de la controvertida jornada electoral en los Estados Unidos, mucho más que la opción Trump o Biden.

 

¿Cómo interpretar el “mensaje de las urnas” cuando la polarización es tan extrema que amenaza con volver obsoleto y muy discutible el mecanismo eleccionario? ¿El país querrá que gobiernen los dos candidatos al mismo tiempo? ¿O lo que está en crisis es la fe misma en la convención de que el mandato popular elige a sus representantes? Ante tanta incertidumbre que se aprecia haciendo zapping entre la CNN y Fox News, la intelectualidad progresista argentina ya tuitea desde la comodidad de su sillón de ver tele acerca de la envenenada votación mediante colegio electoral, a espaldas del simple recuento que arrojan las urnas. Sin embargo, el sistema directo que rige en la Argentina tampoco nos está salvando de esta crisis de representación.

 

¿Cómo se entiende que los argentinos hayan votado por un presidente que no ostenta el poder real, y que quien de verdad lo tiene e integra el gobierno, lo critique por carta abierta como si estuviera exenta de la responsabilidad en la toma de decisiones de Estado? ¿En qué sentido aquí la democracia electoral es más clara que en los alterados Estados Unidos? En ambos casos, se trata de la grieta, no tanto como causa sino como consecuencia o síntoma de un malentendido político de dimensiones imprevisibles.

 

Este malentendido consiste en confundir una época caracterizada por la hiperestimulación de la opinión pública -derivada de la dinámica de redes sociales- con un supuesto incremento de la participación ciudadana. La grieta refleja esta confusión, donde millones de personas creen intervenir diariamente en la vida política de su país por el solo hecho de que sus posteos se ven muy parecidos a los de los ricos y poderosos en las mismas redes. Todos parecemos vecinos de una misma comunidad donde se debate todo. Sin embargo, la revolución de las palabras y los memes encuentra su límite en la baja calidad de las elites, en el decreciente respeto que inspiran y en la poca capacidad de respuesta a los problemas urgentes de las naciones.

 

La inequidad, la amenaza ambiental, la corrupción y ahora la pandemia imparable son ejemplos evidentes de que decir la revolución del siglo XXI no es lo mismo que hacerla. Ni los viejos Estados ni los nuevos ciudadanos ciberempoderados han logrado por ahora encarar concretamente los desafíos de carne y hueso que se presentan a la vuelta de cada esquina. Salvo honrosas excepciones en el mundo, hay mucha intervención virtual y global, pero poco compromiso físico con la comunidad a la que cada tuitero (o facebookero o instagramero) pertenece. Estamos atrapados en un Zoom alucinante. 

 

Y en esa fisura entre hecho y palabra pública se cuela el relato de los grandes polarizadores de cada país: acá tenemos a Cristina y Mauricio, otros tienen a Trump o a Bolsonaro. Pero no se trata de culparlos por la grieta y rezar para que vengan mejores: aunque no quieran, hay que buscar el modo de obligarlos a que resuelvan más los problemas colectivos y menos sus demandas privadas.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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